No cabe duda de que el expresidente del Gobierno fue un gran «referente del progresismo», entendido como fuerza al servicio de la plutocracia y el capitalismo
J. M. de Prada, 22/05/2026 Copyright © DIARIO ABC
Hay que empezar señalando a toda esa chusma folicularia, mañanera o vespertina, lamerona de las almorranas sanchistas, que salió en tromba, sin poder siquiera limpiarse los berretes de mierda de los labios, para proclamar –siguiendo la consigna gubernativa– que el auto donde se imputaba a Rodríguez Zapatero estaba basado en ‘recortes de prensa’ y en una querella de Manos Limpias. Mientras esa chusma no sea apartada de la profesión periodística y condenada por divulgar intoxicaciones al servicio de gobernantes corruptos; mientras las terminales mediáticas que los acogen no sean refundadas, no será posible salvar España de sus desvalijadores ni sanar a las masas cretinizadas que se alimentan de pasiones sectarias.
También hay que señalar a los mariachis del doctor Sánchez que se acogieron al comodín del victimismo colectivo, tratando de convertir a todos sus votantes en cómplices de la corrupción del búnker sanchista: «No atacan a nuestros presidentes y sus familias, sino al PSOE. Nos atacan a todos», escribió una suripanta sociata con el mayor desahogo. Ciertamente, votar al partido de Estado (no digamos militar en él) exige, en el mejor de los casos, padecer alergia a la sinapsis; pero pretender convertir a las masas cretinizadas que votan al partido de Estado en partícipes de la lepra moral del búnker sanchista constituye una magnífica ironía. Porque el salvamento indecoroso de la compañía Plus Ultra con dinero del contribuyente tan sólo acorrala al doctor Sánchez (y, solidariamente, a sus ministros) como colaborador en el latrocinio. Plus Ultra no se trataba de una empresa estratégica, ni la cantidad que se destinó a su salvamento era proporcionada a sus dimensiones; fue una decisión escandalosamente arbitraria que condena al doctor Sánchez. De ahí que el muy bellaco haya mostrado ‘todo su apoyo’ al imputado Zapatero; pues sabe que los tejemanejes de Zapatero exigieron su beneplácito, como sabe que una condena a Zapatero tendrá que extenderse a él, en calidad de cooperador necesario; salvo, claro está, que el Régimen los proteja a ambos, mediante algún birlibirloque legal, en reconocimiento a su condición de timoneles del partido de Estado. Resulta, en verdad, enternecedor leer los tuits de toda esa patulea que repite, con un cinismo que se finge pánfilo, «Yo creo en Zapatero». ‘Creen’ en un tipo que nos arrastró a la ruina económica; y que, bajo la capa cursi del ‘talante’, azuzó el odio cainita entre españoles, convirtiendo las instituciones en baluartes al servicio del partido de Estado, mientras el adversario político era estigmatizado y expulsado a las tinieblas
Con motivo de la imputación de Zapatero, desde diversas terminales mediáticas sistémicas se ha calificado a Zapatero de ‘referente del mundo progresista’ y hasta (‘risum teneatis’) de la ‘izquierda’. Ciertamente, referente y adalid del ‘progresismo’ lo es, según la caracterización que Pier Paolo Pasolini realizó del ‘progresismo’ como fuerza al servicio del capitalismo, encargada de consumar la ‘mutación antropológica’ que matase la identidad popular de los trabajadores, que los incapacitase para la defensa de sus derechos laborales y matase su potencial revolucionario, ‘liberándolos’ de los tabúes tradicionales (religiosos, familiares o comunitarios) hasta convertirlos en consumidores hedonistas e individualistas. No hay duda alguna de que Zapatero fue un adalid de este ‘progresismo’ descrito por el genial y clarividente Pasolini, un caniche al servicio del capitalismo. De ahí que se afanase tanto –permítasenos el empleo de la jerga ‘progresista’– en ‘ampliar derechos civiles’; o sea, en desplegar derechos de bragueta que convirtiesen a las clases populares españoles en una infecunda papilla homínida, enviscada en sus orificios, esmegmas e identidades de género, inerme ante los abusos plutocráticos que el propio Zapatero se encargó de ejecutar.
Porque fue Zapatero, no lo olvidemos, quien impulsó la reforma oprobiosa del artículo 135 del bodrio constitucional, privilegiando los intereses de los mercados financieros a las necesidades sociales de los españoles y poniendo la economía nacional al servicio del capital especulativo. Fue Zapatero quien abarató el despido hasta los veinte días por año trabajado, cuando la empresa alega causas económicas; y quien generalizó las indemnizaciones por despido improcedente de treinta y tres días por año trabajado. Fue Zapatero quien retrasó la edad de jubilación hasta los 67 años. Fue Zapatero quien aprobó los llamados ‘desahucios exprés’, anteponiendo las exigencias de la banca a las necesidades de las familias más necesitadas (a las que, para compensar, brindó ‘divorcio exprés’ y aborto a mansalva). Fue Zapatero quien incrementó los tipos del IVA, que –por gravar el consumo por igual, sin atender a la renta– daña especialmente a los trabajadores con menores ingresos. Fue Zapatero quien redujo drásticamente la inversión pública en sanidad y educación, así como en obra pública. Fue Zapatero quien prosiguió la tarea emprendida por sus predecesores de privatización de empresas públicas. Fue Zapatero quien ‘liberalizó’ los horarios comerciales, beneficiando a las grandes cadenas y hundiendo al pequeño comercio. Fue Zapatero, en fin, quien liquidó las cajas de ahorro y desmanteló sus obras sociales, imponiendo su ‘bancarización’ obligatoria, después de que estas instituciones beneméritas, concebidas para fomentar el ahorro y la inversión social, fueran parasitadas por políticos sin escrúpulos que las utilizaron para sus chanchullos inmobiliarios. Todas estas medidas ‘progresistas’ al servicio de la plutocracia las ejecutó Zapatero haciendo muchos aspavientos y mohines de contrariedad, muchos dengues de damisela contrariada, como si le doliesen en el alma, demostrando que era un soberbio fingidor, como ha vuelto a demostrarlo desde que empezó a rumorearse que estaba involucrado en el rescate de Plus Ultra. Pero ese rescate no es más que el comienzo del inicio del principio de la letrina en la que chapoteaba.
No cabe duda de que Zapatero fue un gran «referente del progresismo», entendido como fuerza al servicio de la plutocracia y el capitalismo. Presentarlo como «referente de la izquierda» es una burla sangrante y desquiciada; y a los burlones que la profieren habría que raparlos al cero, como se hacía con las ‘colaboracionistas horizontales’ del nazismo.
Decir que lo mataron «porque era gay» no es más que una grotesca coartada «progresista», que necesita convertir a Lorca en un producto de consumo más
J. M. de Prada, 24/05/2026 Copyright © DIARIO ABC
Dejábamos sentado en nuestro anterior artículo sobre Zapatero que el «progresismo» es la ideología que el capitalismo necesitaba para consumar la mutación antropológica necesaria para imponer su hegemonía; pues el capitalismo –como señalaba el neoliberal Lippmann– exige un «reajuste necesario en el género de vida» de las masas y un cambio de «las costumbres, las leyes, las instituciones y las políticas», hasta llegar incluso a transformar «la noción que tiene el hombre de su destino en la Tierra y sus ideas acerca de su alma». Y para lograr plenamente ese reajuste el capitalismo se ha servido fundamentalmente de las fuerzas «progresistas», que con una banal y falsorra retórica «de izquierdas» han logrado convertir las sociedades –como quería Milton Friedman– en «una colección de Robinsones Crusoes», donde la «comunidad orgánica dada» deviene una «asociación construida sobre las opciones del individuo». En este sentido, es indudable que Zapatero, consagrando los más variopintos derechos de bragueta, fue un eminente «progresista» que contribuyó a convertir la sexualidad humana en un producto de consumo más, favoreciendo el robinsonismo social.
Tal labor disolvente al servicio del capitalismo se ilustra con el éxito cosechado en Cannes por una película sobre Lorca que no podemos enjuiciar, pues no la hemos visto. Podemos, en cambio, enjuiciar una frase pedorra de sus directores, según la cual Lorca habría sido asesinado «porque era gay». La afirmación resulta tan grotesca como si yo mañana dijese que a Lorca lo asesinaron porque era católico (aunque, en honor a la verdad, las creencias religiosas de Lorca resultan mucho más explícitas en su obra que sus inclinaciones sexuales). Pero entre los intelectuales del bando franquista había homosexuales tan notorios como Luis Escobar, creador del Teatro de la Falange durante la Guerra Civil, o Mariano Rodríguez de Rivas, fundador del Museo Romántico de Madrid. Por lo demás, la «homofobia» que pudiese existir en el bando franquista era aproximadamente la misma que existía en el bando republicano (en cuyas revistas satíricas Franco era siempre caricaturizado como feminoide, sarasa o maricón desorejado). A Lorca lo mataron porque la chusma cainita odia la belleza y envidia el genio; lo mataron por rencores atávicos familiares y vecinales; y lo mataron, en fin, porque se declaraba poeta del pueblo y se había adherido a la causa republicana. Que luego uno de los asesinos de Lorca fuera diciendo por los tugurios que le había pegado dos tiros en el culo por maricón no es más que una repulsiva bravuconada; y decir ahora que lo mataron «porque era gay» no es más que una grotesca coartada «progresista», que necesita convertir a Lorca en un producto de consumo más. ¡A Lorca, que sabía que «debajo de las sumas» de Wall Street hay «un río de sangre tierna»!
El escritor rehabilita el género del romance satírico para reconstruir con sorna y rima asonante las andanzas del ex presidente del Gobierno
Almas buenas de esta tierra, gentes nobles de este pueblo, escuchad mi voz canora, por vuestra vida y respeto. Renegad de los sociatas, que son mangantes muy serios
J. M. de Prada, 30/05/2026 Copyright © DIARIO ABC
Con la rosa por testigo, con el puño por decreto, se paseaba muy feliz nuestro pana Zapatero, poniendo su dedo índice, cual acento circunflejo, sobre la ceja famosa que conquistó al artisteo. Así marchó a Venezuela, con oculto afán de medro, diciendo que lo hacía para vigilar los yerros del despótico Maduro y evitar sus atropellos. «Vengo a traer la concordia», clama el fingidor sin precio, mientras urde las contratas de su próspero comercio. «Vengo a librar los cautivos de cárcel y tentetieso, y a mostrar a los tiranos el camino del progreso». ¡Cuán heroico redentor y cuán generoso empeño, que predica libertades mientras se embolsa el dinero! Pronto empezó el murmullo en todos los mentideros, que no buscaba justicia, sino el oro caraqueño, los favores de la Delcy, de Maduro los festejos, las maletas que transportan metal de rubio destello. ¡Buen maestro de la farsa se ha probado Zapatero!
Y mientras se hace el panoli y camela a sus adeptos se asocia con los chorizos, cucañistas, marrulleros, trepadores, robaperas, tramposos y descuideros. Pero todo finamente, insistiendo en el progreso, progresando, progresando, hasta lograr el saqueo. No es un cuento de comadres, no es un simple chismorreo, que la concienzuda UDEF ha pillado sus trasiegos. De Caracas a Madrid viajan prebendas y diezmos, lingotes de oro macizo y otros alijos secretos en los vuelos de Plus Ultra que les tapan los manejos, mientras al ministro Ábalos lo reconcomen los celos: « ¡Yo traía las maletas de la Delcy con gran riesgo, y a este pana lo compensan con un trato más selecto!». ¡Vaya guerra de donjuanes por quedarse con el cetro y rescatar aerolíneas con los trucos más arteros!
¡Ay, rescate de Plus Ultra, contubernio de logreros! Su chatarra vale ‘apenas’ cincuenta y tres milloncejos de la hucha del erario, que lo dejan en barbecho, para que la banda pueda pagar fiestas y cortejos con lumis siliconadas que los traen al retortero, celebrando con ardores el atraco y el cohecho. Zapatero, sin embargo, por ser hombre tan austero, no participa de orgías, ni trajina con conejos que, por dedicarse al trote, han tenido muchos dueños. Prefiere chalés de lujo y casoplones isleños, una choza en Monte Rozas o acaso en Puerta de Hierro. Todas estas propiedades las adquiere escribiendo informes de chichinabo, dosieres de medio pelo, copiando birrias de Gúguel por medio millón de euros, que son sólo migajillas, mirando el estipendio que han guardado en Dubái y en el istmo panameño. Así el prócer del talante se forraba a lo discreto, haciendo creer a sus huestes que era un cartujo severo, que poco es lo que tenía y a dar mucho estaba presto.
Pero el juez tiene los audios, el juez tiene los secretos de Zapatero y su banda, sus chanchullos, trapicheos, convolutos, cuchipandas, comisiones, latisueldos, cambalaches con Maduro y con Delcy compadreos, más los trinques de las hijas, de gótico y negro atuendo, muy lozanas y garridas, con perfil de camafeo, más bellas aún que Helena, que en Troya causó revuelo. Y tal vez se haya sumado Trump, el gringo, por despecho, deseoso de humillar y meter en el talego a quien, como el doctor Sánchez, le toca mucho los huevos. Son los móviles pinchados suculento caladero con frasecitas de infarto que provocan el mareo: « ¡Vamos a follar, hermano, que el negocio ya está hecho! Hoy nos vamos de jarana, hoy toca lúbrico juego, que está nuestro pana al mando, el Zapatero del reino». Así escribían los socios de nuestro Bambi risueño, con un descaro procaz que no es muy de caballeros. Y en los chats de un tal Danilo que cayeron en el ruedo, al magnate socialista le pusieron nombre nuevo: « ¡Que hable el Zorro el primero, que nos brinde carambolas, que nos disponga el terreno, que para abrir los caminos su palabra es el remedio!». ¡Vaya alias elegante para el ídolo rojelio, el Zorro de las finanzas, la Z del zalamero que a Maduro engatusó y que a Delcy, retrechero, logró ponerla cachonda sin ponerse él arrecho, mientras los chinos hacían el papel de mamporreros, para llevárselo crudo y en barriles, ¡qué esperpento! «Mueve los hilos, Julito –decían sus compañeros al que le tocaba hacer de lacayo y testaferro–. Que hable Julio con el jefe, que ya vuela el pasajero». Y Julito, obediente, los mensajes del correo borraba de la pantalla con escrúpulo y denuedo.
Muchos son ya los indicios, muchos son ya los jaleos en que Bambi anda metido, tal vez hasta el entrecejo. El escándalo ya estalla, ya asoman los chalaneos, pero llega el doctor Sánchez corriendo al Parlamento y defiende la inocencia de su protector primero: «¡Es un ataque al partido, puro fango torticero, son argucias de los jueces que llevan al matadero la honradez del socialismo, ¡un dogma en el que creo!». Y aplaudiendo la proclama va la corte de palmeros, mientras rezan porque el fango no salpique el comedero. Al rescate de las siglas saltan charos y voceros, mitad tontas, mitad tetas, tertulianos cupleteros, papagayos, cacatúas que defienden el empleo: «¡El auto del juez Calama no merece nuestro aprecio, que son recortes de prensa y un libelo ultraderecho!». Gritan fuerte en las pantallas currinches y picapleitos, comicastros y bandarras, sicofantes, corifeos, locutores al dictado y demás mamandurrieros. Atacan todos en tromba con fingido desespero, defendiendo a su icono, referente de progreso, mientras esconden la bolsa de sus opulentos sueldos. Con sus mañas mafiosillas hacen todos el canelo y hasta los cretinizados les descubren el plumero. Así que pronto reculan, cuando les llega el chorreo, y así los mismos que antes loaban a Zapatero, saltan prestos del navío que se hunde en el desprecio, como ratas cobardonas que quieren marchar bien lejos. ¡Ay, pandilla de truhanes, ay bellacos lisonjeros, bien sabíais del engaño, bien gozasteis del provecho de arrimaros a la ‘ceja’, engordando el pellejo, recibiendo subvenciones, disfrutando de lo ajeno! ¿Cómo se explica este cambio, infames titiriteros, pintamonas, juntaletras y poetas de embeleco, antaño tan entregados y hoy tan poco manifiestos, mientras vuestro referente chapotea en el cieno?
Almas buenas de esta tierra, gentes nobles de este pueblo, escuchad mi voz canora, por vuestra vida y respeto. Renegad de los sociatas, que son mangantes muy serios, son garduñas sigilosas, son felones descuideros que, con un mohín de Bambi, se lo llevan crudo y fresco; son políticos sin alma, son chulánganos groseros dedicados a rapiñas, amaños y mangoneos, tragaperras, tragacargos, tragaldabas, tragasueldos que no paran de tragar hasta dejaros hambrientos. Unos lo gastan en putas, con sus koldos al acecho, les pagan un piso franco, les ponen rumboso sueldo, les compran bragas de encaje, con sus medias y ligueros, y se corren grandes farras con droga de los camellos, que entre coitos y mamadas esnifan por el trigémino. Otros se hacen más los finos, feministas, circunspectos, pero su misión es siempre –lo demuestra Zapatero– pillar cacho y dejar al contribuyente en cueros, para poderse comprar joyas de oro y aderezos de zafiros y esmeraldas, broches y bellos trofeos, gargantillas, collarones y relojes postineros, más los pisos, los solares, las mansiones de recreo compradas a tocateja sin hipotecas por medio, como quien compra en la tienda un puñado de buñuelos.
Hasta aquí llega el romance de un santón de mucho peso, que por trampas de Plus Ultra ha caído en el cepo. Vaya el leonés a juicio, vaya su banda al infierno, pues ya la UDEF ha trazado de su infamia un gran bosquejo. Y a quien joda el romance que aquí les hemos expuesto, yo le ruego que se aplaque y no mate al mensajero; pues, si sirve de atrición, será muy hermoso consuelo conseguir que se arrepienta nuestro pana Zapatero.