Alain de Benoist establece una clara distinción entre la diversidad —la pluralidad natural de pueblos, lenguas y culturas que ha definido a la humanidad durante milenios— y la «diversidad», el programa ideológico que se hace pasar por ese mismo nombre en las sociedades liberales contemporáneas.
Mathieu Bock-Côté suele hablar de ideología «DIVERSITARISTA» (1) para designar la ideología que rige la sociedad «multicultural» o «inclusiva» —una extensión adecuada de la «sociedad abierta» tan querida por Karl Popper—. Lo hace con razón y como buen quebequés, pues fue en Canadá donde el exprimer ministro Justin Trudeau se enorgulleció, siguiendo las recomendaciones del Informe Bouchard de 2008, de haber convertido a su país en la primera «nación diversitaria» —es decir, en sus propias palabras, un laboratorio de vanguardia de la «diversidad feliz» (siguiendo el modelo de la «globalización feliz»), que consiste en transformar a los pueblos para eliminar de su seno cualquier rastro de una personalidad social y cultural específica.
En este culto a la «diversidad», Bock-Côté ve a la vez la huella de un «universalismo falsificado» y una herramienta de ingeniería social destinada a garantizar la aceptación de la transformación de los pueblos en nombre de los derechos humanos universales, del imperativo de «MESTICISMO» (2) y del culto a las minorías: los recién llegados ya no tienen que adaptarse a la sociedad que los acoge; al contrario, es esa sociedad la que debe transformarse para dar cabida a las exigencias cada vez mayores de individuos o grupos «de origen diverso».
¿Condenar la ideología «diversitarista» equivale también a condenar la diversidad? No, por supuesto que no. ¿Por qué? Porque existe la diversidad y la «diversidad».
La diversidad genética es la norma entre todos los seres vivos: es lo que hace posible la evolución. La diversidad de especies, la diversidad de lenguas, de pueblos y de culturas es la gran riqueza de la humanidad. La protección de la biodiversidad debe, por lo tanto, extenderse a las diferentes culturas, a fin de garantizar su derecho a la continuidad histórica.
Una diversidad de culturas y pueblos, cada uno con su propia personalidad: tal ha sido, precisamente, el estado normal de la humanidad durante milenios. Entonces se vivía en un mundo heterogéneo de pueblos relativamente homogéneos y arraigados. El sistema «diversitarista» produce exactamente lo contrario: un mundo cada vez más homogéneo de pueblos que se vuelven cada vez más heterogéneos, hasta el punto de no ser más que agregados de individuos procedentes de todas partes —que, además, se parecen cada vez más entre sí, lo que los hace intercambiables—. Es esta gran convulsión —este paso de un mundo global heterogéneo a uno homogéneo, y de pueblos relativamente homogéneos a agregados heterogéneos— la que nos permite comprender cómo el «diversitarismo» provoca la desaparición de las diferencias, es decir, de la verdadera diversidad.
Lo contrario de la diversidad no es el exclusivismo, sino la uniformidad. Diversidad significa variedad, pluralidad; «DIVERSITARISMO» significa hibridación generalizada, la mezcla que hace desaparecer la variedad. El «diversitarismo» es una forma de cosmopolitismo que tiende a hacer desaparecer la diversidad entre culturas introduciéndola en exceso dentro de las propias culturas. El régimen «diversitarista» favorece la «diversidad» individual para abolir mejor la diversidad colectiva.
El objetivo es trabajar en pro de la indistinción de las culturas y los pueblos: defender la «diversidad» de orígenes dentro de una misma sociedad para asegurar su desaparición a escala global. Aquí cabe retomar el ejemplo de Quebec: al someterla a la «diversidad» —tratada como un fin en sí misma—, lo que se busca es hacer desaparecer ese elemento de verdadera diversidad que representa la identidad histórica quebequense dentro de Canadá.
« ¿Por qué convivir si no compartimos la misma cultura?», pregunta además Bock-Côté. Una pregunta excelente, pues solo se puede «convivir» en la medida en que se pueda contar con un fundamento común. Lo común es el soporte natural de la diversidad. Dado que el «misticismo» conlleva inevitablemente la desaparición de las culturas llamadas a mezclarse, estas acaban siendo todas iguales. Lo común se derrite como la nieve al sol en medio de una pluralidad de pertenencias dentro de sociedades fragmentadas. La «misticismo» reduce la parte de lo común hasta el punto de hacerla desaparecer.
«El error de nuestras élites», afirma Chantal Delos, «es creer que la diversidad basta por sí sola para crear una vida en común». Esta creencia es obviamente falsa. Cuanto más heterogéneo es un pueblo, más difícil resulta gobernarlo (la ley ya no puede basarse en costumbres compartidas). Cuanto más «diverso» es, menos posee una personalidad singular. Cuanto más heterogéneo es, menos capaces son quienes viven en él de reconocerse en quienes les rodean. El resultado —confirmado por numerosos estudios empíricos— es el colapso de la confianza. Todos desconfían de todos, lo que acelera la guerra de todos contra todos. Basta con viajar por el mundo para comprobarlo: las sociedades multirraciales son, ante todo, sociedades multirracistas.
La disolución de los pueblos conlleva, asimismo, la disolución de la democracia, ya que tiende a abolir la distinción entre ciudadanos y no ciudadanos en la que se sustenta el principio de la soberanía popular. La disolución de la memoria colectiva, y del imaginario simbólico que la acompaña, es la consecuencia última de la ruina de la misma noción de lo común. Las políticas de «formación en diversidad» son técnicas de propaganda: son, en realidad, formaciones para la aceptación de la disolución de los pueblos.
Señalo, para concluir, esta reveladora paradoja, bien observada por John Mearsheimer: el liberalismo se enorgullece de defender el pluralismo en la política interna, mientras que se opone a él con todas sus fuerzas a escala global, ya que sostiene que el capitalismo y la democracia liberal son el único régimen que debe aplicarse a todos los países. En cuanto se trata de política exterior, ya no se admite la variedad: se exige a todos los pueblos que se adhieran a los mismos «valores universales». La verdadera diversidad, para entonces, no es más que un recuerdo.
Publicado originalmente en Éléments, n. º 219, abril-mayo de 2026
Notas:
1. TN:«DIVERSITARISTA» es la traducción del término francés «diversitaire», un neologismo derivado de la palabra «diversité», que significa «diversidad». Más adelante en el ensayo aparece otro neologismo derivado de la misma palabra: «diversitarismo»/«diversitarisme».
2. TN:«MESTICISMO» deriva de la palabra francesa mélange, que significa «mezclar». Benoist utiliza la palabra mélangiste para describir a una persona cuya ideología (mesticismo/mélangisme) considera la mezcla etnocultural como un bien moral en sí mismo. Se trata de un término acuñado por Benoist.
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera