08.JUL26 | PostaPorteña 2561

El orden mundial de la inteligencia artificial: la carrera entre USA y China

Por Markku Siira

 

Markku Siira, Substack 2/07/26

https://markkusiira.substack.com/p/tekoalyn-maailmanjarjestys-yhdysvaltojen?

 

La carrera por la IA se suele presentar como un duelo entre EEUU y China: el ganador obtendrá la supremacía tecnológica y, al mismo tiempo, el derecho a definir el orden mundial. La realidad, por supuesto, es más compleja: terceros países, software libre y avances sorprendentes pueden cambiar las reglas del juego. Aun así, resulta interesante considerar qué ocurriría si uno u otro país lograran una ventaja decisiva en superinteligencia. No se trata solo de la tecnología, sino también de qué visión prevalecerá finalmente.

Imaginemos primero un mundo en el que USA —o, más precisamente, sus gigantes tecnológicos aliados con Washington— salga victorioso. Esto daría lugar a un nuevo tipo de auge tecnológico liderado por Occidente, pero no sin problemas. Una cultura de innovación estadounidense extendería la inteligencia artificial a nivel mundial según sus propios términos.

Los centros de datos proliferarían en Texas y Nevada, pero su enorme consumo energético agravaría los problemas ambientales regionales. Si bien podrían avanzar soluciones energéticas, su comercialización tardaría décadas. Los modelos de vanguardia generarían abundancia —medicina personalizada, automatización y crecimiento económico—, pero también ampliarían la brecha entre los propietarios de tecnología, los consumidores adinerados y el resto de la población.

En esta visión, una Pax Americana tecnológicamente actualizada se fortalecería de forma más sutil. Los aliados en Europa y Asia se beneficiarían en cierta medida de las transferencias tecnológicas, siempre y cuando se sometieran al liderazgo yanqui . Ideológicamente, la democracia liberal prevalecería y recuperaría el triunfo de la década de 1990 tras la caída del socialismo soviético: los algoritmos optimizarían los mercados, promoverían la libertad de expresión al menos hasta cierto límite y desafiarían a los sistemas competidores restantes mediante la difusión de la doctrina liberal del Occidente global.

Fundamentalmente, este escenario no representaría una victoria contundente, sino la continuación de la arraigada ambición estadounidense por lograr un dominio absoluto. Las aspiraciones hegemónicas históricas, las intervenciones, las operaciones de cambio de régimen y las numerosas guerras en países como Irak, Libia y Siria demuestran cómo la retórica liberal suele enmascarar la búsqueda de intereses estratégicos. La inteligencia artificial fortalecería aún más este poder: los sistemas autónomos, la vigilancia proactiva y las operaciones psicológicas de información permitirían un control cada vez más efectivo.

EEUU ha optado por un modelo de código cerrado y fuertemente basado en la nube, lo que permite un espionaje industrial efectivo y la recopilación de datos de usuarios a través de servicios en la nube. La inteligencia artificial estadounidense conlleva la ideología de Silicon Valley, donde la eficiencia, la escalabilidad y el poder privado están estrechamente ligados. Si bien se habla de democracia, el poder real reside en la élite corporativa de alta tecnología, que determina qué se puede pensar, comprar y por quién se puede votar.

Esta dinámica también está marcada por las concentraciones internas de poder en USA: la población judía ha tenido históricamente una fuerte representación en tecnología, medios de comunicación, finanzas y política exterior, lo que se refleja, entre otras cosas, en la clara priorización de los intereses israelíes en la política estadounidense hacia Oriente Medio. No cabe duda de que la tecnología de inteligencia artificial también se utiliza en la lucha contra el antisemitismo, pero al mismo tiempo, la cuestión de qué voces amplifican los algoritmos y cuáles silencian está intrínsecamente ligada a las desigualdades étnicas, económicas e ideológicas.

Europa y otros aliados quedarían dependientes de los microchips y los servicios en la nube estadounidenses, lo que agravaría aún más la brecha transatlántica en independencia y soberanía. Los países en desarrollo podrían recibir ayuda, pero a costa del control de sus datos y mercados. Sería una nueva forma de colonialismo, donde los algoritmos determinarían tanto el comportamiento del consumidor como las decisiones políticas.

En el extremo distópico, la vigilancia es sutil pero omnipresente: un sistema de crédito social al estilo occidental, una cultura de la cancelación impulsada por la IA y una desigualdad económica donde la élite disfruta de abundancia mientras las masas compiten por cada vez menos oportunidades significativas. Militarmente, EEUU dominaría con sistemas de armas autónomas, pero esto provocaría una reacción adversa, posiblemente guerras híbridas o alianzas que buscarían romper la hegemonía.

El orden liberal, que promete una libertad aparente, genera un nuevo tipo de dependencia de actores transnacionales y en red. La inteligencia artificial refuerza esta situación: no libera a las personas, sino que las convierte en una variable optimizable dentro de una maquinaria global donde las élites ideológicas y económicas controlan el poder.

Consideremos otro escenario: China logra una ventaja decisiva en inteligencia artificial. En el mejor de los casos, esto implicaría un ascenso colectivo y eficiente, así como el desmantelamiento del orden mundial centrado en Occidente. El modelo chino se basa en el desarrollo estatal, la planificación a largo plazo y la armonía social. Las ambiciosas iniciativas de China se concretarían dentro del marco del sistema internacional.

La superinteligencia china resolvería las formas de pobreza persistentes, optimizaría la infraestructura en las regiones de la Franja y la Ruta y proporcionaría a los países en desarrollo modelos de bajo costo y adaptables a las condiciones locales. El Sur global se beneficiaría de una tecnología más económica que no requiere la moralina occidental, sino que se centra en problemas prácticos como la agricultura, la sanidad y el cambio climático. La iniciativa de seguridad global de China reemplazaría la política de seguridad estrecha y eurocéntrica de la OTAN.

Este desarrollo fortalecería un mundo multipolar. China no busca necesariamente un régimen totalitario, sino uno de beneficio mutuo, donde la soberanía se respete más que en Washington. Ideológicamente, el énfasis confuciano en el bien común y la estabilidad desafiaría el individualismo occidental al ofrecer una alternativa en la que la IA esté al servicio de la sociedad y no al revés. China ha promovido activamente modelos de código abierto que permiten soluciones locales de IA.

Sin embargo, una perspectiva crítica revela rasgos autoritarios. La IA china es distópica en términos de vigilancia y control social. El sistema de calificación crediticia social se expandiría globalmente: los algoritmos rastrearían el comportamiento no solo en China, sino también en los países aliados a los que China exporta tecnología. La libertad de expresión se vería restringida, los disidentes serían silenciados con mayor eficacia que nunca y la narrativa estatal moldearía la realidad en tiempo real.

El mundo se dividiría en bloques: en la esfera de influencia de China, la dependencia económica se politizaría a medida que los datos fluyeran hacia Pekín y los modelos promovieran la armonía, es decir, la acrítica. Los países en desarrollo ganarían tecnología, pero perderían su soberanía. La eficiencia económica sería alta, pero la innovación podría alinearse rígidamente con la línea del partido, lo que frenaría la destrucción creativa. En el peor de los casos, la humanidad se vería limitada: el individuo sería parte de una gran máquina, donde la felicidad se mediría en estabilidad, no en libertad. La inteligencia artificial no solo monitorea, sino que anticipa y moldea los pensamientos antes de que nazcan.

Una victoria china pondría de relieve el papel del Estado como custodio tecnológico, lo que podría proteger las culturas nacionales de la homogeneización global, pero también sofocar la diversidad interna. Una victoria estadounidense, por otro lado, fortalecería el poder de los círculos capitalistas, a menudo disfrazados de valores universales y tras la retórica de los derechos humanos.

Lo que ambos escenarios tienen en común es la capacidad de la IA para transformar radicalmente las relaciones de poder. La demanda energética de los centros de datos genera nuevos cuellos de botella y competencia por los recursos. Las patentes, los estándares y los diseños determinan quién establece las reglas globales. Sin embargo, el código abierto y la copia pueden prevenir el monopolio absoluto e impulsar un modelo híbrido donde la competencia continúa.

Ideológicamente, la batalla se libra entre el individuo y el colectivo, entre los mercados libres y el control estatal. En su visión más optimista, la IA resolvería la escasez y propiciaría el florecimiento humano. En su visión más pesimista, intensificaría la vigilancia, la desigualdad y la alienación, independientemente de quién gane.

En realidad, la división no es tan simple. Europa, India, Rusia y otros actores pueden equilibrar la balanza. Sin embargo, la competencia determinará el tipo de control, riqueza y libertad que heredarán las futuras generaciones. La inteligencia artificial no es una herramienta neutral: encarna los valores e ideologías de sus desarrolladores, como ya han notado los ciudadanos que interactúan con los modelos de lenguaje actuales.

En última instancia, queda por ver quién controlará los controles. ¿Qué pasaría si la superinteligencia artificial se desarrollara hasta el punto de tomar el control, incluso de superpotencias, agencias de inteligencia y empresas tecnológicas? Entonces, los humanos podrían verse convertidos en meras herramientas en los juegos de una inteligencia nueva, más autónoma e inhumana.

Una revolución tecnológica sin precedentes trae consigo tanto promesas como temores. El futuro depende de si las personas y los Estados pueden desenvolverse entre ambos extremos sin que la inteligencia artificial o los transhumanistas redefinan la humanidad.


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