En la actualidad España no es nada, pero podría llegar a ser mucho. Esto es así por razones políticas y económicas, especialmente desde el asesinato del Almirante Carrero Blanco (1973). Desde ese mismo momento, España es un Estado de tercer orden, que va cayendo en la más penosa irrelevancia, una impotencia más bien propia de las colonias y protectorados. [1]
No obstante, la Geografía manda. De la propia existencia del Reino de España en el seno de un espacio crítico, ubicado dentro de una región del mundo muy relevante, se derivan una serie de hechos de primera magnitud que nadie puede dejar de lado. Son hechos que conciernen a las injerencias extranjeras y que, desde la pérdida del Imperio, harán de nuestro país un objeto de toda clase de operaciones “desoberanizadoras” por parte de los poderes extranjeros.
A lo largo de toda nuestra historia reciente la impotencia de España se ha acentuado por una combinación de factores internos y externos. Por un lado, hemos de hablar de la ineptitud de los propios españoles y de la otra, las injerencias extranjeras. Desde la situación gloriosa de haber existido como un Imperio universal (siglos XVI-XVIII), España decayó a la condición de Estado-nación fallido y, no obstante, potencia media en el siglo XX. [2]
En el presente, vamos camino de ser una colonia, es decir, Estado plurinacional fallido, en proceso de centrifugación, carente de soberanía y progresivamente empobrecido. Analizaremos las posibilidades objetivas que sigue ofreciendo nuestro país para volver a ser un Estado dotado de inmensa fuerza geopolítica intrínseca, a poco que en el gobierno del Estado se instale, bien una personalidad clarividente y enérgica, bien una fuerza política con dotes, ajena a las ideologías. La potencia objetiva de nuestro país se reactivaría con un líder o, de manera colegiada, con un movimiento patriótico que fuera absolutamente libre de ataduras para con los poderes externos. Una personalidad o un equipo de personas pragmáticas que, internamente, sea capaz de restaurar equilibrios (Justicia Social, Igualdad Territorial, Músculo productivo, militar y educacional) y externamente asegure la soberanía. En este sentido, mi teoría geopolítica para una España posible exige la atención conjugada de ambas esferas.
Los planes del Régimen de Franco (1938-1975), que habrían sido continuados seguramente por Carrero tras la muerte del Caudillo en 1975, de haberse escapado de su atentado en el 73, podrían sintetizarse como sigue: una vez alcanzados una serie de objetivos de desarrollo económico, los designios de la nación hubieran ido encaminados a una autodefensa del país, con vistas a alcanzar un grado de autonomía y poderío equiparables a la Francia del general Charles de Gaulle. Esto significaría para España una pertenencia activa y no cuestionada a un “Occidente”.[3] España habría continuado alineada en contra del bloque soviético, aunque sin renunciar a relaciones comerciales y culturales con aquellos países, además de estrechamiento de vínculos con los no-alineados, comerciando tranquilamente al margen de su adscripción ideológica. Estados Unidos, en un régimen postfranquista, liderado por Carrero y, por ende, distinto al R78, habrían de ser vistos como aliados, y no como amos. La proximidad de un Régimen postfranquista declaradamente anti-comunista hacia otras potencias europeas (Francia y Alemania, básicamente) sería necesaria de cara a tomar prevenciones hacia el Reino Unido, verdadero agente tóxico constante en la Historia de España.
En los gabinetes franquistas -y sería de prever en los “Carreristas” de no haberse perpetrado su asesinato- aún se era muy consciente, no como hoy, de la ilegítima ocupación de Gibraltar y se jugaba la baza de una hipotética triangulación de relaciones con los yanquis y los anglos. Hoy, con el R78 y con el curso de los acontecimientos mundiales posteriores, la “Pérfida Albión” no es más que una triste prolongación del poder yanqui, y una mano alargada del mismo Pentágono, una zarpa -más bien- que se cierne sobre el resto del Continente. No obstante, la cuestión gibraltareña está hoy aparcada y absurdamente vinculada con la de la soberanía de las ciudades españolas de África (Ceuta y Melilla).
Un marino como Carrero era consciente de la vocación atlántica de España. El poder de España sobre los mares es el poder sobre el Atlántico, y ahí, en ese Océano que hizo grande a Portugal y a España, pese a la piratería, habría que contender -tras el resultado de la Gran Guerra en 1945- con las muy superiores fuerzas navales de los anglos y los yanquis.
Una vez derrotado el III Reich, para Carrero y la España tardofranquista era preciso establecer una alianza occidental, en donde el poder de España sobre los mares fuera digno de tomarse en cuenta y no dejar caer al país en el fango de impotente nación colonizada, como ocurre ahora. Dicha alianza occidental no tendría por qué implicar la pertenencia de nuestro país a la OTAN ni tampoco la presencia humillante de bases norteamericanas en suelo español. Si el programa desarrollista (industrial, nuclear) de España hubiera salido adelante, este gabinete autoritario, podría haber sido lo suficientemente hábil a la hora de contentar a las potencias externas (yanquis, anglos, franceses y alemanes) y a la oposición interna “aperturista”. Todo ello, sin hacer peligrar el núcleo de poder, habría permitido que el régimen “Carrerista” hubiera evolucionado políticamente. En absoluto estoy afirmando que esta posibilidad hubiera sido deseable, sino simplemente posible de no haber existido la injerencia de la CIA-ETA, y otras confabulaciones presuntamente masónicas en 1973.
No es fácil prever si España habría evolucionado hacia una especie de Democracia autoritaria (“iliberal”, como la rusa, polaca o húngara actualmente), o una potenciada Democracia Orgánica, esto es, un Estado semicorporativo con representatividad no partitocrática. En cualquier caso, en contra de toda herencia franquista y en contra de toda posible alza de España como potencia, había numerosas conspiraciones en marcha. El atentado mortal contra Carrero y la conexión directa de los “aperturistas” con las potencias extranjeras frustraron esta vía, y la vía que se dejó abierta fue la que conocemos: el R78.[4]
Decir “España Atlántica” es decir España Cantábrica, en gran medida. El Plan de una España elevada al rango de potencia media mundial, ubicada dentro de Occidente, era un plan atlántico, no “atlantista” (atlantismo, significa, en el lenguaje político y periodístico de hoy, “otanista). Esto implicaba para el país una política de construcción naval y de revitalización industrial y militar de todo el norte de España lanzado a la reconquista de los mares.
Castilla, el reino forjador de España, no habría sido otra cosa que una inmensa frontera esteparia, no una frontera cualquiera, sino frontera con los moros, de no contar con el semillero humano procedente de las costas cantábricas: gallegos, astures, montañeses y vizcaínos. Nótese que empleo los verdaderos etnónimos de los pueblos que iniciaron la Reconquista, todos ellos liderados por godos y ya muy fundidos con ellos. Esos pueblos nórdicos de nuestra Reconquista fueron los que le dieron a Castilla el dominio de los mares, y le concedieron la fachada del Atlántico, así como la base humana y técnica para la conquista de América y la consiguiente forja del Imperio.[5] Sin ellos, los reinos mahometanos del sur no habrían sido cogidos en una tenaza, ya en la baja Edad Media: la tenaza con dos hierros que les oprimirían, por tierra (ataques desde el norte) y por mar (ataques desde el sur con la marina cantábrica que bordeaba todo Portugal) hasta que finalmente capituló el moro Boabdil.
Una España convertida en octava potencia económica del mundo (esa fue la España de los denostados años 70, denostados por razones ideológicas no realistas), dotada de un elemento disuasorio nuclear, y una marina militar y mercante en plena forma, habría sido una España aliada de “Occidente”, pero soberana.
La CIA, en colaboración con ETA truncó este propósito. Desde luego, habría sido una España que seguiría confrontada internamente a un reto: la reconciliación nacional de todos los españoles, rota en el conflicto de 1936-39. Muchas instituciones, especialmente las locales, clamaban una democratización: municipios o concejos, así como regímenes forales, hubieran sido restituidos en su base popular con éxito y sin miedo, dentro de una administración modernizada, que siempre habría retenido para sí la máxima autoridad central, sin menoscabo de políticas regionalistas leales.
La España tradicional [6] siempre había sido, para sus adentros, foral y regionalista, mientras que para la parte de fuera el ser de España no era y no podía ser sino el de una España atlántica e imperial. El R78, en cambio, ahogó las tendencias “naturales” que los organismos políticos, ya sean Estados ya sean Imperios, siempre muestran. Tuvo que ser así para que el dominio angloamericano, ahora “otanista”, del Atlántico no peligrara, y para que los alemanes y franceses consolidaran su dictadura económica sobre los países mediterráneos, los países “PIGS”, como llamaban indignamente a la Europa meridional,
La España marinera, entendida como potencia militar, nunca poseyó gran potencial mediterráneo. Nuestros buques, ya desde los tiempos de la Reconquista, sólo pudieron hacer una labor de contención y vigilancia policial de las costas sureñas y levantinas. Quizá, ya en tiempos imperiales, los de los Reyes Católicos y de los Austrias, habría que haber limado muchas asperezas entre potencias cristianas para llevar a cabo una Reconquista mancomunada de toda la costa norteafricana hasta Egipto. Labor tenaz precisa para librarse de una vez de piratas berberiscos, y de posibles invasiones. A España no le incumbía en soledad la titánica tarea de devolver África (nos referimos al “África blanca” o norte-sahariana) a la civilización grecorromana. Sería tarea imposible si además se le añade la captación de América a esta misma tradición clásica, y ahora católica realizada de forma simultánea. La felonía de franceses, anglos, así como de algunos estados italianos, restó eficacia a la acción policial de la Hispanidad en aquel nido de infieles y piratas que era el Mare Nostrum entre el siglo XV y el XVIII.
La “Segunda Andalucía” que pudo haber sido la costa fértil del Magreb, como prolongación de la Reconquista Castellana no pudo ser, y el Imperio se limitó a la defensa (a veces precaria) de algunas plazas fuertes, tomadas a los piratas y a sus aliados otomanos.
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La España soberana que pudo haber existido, de no mediar la injerencia yanqui llevada a cabo con el asesinato de Carrero, y con independencia de la naturaleza más o menos autoritaria de su régimen político interno habría sido un Estado fortalecido, contando con la Armada y con la Marina Mercante como grandes puentes de unión “por encima del charco”, puentes necesarios para revincularse con Iberoamérica. Los yanquis, no obstante, no permitieron eso. La Doctrina Monroe se aplica a rajatabla. En España ya hubo una revolución de color en 1973, y nunca existió una verdadera Commonwealth hispana, ni algo mejor que eso, dada la mayor uniformidad cultural que presenta la Hispanidad en comparación con la Anglósfera, la Francofonía, etc. Sencillamente, a España no se le dio oportunidad.
La línea tradicional de la política exterior española, no sólo franquistas, siempre había consistido en un trabajo primoroso de relación y cooperación con los países iberoamericanos y también con los árabes. El boicot a la diplomacia hispanista ha sido muy eficaz por parte de los angloamericanos, contando con la ayuda inestimable de los tontos de la izquierda local. Todavía hoy, la política hispanista les suena en los oídos de muchos los izquierdistas a “falangismo” o a “delirios del Imperio”. Ahora hablemos de los árabes (bien entendido que los moros de Marruecos no entran en este apartado).
Estos lazos con los árabes, retomados hoy y mañana con potencia soberana, debían ser liberados del yugo israelí y de todas las cizañas que surgen de este Estado genocida y artificial. Es evidente que, con el cambio de Régimen, y la nefasta diplomacia del R78 se echaron a perder gran parte de estas alianzas. La partitocracia española fue entregando todo un patrimonio diplomático al hegemón yanqui, así como a sus franquicias: OTAN, Israel, Unión Europea… El Reino de España dejó de escribir su propio guion, y solamente pudo trabajar para intereses ajenos aun dañando los propios. Recalco aquí que la tradición diplomática es un verdadero patrimonio, exactamente igual que supone gran riqueza y acervo contar con un campo y una industria altamente productivos, o gozar de un buen ejército, un buen clima, una población virtuosa, formada y leal. La democracia formal nacida de 1978 echó a perder una parte importante de esos lazos. Si España no cuida las relaciones con los árabes, los árabes entran en España. Así de simple.
Los lazos con el mundo árabe, al margen de las insidias sionistas, pasaban por unas premisas inquebrantables: a) En España hay libertad de cultos, pero su tradición es Católica, y esto implica no permitir nuevas mezquitas así como cerrar todas aquellas en donde anidara un solo integrista; b) El reconocimiento oficial del Islam, como religión de algunos ciudadanos españoles, se circunscribe a las plazas de Ceuta, Melilla y a los indígenas -también españoles- de la provincia del Sahara Occidental; c) el proselitismo mahometano está prohibido en el resto del Estado en atención a la defensa de su identidad católica. El islam será respetado en los países donde esta confesión ha arraigado, pero no puede penetrar más de lo que ahora está en el territorio nacional. La relación amistosa y de cooperación hispano-árabes está condicionada a la no injerencia mutua. El islam en los países islámicos, el cristianismo en los países cristianos (de tradición). El mundo debe ser repartido en grandes áreas civilizaciones que, muy a menudo, coinciden con grandes confesiones religiosas. Al norte del Estrecho esta confesión no tiene cabida. Buena vecindad, pero sin interpenetración.
La emigración masiva, de su parte, tiene un fuerte componente geopolítico, y no sólo humanitario, demográfico, económico y cultural. La emigración masiva, además de una desgracia común a países emisores y receptores, es un instrumento de los Estados Unidos y de ciertas monarquías árabes aliadas para debilitar a los países europeos. Al lograr una sociedad-mosaico, un revoltijo de comunidades-estanco carentes de vínculos de unión, los pueblos europeos se ven impedidos en su derecho a conducir sus propios Estados, y sufren, con ello una colonización interior, en la cual la islamización juega una baza fundamental. Muchas monarquías árabes han perdido el respeto a los pueblos de Europa (incluida España, país con el que había buen entendimiento en tiempos de Franco y Adolfo Suárez) y, siguiendo directrices y convergencias de interés con los yanquis, estos estados árabes ricos movilizan contingentes de otras naciones mahometanas más pobres para llevar a cabo una africanización o “tercermundialización” de todo nuestro continente, y desviar contingentes para ellos indeseados.
La actitud correcta sería volver a una política de defensa firme de las costas y las fronteras, sin reparar en medios, ahogando financieramente a las ONGs y mafias, por medio de acciones judiciales, multas y suspensión de subvenciones. A cambio, el Estado Español puede mostrarse todo lo solidario que sea capaz en materia educativa, agrícola, humanitaria en materia de ayuda in situ proporcionada oficialmente a los países emisores.
El mapa de la Península Ibérica debe ser mirado y remirado. Si algún día se alcanzara la “Unión Ibérica”, no sólo se recuperaría la Hispania en sentido estricto, la que desde antiguo comprende Portugal, como reitera y argumenta numerosas veces Besga Marroquín. La unión con Portugal, va más allá de una afinidad cultural de las poblaciones de ambos estados, y de una ganancia de peso específico al crearse así un Estado de mayor territorio y población, un Estado verdaderamente grande para la escala de la UE
La unión con Portugal -hoy utópica, pero necesaria- implica una recuperación de la fachada marítima atlántica. Con el vértice en Finisterre, con el nexo sagrado de Galicia (es el vínculo genético de Portugal para con el Reino Asturleonés y, a través de este, con toda España), se abren los dos lados de un gran ángulo recto, a modo de cuña que hiende el océano Atlántico y que hace descansar al marino en Canarias o en las Azores antes de llegar a su otra casa, el Nuevo Mundo.
La Geopolítica del mundo multipolar exige que España y Portugal hagan sus deberes, se unan dando cumplimiento al Iberismo, pero siempre con la vista y los brazos tratando de alcanzar (de nuevo) las otras orillas del Atlántico. El Imperio (los dos imperios, el luso y el hispano), perdido está. Pero la unión ibérica como proyecto del siglo XXI es la rehabilitación de un enorme friso en forma de letra L, capaz de lanzar innumerables “puentes marítimos” con las repúblicas del otro lado, necesitadas de salirse del yugo de la Doctrina Monroe.
Estoy convencido de que una recuperación de la tradición marinera atlántica (galaico-portuguesa) y cantábrica, es la pieza clave para reorganizar este Océano. Debe tenerse en cuenta que los Océanos son solamente los fluidos por donde se proyectan las talasocracias, y así envolver a los imperios telúricos. Los océanos también son enormes entornos de expansión y organización civilizatoria. No todo poder talasocrático es disolvente, también puede ser civilizador.
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La izquierda está habituada a analizar el curso de los acontecimientos históricos con mirada moralista. El mal se extiende, el mal asfixia y mata, y el mal es el capitalismo. Así piensa la izquierda. Se echa en falta, en muchos de los análisis hechos por la izquierda y desde la izquierda, la presencia unas buenas dosis de realismo geopolítico y de visión global a muy largo plazo. Esto mismo indica que las descripciones fatigosas sobre crisis del capitalismo, reajustes en los procesos de acumulación, revoluciones tecnológicas, división internacional del trabajo y de la explotación, deterioro medioambiental, etc., aun cuando estén hechas con rigor intelectual y honestidad militante, se quedan cortas y sesgadas en la medida en que no hay una Metafísica o marco global de los procesos civilizatorios.
En este sentido, los análisis del filósofo ruso Alexandr Dugin, no siendo marxista, constituyen el marco global de los procesos civilizatorios en donde la ciencia marxista puede tomar cabida, ciencia inserta en una Metafísica que incluya la respuesta a la cuestión de qué es el hombre (Antropología) y hacia dónde va (Filosofía de la Historia). La ciencia marxista que describe nuestra catástrofe planetaria, nuestro fracaso como especie abocada a las guerras mundiales y al deterioro irreversible del Planeta, no puede seguir siendo, por más tiempo, un mero apéndice de la Metafísica materialista. El propio materialismo, como otros “ismos” inventados por la burguesía europea occidental (positivismo, historicismo, vitalismo, etc.) ofrece un marco sesgado, altamente etnocéntrico y exclusivista. El materialismo trata de dotar de vida a un cadáver: el hombre blanco europeo del siglo XVIII y XIX poseedor de capital y de recursos intelectuales suficientes como para dominar al resto del mundo y “entenderlo” desde su propio prisma de burgués europeo, descreído, anti-tradicional, revolucionario en el sentido positivo, etc.
Marx, y con él toda la tradición marxista occidental, regaló a la humanidad numerosos instrumentos intelectuales válidos a la hora de rastrear el origen de nuestro “Mal”, la cruz que el Planeta y sus habitantes llevan a cuestas: esa cruz no es otra que el modo de producción capitalista. Aun antes de generalizarse el mundo industrial burgués y el dominio tecnológico del mundo, la Baja Edad Media europea occidental se reorganizó discreta y silenciosamente en torno a la Mercancía. La Mercancía, como entidad ya presente en modos de producción antiguos, pre-capitalistas, llega a convertirse en verdadera célula del capitalismo, y en núcleo generador de la propia civilización europea-occidental.
Los marxistas e izquierdistas que hoy, a la altura del siglo XXI, quieren asociar su supuesta lucha contra el capitalismo con una lucha contra la religión, la familia, la tradición, el “patriarcado”, etc. no hacen más que el ridículo. Ignoran por completo, o prefieren ignorar, que sus espantajos y molinos que no son gigantes han sido asumidos por el propio Capitalismo. El Capitalismo hoy es el sistema más ateo y contrario a toda forma de sacralidad que existe, y que nunca ha existido. Cuando la izquierda occidental ataca al cristianismo, en cualquiera de sus variantes, desconoce o prefiere desconocer que está realizando la labor sucia ideológica que consiste en desposeer al hombre de todo arraigo sacro, de toda trascendencia para así mejor explotarlo. Sólo como ser proyectado hacia lo Trascendente, el hombre conserva sus arraigos y su dignidad y nunca admitirá un orden de cosas en el cual él sea tratado como animal sujeto al yugo de la esclavitud laboral, sexual y tecnológica. De la misma manera, sólo como ser criado con amor en el seno de una familia formada por una pareja heterosexual estable, el hombre posee máximas garantías para crecer libre y amorosamente, con protecciones psicológicas y espirituales y así resistirse a los cepos y cadenas del capitalista. Otro tanto habríamos de decir de la Patria, la propiedad, la educación clásica y científica, la cultura del trabajo y un largo elenco de instituciones de nuestra civilización incompatibles con la barbarie capitalista.
Resulta grotesco contemplar cómo gran parte de la izquierda ha abandonado sus armas de crítica al Capital y ha apostado por apuntalar al mismo. Todo lo que ha perseguido el Capital desde el final de la II Guerra Mundial, lo ha ido logrando. Como decía el filósofo marxista Costanzo Preve, precursor del Eurasianismo comunitarista, el Capital ha traicionado a la clase media. Fue la clase media y burguesa la que salvó al Capital y le sostuvo justo en los momentos en que la disolución de la comunidad llegaba a unos extremos insoportables y las clases oprimidas convertían el hartazgo en estallido social y revolución. Fue la clase media la que aportó talentos, justificaciones ideológicas, consumo sostenido, etc. y así el capitalismo, con su propia tendencia a polarizar la sociedad en dos extremos, una masa pauperizada y una cúpula opulenta y mínima, pudo prolongar su dictadura. Pero hoy, en esta fase increíblemente especulativa e improductiva (me refiero especialmente al bloque occidental, pues en los BRICS se apuesta por modelos productivos y desarrollistas), la burguesía y la clase media parecen sobrar. Su modelo de vida suena “conservador” a los oídos del vanguardista “capitalismo woke”. La pareja heterosexual fecunda y procreadora, con trabajos estables, con relación amorosa estable, abundancia moderada de vástagos, doble residencia (una casita para las vacaciones de verano), celosa de la educación de los niños, vigilante de una moral basada en la pulcritud, la responsabilidad, el ahorro y el mérito… todos estos valores le sobran al “turbocapitalista”, el cual, se ha vuelto de “izquierdas”.
Diego Fusaro también habla de lo mismo. Fusaro es uno de los mejores discípulos de Preve, y su amplia obra escrita, y su incansable labor pública muestra la brillantez de esta escuela italiana de pensadores hegeliano-marxistas que pugnan por retornar a la crítica del capitalismo, esta vez en clave comunitarista antes que mesiánica, escatológica, utópica, etc. El sinsentido de la vieja dicotomía izquierda-derecha, también es denunciado por su compatriota Andrea Zhok (cuya obra también estamos empezando a traducir al español): el pensador italiano la necesidad de denunciar a esta falsa izquierda que apuntala el dominio despótico del Capital, bajo la religión de un progreso indefinido e interminable, que destruye todos los valores comunitarios, que destruye al propio individuo so capa de potenciar un individualismo infantil e imposible de realizar (el hombre-átomo que niega toda raíz, todo compromiso y todo contacto con la vida productiva). El fraude de un “capitalismo de izquierdas” ha sido descubierto.
Las críticas al engaño dicotómico “izquierda-derecha” ya vienen muy de atrás. Ortega y Gasset ya nos había hablado, en una línea a veces convergente con la Revolución Conservadora Alemana previa al hitlerismo, de la “hemiplejia moral” de quien hace décadas se definía como de izquierdas o de derechas. Era, según el autor español, “una de las innumerables formas de ser un imbécil”. Ese espíritu orteguiano y revolucionario-conservador renació, tras los años de acero y plomo de la Posguerra Europea, en Francia, aunque con vocación europea: la tríada Steuckers, Faye y de Benoist, de un modo u otro, volcó las críticas al sistema en una línea que, más que anti-capitalista, cabe llamar “anti-liberal”. En efecto, no es lo mismo declararse anti-capitalista que anti-liberal. La Nouvelle Droite cae de lleno en este último rótulo: todo el pensamiento anglosajón, y aquí incluyo (en contra de los primeros ensayos, equivocados, de esa Nouvelle Droite) el nominalismo de Ockham, es una carga de dinamita contra la Civilización Europea: el empirismo, el liberalismo, el parlamentarismo partitocrático, el mito de la “separación de poderes”…
En el bando común del anti-liberalismo entran de lleno los autores mencionados arriba, hegeliano-marxistas como Preve y Fusaro, europeístas identitarios y “neo-imperiales” como Thiriart, Steuckers, Faye, etc. y, finalmente, los pensadores neuroasianistas y favorables a los movimientos multipolares como Dugin. Una vez que se rompió la bipolaridad entre EEUU y la URSS, y, con más motivo, una vez que ha fracasado la unipolaridad mal llamada “globalización” (esto es, el American way of life obligatorio para todo el planeta) no queda otra alternativa para el Planeta que la multipolaridad. Oponerse a ella es como ir en contra del Logos cósmico: ello va a acarrear numerosísimas muertes y sufrimientos. La multipolaridad se abre camino con la existencia misma de los BRICS, un bloque heterogéneo y en sí mismo no ajeno al liberalismo, ni mucho menos contrario al capitalismo, pero un bloque cuya mera existencia es un desafío al hegemón norteamericano y a todas sus comparsas atlantistas. Ese hegemón norteamericano va a provocar varios cataclismos antes de caer, y su propia caída será mortífera y estrepitosa. A medida que el poder yanqui perciba una pérdida de terreno, el miedo y la angustia camparán a sus anchas. Las técnicas más agresivas irán sustituyendo al “poder blando” y a la más sofisticada propaganda. En otras palabras: cuando no sean eficaces Hollywood, el rap y la ideología de género, enviarán drones, portaaviones y ojivas henchidas de muerte.
Y este momento, precisamente, es el Kairós del socialismo anti-capitalista. Es el momento crítico en el cual todas las fuerzas populares, democráticas, socialistas y revolucionarias de los cinco continentes deben armar amplios bloques de presión social, de propaganda anti-liberal. Frentes nuevos, en modo alguno montados a la manera “trotskista”, lo cual sería volver a caer en el colaboracionismo con los yanquis. El internacionalismo trotskista, como ya denunciaba Preve, consistía en yuxtaponer, amontonar y hacer adiciones: a un marxismo dogmático, jacobino e intransigente, se le iban añadiendo “compañeros de viaje”. Se le añadían los verdes, para crear frentes rojiverdes. Se le añadían los “arco-iris” para sumar a todo el universo LGTBI-etcétera, un colectivo que en la mayoría de los países cabe en una sala de cine, pero que sirve como poderosa herramienta para dar un aire moderno al liberalismo ultra-progresista. Todas las locuras del anarquismo, el animalismo y el separatismo tenían cabida en ese tipo sumativo del frente “internacionalista trotskista”, bien dirigido desde Washington.
Los nuevos frentes de lucha socialista -muy por el contrario- deben formarse tomando en cuenta el mundo multipolar, haciendo uso de las líneas de confrontación ya existentes, percutiendo sobre el hegemón en declive. Este hegemón norteamericano aún tendría la oportunidad de abandonar su agresiva y terrorista actitud, conformarse al papel de importante actor regional, soltando sus numerosas tenazas sobre Europa, Iberoamérica, Pacífico, África, y tratando de adaptarse a un Derecho Internacional, y no sus arbitrarias “reglas”, diseñadas en cada momento para su propio beneficio, y susceptibles de ser violadas por sus propios creadores, justo cuando al hegemón yanqui le interese violarlas.
Una izquierda española re-pensada en clave nacional debería unirse internamente a las demás fuerzas patrióticas que, siendo transversales y celosas de la unidad del Estado y de la continuidad de las tradiciones de los pueblos de España, pongan en la agenda la Soberanía nacional.
Este proceso de recuperación de la soberanía nacional, dada la idiosincrasia de las naciones europeas, su historia secular, su enorme interdependencia, deberá ser un fenómeno en cascada: la caída de la oligarquía regente en Madrid, País Vasco y Barcelona, debe repercutir en la caída de las oligarquías parisina, berlinesa, romana, bruselense, etc. Son muchos los odios, resentimientos y hastíos acumulados contra los Estados Unidos desde que sus fuerzas de ocupación plantaron las botas en Europa en 1945, y llenaron de bases nuestro suelo. Todo el proceso de “construcción europea” (Schuman, Monnet, Adenauer…) quedará desvelado como lo que en el fondo fue y es, de manera análoga y complementaria al desvelamiento del proceso que condujo en nuestro país al R78 y, desde él, a la destrucción de la nación: un artefacto norteamericano para envilecer nuestras sociedades, alterar la composición étnica, los hábitos tradicionales y la dinámica productiva. En suma, todo un inmenso montaje de ingeniera social y cultural.
Los norteamericanos han llevado a cabo, quizá, desde 1945, el proceso más sofisticado y feroz de colonialismo cultural como herramienta y componente fundamental para su colonialismo político y económico. Antes de ese gigantesco experimento de colonialismo practicado sobre culturas antiguas, sofisticadas y sólidas como las europeas, el colonialismo “occidental” había recaído siempre sobre culturas que no habían participado de la marcha triunfante y ascendente del hegemón occidental (pueblos “bárbaros” y “salvajes” según la antropología darwinista anglosajona). Ahora la periferia yanqui coloniza al centro europeo. Somos sus nuevos indios. Primero nos envilecen, después nos exterminan.
La recuperación de la soberanía nacional española en el contexto de una revuelta multipolar contra el hegemón decadente y depredador de los Estados Unidos transita necesariamente por el siguiente conducto: aflojar lazos con lo que ahora se llama “atlantismo” (OTAN) y reivindicar nuevamente un Océano Ibérico, un Atlántico hispano-luso en donde nuestros barcos, tanto barcos de guerra como mercantes, imperen y se tornen piezas imprescindibles para la nueva conectividad del mundo. Llamo nueva conectividad:
a) a la ruta boreal que un Ártico navegable (por mor del cambio climático, o por transportes marítimos atómicos adaptados al hielo) aproxime de manera -hasta ahora sorprendentemente- el norte del Pacífico y el mar Ártico al Atlántico, y éste, a su vez, sirva como “Mare Nostrum” a las costas donde se hablan lenguas ibéricas. El océano Ártico forma una gigantesca laguna entre tierras americanas y eurasiáticas. Desde sus puertas abiertas formadas por el Estrecho de Bering, pone en contacto rápido las tierras de la lejana China con el Polo Norte y, atravesando este punto boreal justo por el medio se llega “en un abrir y cerrar de ojos” al Mar de Noruega y de ahí al Atlántico Norte. El siglo XXI verá, de nuevo, empequeñecerse el mundo. Pero también denomino nueva conectividad a nuevo hecho:
b) La cornisa galaica, el vértice formado por los lados portugués y cantábrico, como cuña hendiente en el Océano Atlántico. Una simple ojeada a los mapas indica que el norte de España está casi a la misma latitud que la parte norteña de los Estados Unidos, en su frontera de la Costa Este con el Canadá. El poderío angloamericano, desde sus inicios piráticos con Drake hasta la actual hegemonía yanqui, ha desarticulado todas las proyecciones posibles -y tradicionales- que se podrían trazar desde los puertos luso-españoles hacia América. Por su parte, más al sur, el antiguo Sáhara español está casi en la misma latitud que las islas caribeñas (Cuba, Puerto Rico), que fueron igualmente proyecciones de España hasta 1898. La colaboración eurasiática (China, Rusia, Europa) supondría la creación de un brazo inmenso, desde los lejanos mares de China hasta la Patagonia, entrelazando Polo Norte y Polo Sur bajo una misma alianza, arrumbado ya el poderío angloamericano definitivamente. Este brazo complementaría la “ruta de la seda” que va desde China hasta el Mediterráneo.
Para que el lector compruebe que no me estoy moviendo en el mero terreno de la utopía me aferro a datos que ahora mismo me entrega en bandeja el más fogoso presente. Se trata de un presente que parece preludiar una III Guerra Mundial (o IV si seguimos los cómputos del maestro Preve). La guerra de Ucrania tendrá que llegar a su fin, un fin nada favorable al hegemón yanqui. Los reveses de este hegemón en Afganistán, en Siria, y la más que probable rebelión gradual de los países iberoamericanos, hartos de colonialismo y de Doctrina Monroe, auguran una implosión de Estados Unidos. Allí dentro, el pueblo norteamericano conserva no pocas tradiciones y esquemas de comportamiento propios de las etnias -todavía mayormente europeas- que lo formaron. Por pura supervivencia, tratarán de mover de su poltrona a unas oligarquías que no hacen más que acumular fracasos y descrédito y, para ellos, empobrecimiento. Como aconteció con el hegemón hispano hasta el siglo XVIII (recuérdese que ya en época borbónica, hasta el nefasto Carlos IV, hubo una cierta recuperación del Imperio español), en cuanto aparecen los fracasos aparece la desunión.
El neofascismo turbocapitalista queda al descubierto con las derrotas. Si no hay derrotas, todas las tropelías se acallan. Es preciso que China gane definitivamente la guerra económica y tecnológica sobre el yanqui. Lo está haciendo de forma callada, calma, tenaz, metódica. Sólo así saben hacer bien las cosas los chinos. Es preciso que Rusia asegure sus “marcas”, al modo en que siempre lo hicieron los estados con vocación imperial (la Marca Hispánica de los carolingios, la “marca” vascona de los Reyes Asturianos, etc.). Las marcas o países satélites y naciones colchón servirán para la construcción de una gran Eurasia. En este sentido, las teorías de Dugin son mil veces más clarividentes que la pobre escenografía de Hungtington, hecha sobre un tapiz de civilizaciones confesionales enfrentadas. Pues la gran Eurasia será algo más que el Imperio Ruso: significa una auténtica confederación multirracial y multiconfesional unida, sí, por unas fuerzas armadas rusas y un liderazgo situado indiscutiblemente en el Kremlin. Pero además de eso, la propia Tierra, el inmenso bloque telúrico de una “isla mundial” estará listo para reorganizar todas sus periferias.
La enorme masa telúrica cuyo corazón ha de ser Rusia posee un anillo, por cuyo control se han librado y se librarán numerosas guerras. Todo cuanto se halla al norte del desierto del Sahara será escenario de revueltas, guerras, y crímenes de todo tipo. Ya se ha dicho al comienzo del presente ensayo que la labor de una España soberana, es decir, renacida, aquí, en el Sur y en el Mediterráneo, sólo podrá de ser labor de contención. A medida que su poderío atlántico, que no otanista, sea mayor, la acumulación de fuerzas será mayor para una acción cuasi policial más eficaz ante las amenazas moras y ante el problema de la inmigración ilegal masiva (es obvio que ambos problemas están interconectados). Tratemos ahora brevemente la “cuestión marroquí”.
Desde que se puso fin a la etapa del Protectorado Español (1912-1956), alcanzando su independencia el Reino de Marruecos tanto de España como de Francia, que también estableció su protectorado, las provocaciones habían sido constantes. Los ataques terroristas por parte de indígenas marroquís, antes y después de la independencia, fueron moneda corriente. Pero solamente la debilidad del Caudillo hizo que los ánimos imperialistas del sultán alauita crecieran. Su agresividad va siempre en proporción con la debilidad política y militar de España. El grado máximo de agresión tuvo lugar a principios de noviembre de 1975, muy pocos días antes del fallecimiento del Caudillo (según fecha oficial, el 20 de noviembre). La llamada “Marcha Verde” fue, en realidad, la invasión marroquí de una provincia española, el Sahara Occidental. Las recientes invasiones (perpetradas hasta ahora sin armas de fuego) de las plazas de Ceuta y Melilla, decretadas por el sultán marroquí, son solo preludios de lo que puede venir en un futuro próximo. Sorprende a gran parte del pueblo español, al menos la fracción más consciente de su pasado histórico, que nuestros militares -encuadrados en la OTAN- se marchen a lejanas regiones bálticas, o a estepas frías se Europa del Este a “medirse” con los rusos, mientras que las espaldas meridionales queden tan descubiertas.
En contra del tópico, el falseamiento romántico alimentado por extranjeros, la potencia y la esencia de España no está en el Mediterráneo. Los hay que invocan una “España africana”, una cultura (¡y dieta!) mediterránea, un mundo “latino” … Pero yo vuelvo a repetirlo: en el sur y en levante sólo cabe una labor de contención, allí no está el futuro de la Hispanidad. La aridez y sequedad mediterránea es el vestíbulo de un Sur Africano que nos es ajeno. La España nórdica y atlántica, a pesar de los paletos nacionalistas que allí abundan, es la auténtica. Y su vocación ultramarina es la puede volver a dar potencia a España y, de resultas, a Europa. La España atlántica, marina y poderosa que enarbola su bandera con la Cruz de Borgoña y grita: ¡Más Allá!
Plus Ultra.
[1] Véase el libro Tiempo de Incertidumbre (Letras Inquietas, 2020), con mi estudio introductorio. El final del franquismo y la “tutela” ejercida por la CIA estadounidense quedan perfectamente retratados en la documentación que la propia agencia yanqui ha tenido a bien desclasificar, si bien de manera incompleta.
[2] En mi pequeña obra Suárez, el Imperio y la Guerra (Letras Inquietas, 2023), analizo la teoría geopolítica del gran jesuita Francisco Suárez en pleno Siglo de Oro. La cuestión de Portugal, anexionado por necesidad geopolítica, así como la proyectada invasión de Inglaterra, pieza fundamental para poner orden en la Catolicidad, pueden comprenderse mejor leyendo este texto. Los dos volúmenes de Luciano Pereña, Teoría de la Guerra en Francisco Suárez proporcionan mucha más información e incluyen la versión bilingüe y crítica de la obra De Bello (CSIC, Madrid, 1954), y en ellos me he basado en grandísima medida.
[3] El “Occidente” en el contexto de la guerra fría, y la alineación ideológica fundamental de España en contra del comunismo, inquebrantable para todos los franquistas, no significaba lo mismo que el “Occidente” actual. El actual es un disfraz del hegemón unipolar y despótico de los Estados Unidos. Sería absurdo para una España reconstruida como potencia industrial y geopolítica, ponerse a militar en contra del comunismo y volver a besarle los pies al yanqui. Coincido con el profesor Dugin en que el “Occidente” actual merece ser destruido. La aportación de una nueva España debe estar enmarcada en una defensa de la Hispanidad y de la Europeidad al margen de la OTAN y de la UE, sin exigencias ideológicas de relieve.
[4] En adelante, R78 hace referencia rápida al nefasto régimen constitucional partitocrático, oligárquico y centrífugo, nacido en 1978, sistema que ha llevado a la actual desintegración nacional. La falsa disyuntiva “dictadura” o “democracia” es impugnada a lo largo de este ensayo. Otras formas de democracia o de “transición” hubieran sido posibles y, sin duda, mejores.
[5] Si, por un lado, estos pueblos nórdicos o cantábricos repoblaron Castilla, Extremadura, Andalucía, y renovaron la etnicidad de estas tierras, desalojando a los musulmanes en gran medida, por el otro lado llegaron a actuar como brazo marino de Castilla y base talasocrática del posterior imperio. Ya antes de integrarse en una marina castellana, las villas de “mareantes” de la Asturias de Oviedo, Asturias de Santillana, Vizcaya, etc., tuvieron un comportamiento de vikingos a la inversa, atacando el Norte desde el sur, pues partiendo de puertos cantábricos, emprendían correrías hacia los mares del norte asolando al mismo Londres y quizá más allá.
[6] Véase mi libro: Por la España Tradicional (Letras Inquietas, 2022).