Confundir la UE con Europa puede ser muy peligroso. Numerosas fuerzas soberanistas y populistas (en el buen sentido de la palabra) se dedican a demonizar a la Unión Europea, considerándola una burocracia impopular e infiel a los intereses sociales, económicos, políticos y financieros de los europeos. La solución propuesta es siempre la misma: mandar a la UE al diablo y regresar a las pequeñas autonomías nacionales y fronteras económicas de mediados del siglo XX con nuestra hermosa lira. Todo muy bien, si no fuera porque el horizonte para Europa y los europeos ha cambiado repentinamente. Está surgiendo un mundo multipolar, dominado por superpotencias continentales: Estados Unidos, China, Rusia, India y, eventualmente, África.
Las futuras guerras serán por el control de los recursos: el derecho internacional y la Carta de San Francisco, que estableció la igualdad jurídica de los Estados, serán quemados en las hogueras de los poderosos. La ley del más fuerte se aplicará a todos, y solo sobrevivirán las civilizaciones de tamaño continental, aquellas a las que llamábamos superpotencias en el siglo pasado. El poder, no la ley, es la medida de todas las cosas. Si hay algo que Estados Unidos nos ha enseñado, y sus acciones imperialistas nos lo recuerdan constantemente, es que la política internacional siempre implica un choque de voluntades: la voluntad de imponerse y la voluntad de no dejarse imponer por la voluntad de otros. Lo hemos visto en Vietnam, Irak, Afganistán, Siria, Venezuela, Irán, Libia, Líbano y Gaza (y mañana le tocará el turno a Cuba o Groenlandia). Así pues, volviendo a las fuerzas soberanistas, es necesario recordar que la verdadera independencia no existe sin la capacidad de garantizarla (incluso militarmente). ¡Y la primera condición para no estar subordinados a ninguna otra potencia es ser una potencia nosotros mismos! En un mundo multipolar, la independencia y la soberanía de Europa —hoy, lamentablemente, dividida entre la Unión Europea y la Federación Rusa— son una necesidad urgente si queremos tomar las riendas de nuestro propio destino y evitar convertirnos en un campo de batalla para el conflicto internacional. En palabras de Jean Thiriart, el caballero euroasiático que fundó la Joven Europa: «El destino mismo de la humanidad depende del futuro de Europa, y nadie puede reemplazar a Europa en esta misión para con la humanidad. La misión de Europa es ser la nación líder».
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Traducción: Carlos X. Blanco.