21.JUN26 | PostaPorteña 2558

El nacionalismo futbolístico uruguayo es de origen argentino

Por Aldo Mazzucchelli

 

Texto completo de la conferencia ofrecida el miércoles 3 de junio de 2026 en el marco del Conversatorio «El fútbol desde el sur», organizado por el Grupo de Estudios de Fútbol del Uruguay (GREFU) asociado al Centro de Estudios Interdisciplinarios del Uruguay (CIEU) de la Facultad de Humanidades, UdelaR.- El encuentro tuvo lugar en la Junta Departamental de Montevideo.

ALDO MAZZUCCHELLI /eXtramuros 20/06/26  

I. La paradoja que vamos a desmontar

Voy a empezar por algo que ocurrió la semana pasada, porque no hace falta ir muy lejos para verificar la tesis que voy a plantear.

Ignacio Ruglio, presidente de Peñarol, comentaba la no citación de Nández a la selección. Dijo, con perfecta naturalidad, dos cosas:

«Siempre tuvimos que dar vuelta las cosas a carácter, porque somos menos que el resto. Si alguien tiene carácter en esta selección, es él. Es un golpe enorme para la gente.»«El tipo de técnico frío, que no transmite y no habla con los jugadores, está divino para Europa, pero no para un país como este, que peleó a los codazos toda la vida contra grandes.»

No voy a ofenderlos suponiendo que esto les resulta extraño. Es exactamente lo que piensan la mayoría de los uruguayos que hablan de fútbol: que somos inferiores, que compensamos con mística, que ganamos cuando ganamos por huevo y a los codazos, y que el fútbol de toque y tenencia es una cosa de europeos, o de argentinos y brasileros, no nuestra.

La tesis que voy a defender hoy es la siguiente: ese discurso no era uruguayo. Lo inventaron los argentinos. Y nosotros, en un acto de suicidio imaginario colectivo, lo adoptamos como propio.

Publiqué en 2019 un libro de seiscientas páginas intentando demostrar eso (Del ferrocarril al tango: el estilo del fútbol uruguayo 1891-1930. Ed.Taurus). Hoy tengo veinte minutos (ocho páginas, con suerte). Así que voy a ir directo a las pruebas.

II. Lo que el mundo vio entre 1924 y 1930

Entre 1924 y 1930, Uruguay ganó dos Juegos Olímpicos y el primer Campeonato Mundial. No los ganó de milagro, ni a los codazos, ni al contragolpe. Los ganó practicando lo que la prensa europea llamó, con admiración, «fútbol científico»: pase corto, desmarque, movilidad táctica, juego ofensivo. Héctor Scarone, José Leandro Andrade, Pedro Petrone, Urdinarán, Romano, Cea. Una delantera que en 1924 marcó veinte goles en cinco partidos, recibiendo dos.

Para que quede claro cómo se ganaron aquellos torneos: en 1924, en cinco partidos, hubo exactamente un gol de cabeza —el tercero contra Suiza, cuando el partido ya estaba resuelto—. En 1928, ninguno. En 1930, uno del Manco Castro, el cuarto, cuando la final estaba liquidada. Ese equipo no ganaba tirando pelotazos al área rival.

Los europeos que los vieron en Colombes y en Ámsterdam los admiraron por su arte y su juego limpio. Los rioplatenses elaboraron otra lectura. Y ahí empieza la historia que me interesa.

III. El 30 de julio de 1930: la máquina de excusas

Uruguay ganó la final del primer Campeonato del Mundo el 30 de julio de 1930, cuatro goles a dos. Antes de que terminase el día, la prensa porteña ya había construido el relato alternativo. Es importante que escuchen los textos originales, porque son los que fundaron el mito.

Diario Crítica, Buenos Aires, 31 de julio de 1930: titular a toda página:

«NOS HAN QUITADO EL CAMPEONATO MERCED A UN REFEREE PARCIAL Y AL JUEGO BÁRBARO.

Los argentinos, los bravos muchachos argentinos, no han podido volver trayéndose el título de campeones, pero la afición argentina los recibirá con un grito: ¡Campeones! Son los triunfadores morales del certamen. En cambio, de poca gloria podrán hacer alarde los triunfadores materiales, que para dirimir superioridades en una pista deportiva han necesitado de un referee deshonesto y de un público apasionado e incivil.«

El mismo Crítica, en otra nota del mismo día: «No hay que jugar más con los uruguayos. Es inminente la ruptura de relaciones con la Asociación Uruguaya de Football. Las vejaciones sufridas ayer por nuestros jugadores en el trayecto hacia el Hotel no tienen precedentes. El campamento argentino es un hospital. Casi todos los argentinos fueron lesionados. El referee jugó para los uruguayos. Allá en Montevideo de ‘cualquier’ manera debían ganar los uruguayos y ganaron.»

Diario La Razón, Buenos Aires, 31 de julio de 1930: algo más sofisticado, pero igualmente revelador: «Ninguno de nuestros muchachos volverá a jugar jamás en los estadios del Uruguay. Justa la victoria. La violencia la empañó.»

Noten la estructura de esa frase. «Justa la victoria» —tienen que decirlo, los resultados son los resultados— pero «la violencia la empañó». Es la fórmula perfecta para quitarle legitimidad a un triunfo que no pueden negar.

Y luego los jugadores, alineados con sus dirigentes. José «Pechito» Della Torre, zaguero argentino, en La Razón del 1° de agosto: «Nunca debimos caer vencidos si los uruguayos hubiesen practicado lo que se llama football. Entiendo, aunque la frase resulte vulgar, que nos ganaron mediante el recurso de la prepotencia.»

Fernando Paternoster, el otro zaguero: «Jugando football no nos hubieran ganado. En un sentido los superamos, jugamos football noble, football limpio… ya no se puede jugar en Montevideo.»

Y el dirigente Augusto Rouquette, de la Asociación Amateurs Argentina, llegó a declarar que en un momento de la final quiso entrar al campo a retirar a su equipo, y que fue «encañonado por treinta fusiles» para impedírselo. Treinta fusiles. En el Estadio Centenario. Había un contexto de guerra interna en la Asociación Argentina, unificada con alfileres un par de años antes, que no puedo explicar aquí, pero justifica el miedo de Rouquette y Pignier, y su actitud defensiva y radical. También hay un contexto de nacionalismo argentino desbocado en medio de una crisis económica que desembocaría en el golpe de Uriburu (nota de posta: El golpe de José Félix Uriburu, ocurrido el 6 de septiembre de 1930, derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen y marcó el inicio de un periodo de dictaduras militares en Argentina)un mes después, fogoneado políticamente por Crítica y Botana, porque vendía. No puedo entrar en todo eso.

Eso dijeron los argentinos.

Ahora bien, ¿qué decían los testigos neutrales? Escuchen al jefe de la delegación estadounidense, Mr. Cummings, al partir de Montevideo: 

«A nuestro juicio no existieron las brusquedades que dicen los diarios argentinos, jugándose el partido con mucho entusiasmo, y ganó el mejor team, porque lo merecieron por el juego expuesto.»

El enviado especial de La Nación de Santiago de Chile, Enrique Didier Silva, bajo el subtítulo «Vencieron los mejores»:

«La victoria conseguida hoy en el Estadio Centenario no admite dudas, porque el desenlace del partido constituye en realidad la consagración del mejor, de la mejor clase, y resume la manifiesta superioridad demostrada, a través del desarrollo de toda la brega, por el conjunto celeste.»

Sobre el público uruguayo, el mismo cronista:

«El público se comportó bien durante el desarrollo del lance, tranquilo y entusiasta, guardó especiales deferencias para los argentinos, limitándose a aplaudir delirantemente cada goal uruguayo.»

Los delegados paraguayos, consultados al final del torneo, destacaron que el público montevideano había dado «una de las notas más destacadas» por «su ejemplar conducta».

Y a todo esto, ¿cuál era el equipo que realmente jugaba con violencia sistemática en aquel Mundial? Los argentinos: contra Francia, cuando no veían cómo ganar; contra Chile, donde se produjo una trifulca generalizada entre los 22 jugadores (iniciada por la enésimo patadón de Monti, a Subiabre en este caso, que fue respondido con una piña desde el piso) sin que el árbitro expulsara a nadie; y sobre todo contra EEUU, en la semifinal. Los norteamericanos tienen su propia historia de ese partido, que nosotros no conocemos porque sus historiadores de fútbol tienen poca difusión por aquí. Pero ellos recuerdan con toda precisión lo que sufrieron sus jugadores.

Me interesa hacer notar el truco retórico: la Argentina dejaba implícita su propia superioridad y discutía los hechos desde ahí. No argumentaba que era mejor: lo daba por sentado, y disputaba cada episodio concreto. Es una posición discursiva imbatible. Uruguay, en cambio, tenía que defender la legitimidad de un resultado. Ya estaba, desde el arranque, respondiendo. (Fútbol de respuesta…)

IV. El suicidio imaginario: cómo adoptamos el rol que nos dio el nacionalismo Argentino

Si el discurso argentino es de 1930, ¿por qué digo que lo adoptamos nosotros recién en los años setenta?
Desde luego, no implico una relación de causa-efecto entre lo que ocurrió al final de 1930 y lo que ocurrió en los sesenta. Digo que había semillas, una forma de ver, que no prendió allá atrás mientras los futbolistas mismos estaban vivos. Ellos saben siempre mejor que los periodistas e historiadores lo que pasa en el campo. Esas semillas prendieron luego, en un contexto político y social muy distinto al de los años veinte.

Las razones de que prendiese son muchas, y en esta charla solo podría mencionar unas pocas. Para empezar, hay que hacer notar que hasta entonces, los que habían jugado estaban vivos y lo contradecían.

Escuchen a Roque Máspoli (aun joven entonces, pero heredero de la tradición de los veinte igual que toda su generación, porque la recibieron directa de los protagonistas), en declaraciones al diario Acción en 1967, firmadas por el periodista Triki-Traka:

«No concibo lo actual. Es un verdadero atentado. En nuestro medio, lamentablemente, se confunde fútbol fuerte con fútbol malintencionado. Se juega —hay que denunciarlo—»a la caza del hombre». Vergonzosamente. Despiadadamente. Admito y comparto la fortaleza, el coraje, pero me niego a aceptar el juego desleal. En mi época de jugador existían «hombres fuertes» que gustaban de la lucha, que sabían hacer frente a la adversidad, pero aún los más famosos no hacían las cosas que actualmente se hacen y se registran en nuestras canchas. […] Acepto que se «deje jugar», trancar, poner la pierna, pero que se haga con dignidad, nobleza y preferentemente con decencia deportiva. A la pelota.»

Lorenzo Fernández, apodado «El Patrón», supuesto paradigma de la garra rústica, decía en la misma época: «Yo jugaba fuerte, es cierto, pero jamás lesioné a nadie. A mí me da asco la violencia porque sí; eso es de animales»

Estos hombres sabían perfectamente que estaba ocurriendo algo, y lo resistían. Mientras vivieron, la reescritura del pasado fue difícil.

Pero luego de muertos Scarone y Nasazzi, ya no quedaban voces con autoridad suficiente para frenar lo que vino. Y lo que vino fue la colección «Cien Años de Fútbol», publicada alrededor de 1970, que en su fascículo número 23 consagró la doctrina. Alberto Silvio Montaño escribía:

«¿Existe la «garra celeste»? ¿O es solo un mito? El tema es para sociólogos y psicólogos. Nosotros, periodistas deportivos, desde nuestro ángulo, adelantamos que entendemos existe la garra celeste, a la que desde ya quitamos las comillas. Quizás tiene raíces que vienen de las heroicas montoneras que forjaron la patria; quizás se haya exteriorizado ya en el tango, que en determinadas épocas rindió culto al «machismo». […] ¿Por qué a nuestro entender existió y existe la garra celeste? Porque la historia del fútbol oriental está jalonada de hazañas en las que junto a la destreza, a la capacidad técnica, al talento, al «genio» de sus hombres, se dio el factor anímico desequilibrando la lucha a su favor.»

Noten la trampa lógica. Talento y técnica se mencionan, pero el diferencial —lo que explica las victorias— es el «factor anímico». Montaño se atreve a decir que Colombes se ganó «por la garra». Colombes, donde Uruguay hizo veinte goles en cinco partidos.

La ecuación que instala es esta: éxito inesperado = garra = milagro. Y eso baja el precio a los factores reales: el talento, la organización táctica, la preparación atlética, la inteligencia individual de aquellos jugadores.

Los propios editores de la colección eran conscientes del problema. En una nota aclaratoria al final del fascículo escribían:

«Sería un error identificar la «garra» con «el machismo» y la prepotencia física. No es esta la imagen que queremos reivindicar sino, en cierto modo, la contraria. Entendemos que la garra radica esencialmente en una condición anímica, una fuerza espiritual capaz de sobreponerse a circunstancias físicas adversas. […] Y si en alguno de esos célebres encuentros hubo algo de violencia física, la actuación uruguaya en los otros y en muchos más fue tan limpia como en Colombes o en Ámsterdam, cuando todavía no había que apelar a «la garra» porque se podía ganar sólo con «la clase».»

Esa aclaración es fundamental: los editores admiten que «la clase» bastaba. Pero la aclaración quedó al final de un fascículo que ya había instalado la ecuación contraria.

Lo que triunfó fue Montaño, no la nota editorial.

[Como lo sospechaba, ahora confirmo, de boca de Rafael Bayce, que el autor de ese suelto editorial no fue Franklin Morales: fue Julio Bayce, indignado por la manipulación del concepto que en ese número 23 se comenzaba a efectuar]

V. Por qué lo adoptamos: la explicación política

¿Por qué ocurrió esto? Hay por lo menos una explicación futbolística, una política, y otra de política deportiva. 

La futbolística es simple: Uruguay quedó eliminado por primera vez de un Mundial en 1958. La quiebra de la superioridad real obligó a buscar otra narrativa. Si ya no se podía ganar con la pelota, había que resignificar las victorias anteriores: no fueron fruto del talento, sino del carácter. El carácter es inmortal aunque los resultados cambien.

La política tampoco es muy compleja. En los años sesenta, con la llamada «generación crítica» —Benedetti y su País de la cola de pajaMarcha, el proyecto intelectual crítico que incluyó un fuerte revisionismo histórico—, se inicia un proceso de demolición sistemática del legado del Uruguay de las primeras décadas (que luego creo que se revirtió en parte, cuando esas investigaciones llegaron a una fase más madura y compleja de su desarrollo). Para atacar el legado político de los años veinte, era necesario bajarle el precio a sus éxitos culturales y sociales. Y el éxito más visible, el más popular, era el fútbol.

La operación fue doble: por un lado, reducir el fútbol científico de los veinte a un milagro anímico. Por otro, reescribir las figuras: Nasazzi deja de ser «El Mariscal» —título que incluye una connotación táctica— y pasa a ser «El Terrible» (así lo bautiza el pie de foto en el fascículo 23); Andrade deja de ser un gran centrocampista y se convierte en el negro olvidado por el Uruguay blanco. Lorenzo Fernández queda reducido al «cinco raspador».

Y aquí hay que ser honestos sobre quiénes llevaron adelante esa reescritura en el plano estrictamente futbolístico. Porque no fue solo ideología social y política: fue también una lucha de poder entre los grandes. Hasta 1960, Nacional dominaba los hechos del fútbol uruguayo. A partir de entonces, Peñarol pasa a controlarlo, y tiene la habilidad de construir de cero un imaginario futbolístico inédito. Y no es casual que los principales artífices de «Cien Años de Fútbol» —César L. Gallardo, Eduardo Gutiérrez Cortinas, y el mismo Franklin Morales— fuesen periodistas aurinegros. Ellos construyeron el nuevo panteón con criterios que no eran exclusivamente históricos.

El resultado concreto fue este: Scarone es nuestro primer desaparecido. Héctor Scarone, el mejor goleador de aquella generación y la figura futbolística central de Colombes, de Ámsterdam y de Montevideo, desaparece del relato o queda en un lugar secundario. En su lugar se levanta un Nasazzi santificado con tonos casi Artiguistas —ni blanco ni colorado, se podría decir, aunque más bolso que manya en el mito— convertido en símbolo moral antes que en figura táctica. Y para equilibrar la ecuación, aparece Obdulio Varela como el gran héroe de Maracaná: cien por ciento de Peñarol, cien por ciento mítico, la pelota bajo el brazo como acto fundacional de una victoria que, según Nilo J. Suburú —que lo vivió y lo analizó— se ganó por conocimiento futbolístico, no por gestualidad heroica. Esta -talento y clase, y no «garra»- es la opinión también de Juan Alberto Schiaffino, que me lo confirmó a mí personalmente en una entrevista que le hice en su casa de Punta Gorda -hoy en vías de demolición, simbólicamente acaso.

Es tan poderoso el rediseño, que hoy la hinchada de Nacional (siguiendo sin saberlo a Gutiérrez Cortinas y César L. Gallardo) valora mucho más a Abdón que a Scarone. Y ha puesto el gol del Vasco Ostolaza en el minuto 121 de Tokio como el modelo futbolístico a seguir. Y Peñarol hace algo similar con el gol agónico de Aguirre. Es el equivalente de un jugador de ruleta, que pone el día que embocó un pleno como su metodología guía. ¿Cuál va a ser el resultado previsible? Que va a perder muchísima plata.

En síntesis: Argentina nos atribuyó la violencia para explicar sus derrotas. La generación crítica de los sesenta tomó ese insulto y lo convirtió en arma política contra el legado batllista. Y el periodismo aurinegro que dominaba la pluma encontró en esa operación la oportunidad de reescribir también la historia interna del fútbol uruguayo. Todos salieron ganando algo. Todos, menos la verdad.

VI. Qué se perdió y qué se puede recuperar

Quiero terminar con una imagen que me parece exacta para describir lo que ocurrió.

Cuando los jugadores uruguayos ganaron en Colombes, en Ámsterdam, en el Centenario, tenían un discurso claro sobre lo que habían hecho: habían jugado mejor. Habían practicado un fútbol ofensivo, organizado, técnicamente superior. Cuando los entrevistaban, decían exactamente eso.

Nasazzi por ejemplo, después de ganar el Sudamericano de 1935 en Lima (donde según Montaño empezó el discurso de la «garra»), declaraba:

«Lo que pasó es que nosotros jugamos extraordinariamente bien. Las líneas maravillosamente ajustadas respondieron con creces y todo el team, engranado a la perfección, se movió como nunca lo había visto.»

Nótese que Nasazzi no habla de «ganar como sea» o que «ganar es lo único que importa», sino que habla de «jugar bien»

Y Lorenzo Fernández, en el mismo torneo:

«Puedo decir que nunca me resultó tan fácil jugar contra los argentinos como esta vez.»

Eso es lo que decían los que ganaron. No hablaban de milagros, no hablaban de garra, no hablaban de huevos. Hablaban de fútbol.

Lo que Uruguay perdió no fue un torneo ni una generación. Lo que perdió fue el discurso de su propia excelencia. Y sin ese discurso, el imaginario colectivo queda a merced del que tiene más volumen, que en el Río de la Plata siempre fue la Argentina.

La garra no es una síntesis de lo uruguayo: son las sobras que aceptamos. Es lo que nos dejaron los argentinos cuando ya habían tomado para sí todo lo que era valioso en el imaginario rioplatense. La garra son las sobras.

Recuperar la historia real del fútbol uruguayo no es alimentar un nacionalismo inflado falsamente, ni es «reivindicar el batllismo». Es rescatar la memoria de una maestría técnica que el mundo admiró, y que nosotros —por razones políticas que ya no tienen vigencia— decidimos olvidar.

Uruguay no ganaba por milagros. Ganaba porque era, simplemente, mejor futbolísticamente hablando.

https://extramurosrevista.com/el-nacionalismo-futbolistico-uruguayo-es-de-origen-argentino/


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