21.JUN26 | PostaPorteña 2558

EL AJEDREZ Y LA VENDA

Por Hoenir Sarthou

 

Hoenir Sarthou (Semanario Voces 18/6/26)

 

¿Alguna vez han revuelto un hormiguero con un palo? ¿Vieron la reacción de las hormigas? ¿Las vieron atacar con furia al palo sin notar la mano que lo maneja a prudente distancia?

La imagen me viene a la cabeza al ver el rumbo que está tomando el aparente fin de la guerra de Irán, con un memorando de entendimiento que se parece mucho a un triunfo de Irán, con un Trump apaleado, dentro y fuera de EEUU, un Netanyahu que empieza a verse pintado al óleo, y, como siempre, China que crece jugando a la neutralidad.

Mucha gente –alguna muy apreciada por mí- lleva años protestando y denunciando con indignación la acción genocida del sionismo israelí en Palestina, tanto en Gaza como en Cisjordania, y también los ataques a otros países de la región.

Los oigo, los leo, y no puedo evitar reacciones contradictorias. Por un lado, las víctimas conmueven. Pero, por otro lado, está esa sensación de ver sólo una parte, un recorte de la foto.

¿Y si Netanyahu, si Israel, si Trump mismo fuesen sólo el palo? ¿Dónde están las manos que los mueven?

¿Qué y cuánto ganaron esas manos mientras ocurrían las muertes palestinas, los bombardeos en Irán y en la región, las dificultades energéticas y alimentarias por el bloqueo de Ormuz, la pérdida del respeto internacional hacia Israel, y las probables debacles políticas que amenazan a Netanyahu y a Trump?

Aunque la historia es muy conocida, no está de más recordar que, en el año 1917, Arthur James Balfour, Secretario de Relaciones Exteriores del gobierno inglés, redactó una declaración, casi una misiva, dirigida a “Lord Rothschild” (al Barón Lionel Walter Rothschild), en la que le comunicaba que el Parlamento había aprobado la decisión de “hacer sus mejores esfuerzos” para favorecer “el establecimiento en Palestina de un hogar para el pueblo judío”.

Esa misiva, históricamente recordada como “Declaración de Balfour”, fue el compromiso del Estado inglés de promover la creación del Estado de Israel. Y fue dirigida a una persona, el Barón Lionel Walter Rothschild, integrante de la poderosa familia de banqueros, el mismo que ese año había solicitado esa declaración al gobierno inglés.

Lionel Walter Rothschild era un sionista un poco especial. Que sepamos, ni él ni sus descendientes fueron nunca a vivir en Israel. Pero estaban muy interesados en que Israel se instalara y en que fuera precisamente en lo que Balfour denominó “Palestina”. Alguien podrá preguntarse si, en esa época de expansión industrial, el asunto tenía alguna relación con el petróleo de la región cercana a Israel.

No es un caso excepcional, en absoluto. Todos los grandes hitos históricos de los últimos dos siglos tienen una historia similar.

Wellington derrotó a Napoleón en Waterloo con generosos aportes financieros del grupo Rothschild (que también financiaba a Napoleón a través de su filial francesa, por lo que los banqueros no tenían forma de perder).

La Revolución Rusa, tan bolchevique, fue apoyada por intereses políticos y financieros alemanes, deseosos de quebrar a los Zares, pero también por capitales ingleses y franceses (donde operaban los Rothschild). Y, como lo ha documentado el historiador inglés Anthony Sutton, la revolución y la Rusia soviética recibieron financiación e inversión de Wall Street (donde ya tallaban los Rockefeller, los Morgan y los Ford).

El nazismo alemán, también investigado por Sutton, recibió apoyo financiero de J P Morgan, Rockefeller, Ford y de bancos ingleses y franceses, donde operaban los omnipresentes Rothschild y sus socios. Además, dentro mismo de Alemania, tuvo la colaboración de un joven y prometedor financista, hoy conocido como George Soros, siempre muy vinculado al grupo Rockefeller, que se ocupó de vender los bienes confiscados a otros judíos menos afortunados que él. Ya más entrado en años, don George se dedicó a seguir haciendo plata y a financiar organizaciones feministas y a toda clase de causas "políticamente correctas".

Ni hablar del “milagro económico chino”, consecuencia de enormes inversiones de capital de los mismos bancos y apellidos, aunque encubiertos bajo la pantalla de firmas administradoras de fondos de inversión (Vanguard Group, BlackRock y sus satélites).

La tesis de Sutton es que los gobiernos autoritarios seducen al capital financiero. Seguramente porque, en ellos, basta entenderse con “el que manda” para llegar a acuerdos beneficiosos y acaso monopólicos, sin necesidad de montar la amplia red de corrupción que se requiere para hacer buenos negocios en regímenes más “democráticos y pluralistas”.

Falta la frutilla del postre. Epstein, el violador, pedófilo, proxeneta, financista y chantajista, se presentaba y operaba en el mundo financiero como representante del grupo Rothschild. Y ese escándalo de chantajes amenaza al parecer al propio Trump.

Los “gigantes tecnológicos”, como Palantir o Microsoft, tienen como accionistas principales a las mismas firmas administradoras de fondos de inversión, Vanguard, BlackRock, etc., que controlan a los bancos, al petróleo, a las tecnologías verdes, a la industria farmacéutica y a la del armamento. Firmas que encubren un poco –no del todo- a los mismos capitales y apellidos que han manipulado y especulado financieramente en todos los procesos políticos importantes desde hace al menos doscientos años,

A veces, cuando veo a los analistas geopolíticos decir “EEUU quiere”, o “China necesita”, o “Israel planea”, tengo la sensación de estar ante una ciencia quedada en el Siglo XIX o XVIII. ¿Cómo analizar la realidad actual desde la óptica exclusiva de los Estados? ¿No es obvio que existen intereses privados tan o más poderosos y geopolíticamente operativos que los mismos Estados?

No veo la hora de que eso empiece a ser reconocido y considerado en los análisis formales de política internacional, que de lo contrario resultan apenas ciencia ficción.

Me perdonarán que cierre este artículo con otra metáfora.

Si no toman en cuenta el peso de los capitales financieros, los análisis de política internacional son como un espectador inocente que presenciara un partido de ajedrez con los ojos vendados. Seguramente, por el ruido, creería que el juego consiste en el movimiento de las piezas sobre el tablero, sin advertir las manos y las cabezas que las empujan desde afuera del tablero.

La imagen es un poco exagerada, lo admito. A veces, las piezas de la política internacional tienen algo más de voluntad que las de ajedrez. Digamos que mi exageración apunta sólo a destacar la idea y a compensar un poco la falta de atención que otros le brindan.


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