Complots de asesinato, Israel, escalada y la guerra de los símbolos
Dugin habla sobre la muerte del senador Lindsey Graham, la posibilidad de un intento de asesinato contra Trump, el papel de Israel, las represalias iraníes y la importancia decisiva de la guerra simbólica e informativa.
Conversación con Alexandr Dugin en el programa Escalation de Sputnik TV
Presentador: Ayer, 12 de julio, el Canal 12 de Israel, informó que Irán supuestamente intentó organizar un atentado contra Trump mientras este asistía a la cumbre de la OTAN en Ankara. Ya sabemos que antes de esto ya habían intentado atentar contra Trump. Dugin, desde su punto de vista, ¿podemos creer la información de la inteligencia israelí de que la prioridad actual de Irán es eliminar al presidente estadounidense?
Dugin: En primer lugar, creo que después de que el presidente estadounidense haya eliminado a los líderes espirituales, políticos y militares de Irán, no hay ningún argumento por el cual los iraníes deban dejar a Trump con vida. El asunto es que, si una de las partes cruza la línea, ¿por qué la otra parte no podría cruzarla también? Los iraníes han amenazado a Trump en repetidas ocasiones con matarlo y creo que podrían intentar hacerlo.
Otra cosa es que, en este caso, es poco probable que la inteligencia y el Estado iraníes cuenten con los medios suficientes para llevar a cabo su amenaza. En principio, si hubieran matado a Trump, habría sido lógico: peón por peón, torre por torre, reina por reina. Y toda la humanidad simplemente habría asentido: claro, entendido. Después de lo que los estadounidenses y los israelíes le han hecho a Irán, Irán puede hacer lo que quiera con los estadounidenses, incluyendo a sus líderes; ellos mismos eliminaron esas líneas rojas. Por lo tanto, en este caso, precisamente no me sorprendería. Pero si hablamos de posibilidades (no del deseo, sino de las posibilidades de los iraníes), ahí yo sería mucho más cauteloso. Me parece que Irán no tiene esas posibilidades ni en Ankara, ni en territorio estadounidense, ni en ningún otro lugar, y, por lo tanto, me parece poco probable.
Pero analicemos la situación con un poco más de objetividad. Trump, sin duda, mantiene una postura más moderada respecto al conflicto iraní. A pesar de todo el radicalismo, la agresividad y la política sangrienta de USA en esta guerra, Trump y EEUU actúan de manera un poco más comedida, pienso, que Israel. Y de esto se ha hablado mucho la última semana: que entre Trump y Netanyahu ha surgido un malentendido, que las relaciones entre USA e Israel se están deteriorando a la vista de todos.
Y aquí Trump comete, en mi opinión, un acto bastante imprudente: anuncia públicamente que, ante la amenaza de que los iraníes lo eliminen, deja una instrucción formal para los líderes de EEUU: si algo le sucede, existe la orden de bombardear Irán de manera definitiva, es decir, arrasarlo por completo, bombardearlo hasta devolverlo a la Edad de Piedra. Repite palabra por palabra las declaraciones que hizo Hillary Clinton en su momento sobre Libia y Gadafi. Da la impresión de que tienen el mismo redactor de discursos —tanto los demócratas, como Clinton, como Trump—: las mismas imágenes y fórmulas. En su momento, Trump se burló y simplemente se indignó ante esas palabras de Hillary Clinton y ahora simplemente las repite.
Pero, ¿en qué consiste la imprudencia de este acto? Imaginemos lo siguiente: las relaciones entre Israel y Trump se deterioran un poco e Israel necesita continuar a toda costa la guerra contra Irán, porque, en realidad, fue él quien inició esa guerra. Y de repente, Trump dice que si los iraníes lo matan, dará la orden de destruir a Irán. A los líderes de Israel se les ocurre la idea más obvia: ¿por qué no acabar con Trump?
Es un hombre de edad avanzada, no le queda mucho tiempo de vida, su círculo más cercano ya se está extinguiendo, como el terrorista y extremista Lindsey Graham, quien ayer partió al infierno, adonde debe ir, o Mitch McConnell —quien también está en las últimas, también partidario de Israel y opositor de Rusia—. Y pronto Trump... Simplemente, esa generación de «halcones» se irá, se extinguirá ante nuestros ojos. Y a él le queda muy poco tiempo antes de las elecciones intermedias, en las que claramente perderá. En consecuencia, la situación de Israel empeorará aún más.
Y en este contexto, eliminar a Trump y culpar de todo a los iraníes: esa es, en realidad, la jugada de Israel. Porque Israel obtiene precisamente lo que le permitirá resolver de inmediato, al menos, parte de los problemas de Netanyahu: es decir, Trump ya no estará, solo quedará su carta, su testamento se pondrá en práctica, comenzará una operación de gran envergadura para destruir a Irán y eso es justo lo que Israel necesita.
Y ahora, en esta situación, Israel afirma que los iraníes querían atentar contra Trump en Ankara. Es decir, como que se lanzan argumentos, se crea una situación simbólica en la que se habla y se escribe sobre esto: dicen que los iraníes intentaron atentar contra Trump, lo que significa que pueden hacerlo, lo que significa que tienen capacidades reales. Los iraníes no tienen capacidades reales, pero el Mossad sí las tiene de sobra, ya que ahora vemos que Israel simplemente controla la política estadounidense, incluso manipulando tranquilamente al presidente —quizás no al 100 %, pero sí al 95 %—
Y ahí es donde surge un peligro realmente concreto, porque Trump habla imprudentemente de la existencia de este documento. Y creo que, si los servicios secretos israelíes obtienen pruebas que confirmen que este documento existe, que Trump dejó tal testamento —que dice: «Si los iraníes me matan» (y deberían hacerlo, si tuvieran la fuerza para ello) —, ya que un Trump asustado escribe tal declaración pensando que detendrá a los iraníes… Pero no detendrá a los iraníes; al contrario, está firmando su propia sentencia de muerte a manos de Israel, que, por supuesto, aceptará hacerlo. ¿Quién es él para ellos? Es Trump. En primer lugar, es un hombre de edad avanzada. En segundo lugar, en esencia, ya es alguien «paticojo». En tercer lugar, está en su senilidad. Sacrificar a Trump, quien, para colmo, está empezando a distanciarse de Netanyahu, con el fin de provocar un nuevo acto de una guerra tan fundamental contra Irán a través de EEUU… bueno, eso es simplemente un bocado delicioso.
Por eso creo que, en esta situación, hay que tener en cuenta precisamente esto: la eliminación de Trump, ante todo, sería interesante y útil en este contexto precisamente para Israel. Y lo más grave aquí es que Israel precisamente tiene esa oportunidad: no solo de eliminarlo, sino además de manipular el panorama informativo, ya que Israel controla muchos de los flujos de información en el mundo. Por lo tanto, es fácil culpar a Irán de todo esto, creando algún pretexto. Esto ya se ha repetido muchas veces en la historia de EEUU e Israel.
Por eso creo que estamos al borde de una alta probabilidad de que se produzca precisamente este tipo de deterioro de la situación. Claro que nadie lo sabe con certeza. E incluso los servicios de inteligencia, creo, muchos no lo saben, y los que lo saben no dirán nada sobre cómo son realmente las cosas. Eso no lo sabremos con certeza y me parece absolutamente inútil discutirlo de manera empírica. Lo que hay que analizar es precisamente el contexto geopolítico de unas u otras declaraciones y no si tal o cual afirmación es real o irreal. En nuestro mundo, si se estaba preparando un atentado o no, si los iraníes pudieron o no simplemente planearlo y llevarlo a cabo, eso es secundario. Porque, si se crea la imagen en los medios globales de que pudieron hacerlo, entonces todos lo creerán. Y así sucesivamente. Es decir, lo importante no es lo que ocurre en realidad, sino cómo se explica, cómo se interpreta y cómo se presenta en los medios.
Sí, precisamente acabo de leer en los medios extranjeros que incluso figuras alemanas ya están comentando que Irán tiene una lista de represalias en la que figuran tanto Merz como Macron y que por eso hay que reforzar un poco la seguridad. Es posible que esto también forme parte de una misma estrategia coordinada.
Dugin: Bueno, sí, los iraníes también podrían eliminar perfectamente tanto a Merz como a Macron y a todos los demás. Es razonable, son objetivos bastante legítimos. Pero el asunto es que, después de que Occidente llevara a cabo este acto de agresión sin precedentes y totalmente injustificado contra un Estado soberano, aniquilando a sus líderes y sin condenar este asesinato por parte de los estadounidenses, Irán tiene vía libre. Creo que Irán tiene vía libre para llevar a cabo cualquier forma de venganza. Esto se menciona con frecuencia tanto en conferencias como en discursos de los líderes iraníes y en mítines.
Otra cosa es la posibilidad y la conveniencia de hacerlo. Y aquí es donde creo que Irán está actuando de manera extremadamente racional. Puede alcanzar las bases militares estadounidenses en el Medio Oriente, puede alcanzar los centros económicos y energéticos en los países aliados de EEUU —me refiero a los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Kuwait, Jordania y, en menor medida, pero también de manera correspondiente, a Catar—. Y ahí es donde está Arabia Saudita, y es precisamente contra ellos que los iraníes lanzan sus principales ataques, además de que algunos misiles llegan hasta Israel.
Por eso, si Irán tuviera la oportunidad, en general, con toda razón, acabaría con Trump y se encargaría de alguno de los líderes europeos y nadie diría nada al respecto. Porque, de todos modos, siempre culpan a la víctima, como es habitual: estos verdugos y asesinos, violadores y terroristas acusan a las víctimas de tales actos terroristas de ser los principales villanos. Ya no hay nada que hacer al respecto; esto solo se puede corregir con la fuerza. Pero Irán sí lo está haciendo: está causando el máximo daño inaceptable al cerrar el estrecho de Ormuz y al obstaculizar su funcionamiento. Seremos testigos de cómo se cortan los cables de fibra óptica que discurren por el fondo del golfo de Ormuz y que llegan hasta Kuwait, con el fin de asestar otro golpe a la economía mundial. Irán lo hará y está logrando resultados. Lo que puede hacer, lo hace. Hay algo que simplemente no puede hacer —quizás le gustaría, pero no puede—
Sin embargo, para levantar el ánimo, dice: «Vamos a matar a Trump». Y ahí es donde aparece Israel con su tradicional descaro, diciendo que sí, que los iraníes quieren matar a Trump, que tengan cuidado, que ya lo han intentado, que se están acercando cada vez más —sobre todo ahora que Lindsey Graham ya está en el más allá: quien, por cierto, también era un enemigo radical de Irán, lo cual también es importante. Y ni siquiera me sorprendería que los iraníes dijeran que tuvimos algo que ver con esto, aunque es casi evidente que no.
Justo sobre el tema del terrorista y extremista Lindsey Graham. Cuando me preparaba para el programa, y en principio por motivos profesionales, leí muchas versiones diferentes de lo que realmente ocurrió: desde un ataque ruso contra Kiev, en el que Graham quedó atrapado, hasta disputas internas en USA sobre qué Graham sabía demasiado acerca de los fondos que se destinan a Ucrania y, por eso, lo eliminaron. Ahora bien, en su opinión, ¿es esta una causa natural, es karma o, después de todo, alguien tuvo algo que ver?
Dugin: Ya sabe, esto tampoco lo sabrá nadie jamás, porque, si hubiéramos estado involucrados en esto, habríamos dicho que no tenemos nada que ver. Era un enemigo atroz de la humanidad: Lindsey Graham. Por supuesto, no se debe hablar así de los muertos, pero no es casualidad; después de todo, incluso tras la muerte de Bin Laden, él no dejó de ser, por ejemplo, un terrorista y un extremista. Sigue siéndolo y su movimiento continúa. Pero veamos a Lindsey Graham y su causa: son los mismos neoconservadores, los mismos republicanos que llaman a bombardear a los rusos, a aniquilarlos. ¿Saben lo que dijo Lindsey Graham sobre los rusos? Dijo que matar a los rusos es una de las mejores inversiones del dinero estadounidense.
Por eso lo declararon terrorista y extremista. No se arrepintió en absoluto antes de morir. Murió y ya está; por eso, en realidad, no hay nada que lamentar aquí. Y las razones reales, creo, nunca las sabremos. Quizás se trate de una advertencia enviada por el Mossad a Trump; es decir, esto encaja precisamente en la primera parte de nuestro análisis. Sería perfectamente posible: pueden hacer lo que quieran, eliminar a quien sea fácilmente en territorio estadounidense; simplemente controlan muchos procesos allí y a escala mundial, por lo que para ellos es factible. Para los iraníes es más complicado. Para nosotros... no sé, nuestros servicios de inteligencia no han llevado a cabo últimamente ninguna operación destacada, a diferencia de cómo actuábamos bajo el régimen de Stalin en la época soviética. En aquel entonces se lanzaban golpes realmente impactantes y contundentes contra nuestros enemigos, lo que los hacía temblar, temer y respetarnos. Hemos abandonado esa práctica —en mi opinión, en vano—. Por eso dejamos de lado nuestra implicación en este caso y yo no creo en ella. Si resulta que estoy equivocado, me alegraré, pero sigo pensando que no fuimos nosotros.
Quiero llamar la atención sobre el simbolismo de la muerte de este hombre. Y vaya, es sorprendente: era gay, sionista, rusófobo, extremista, terrorista. Es decir, un alborotador, como se le llama, un instigador de guerras, partidario y justificador del genocidio, que proponía lanzar una bomba atómica sobre Gaza. Era un loco —un loco agresivo y perverso—, la encarnación de todo lo que despreciamos y odiamos en el Occidente contemporáneo, en la América contemporánea. Realmente era lo peor de lo peor. Pero si murió de muerte natural, eso sería justicia divina, por supuesto. Aunque es una lástima que nadie de las fuerzas del bien haya realizado esto. Bueno, dejemos todo esto como está.
Sin embargo, quiero destacar precisamente el carácter simbólico de la muerte de esta escoria y la cuestión radica en el contexto: en su último video, donde aparecía sosteniendo un dron con explosivos en Kiev y decía: «Ahora todo esto volará hacia Rusia y los rusos morirán: niños rusos, mujeres rusas, ancianos rusos». Y esas fueron sus últimas palabras. Y le prometió a Zelensky —otro terrorista y extremista— que impondría nuevas sanciones contra Rusia a través del Congreso, que, junto con Blumenthal (otro personaje del mismo calibre), declararía a Rusia como un Estado patrocinador del terrorismo y que invocaría otros castigos terribles contra nosotros. Es decir, en cierto sentido murió en el momento en que pronunció otro discurso atroz en nuestra contra.
Y después de eso, tras su regreso a EEUU, según fuentes de la prensa occidental y de los medios de comunicación ucranianos, los misiles rusos destruyeron esa planta de fabricación de drones, donde se ensamblaban piezas para el «Flamingo», para misiles y otras tecnologías aún más peligrosas; nuestros misiles destruyeron esa planta. Es decir, ya está bien: en esa planta se encontraba un senador estadounidense que nos amenazaba, y tan pronto como salió de allí, fue destruida. Y ningún sistema de defensa aérea ucraniana impidió la destrucción de un objetivo tan importante para nuestros enemigos. ¡Qué contexto simbólico tan maravilloso! Pero eso no es todo.
Y este hombre que nos amenazaba con la muerte, que incitaba a matar a niños rusos y a lucrarse con la muerte de nuestra gente, de nuestros conciudadanos —este monstruo— regresa a EEUU y muere de inmediato. Vivía solo, sin esposa ni hijos; es un verdadero degenerado al que nada le importa, un simple hipócrita y pervertido, un pervertido político, un agresor y un canalla. Y de repente, en medio de todo esto, muere; se lo llevan y se constata una «enfermedad repentina», lo que se conoce como una enfermedad fulminante. La enfermedad es tan repentina que dura solo unos minutos. Y a raíz de esta enfermedad repentina... Algunos blogueros también proponen que llamemos a nuestro cohete «Sudden Illness» —enfermedad repentina—
Y tras esa enfermedad repentina, sobrevive unos minutos, unas horas, y también es destruido. Ya no queda ni la fábrica ni Lindsey Graham. Y este hace parte del campo simbólico. Es sobre este tipo de acciones simbólicas, sobre su interpretación y su énfasis, sobre lo que se ha construido la mayor parte de las campañas en nuestra contra a lo largo de todos estos años. Es decir, en realidad se intenta denigrar, ridiculizar y humillar a Rusia mediante este tipo de campañas simbólicas: algo anda mal con nosotros, aunque sea solo un poquito, y eso en sí mismo se aprovecha para decir que todo esto lo hace Occidente, que todo esto lo hacen los ucranianos y así sucesivamente.
Y desde un punto de vista simbólico, todo el asunto de Lindsey Graham es, sin duda, una gran victoria informativa para Rusia. Tanto para Rusia, Irán y China. Y esto, me parece, es importante resaltarlo. Ahora lo más tonto que podríamos hacer sería decir: «Nosotros no tenemos nada que ver con esto, es que respetábamos mucho a Lindsey Graham... Bueno, claro, dijo de más, pero le expresamos nuestras condolencias y le enviaremos una ofrenda floral». De ninguna manera. En mi opinión, me parece que la postura simbólica más correcta sería: es un perro, merece una muerte de perro. Si un canalla y un enemigo, nuestro enemigo, muere, ¿qué es eso, acaso un motivo para la tristeza? Y además, un enemigo directo que no ocultaba nada. Por lo tanto, no creo que debamos regodearnos, pero esto es parte de la lucha informativa.
Así será con todos. Así será con Mitch McConnell: él también está a punto de caer y hay que decirle: «Ahí tienes lo que te mereces». Así les pasará a todas las personas que humillan a Rusia, que quieren infligirnos una derrota estratégica, que se burlan de nosotros, que sacan provecho de cualquiera de nuestras deficiencias, por pequeñas que sean, que desatan una tormenta mediática para humillarnos, para causarnos daño moral. Debemos responder exactamente de la misma manera, sin temer nada, porque este juego se puede jugar entre dos.
Los medios de comunicación están publicando diversos detalles, incluso sus últimas palabras. Así fue como declaró que no pensaba morir hasta que se impusieran sanciones contra Rusia, literalmente unas horas antes de que ocurriera este suceso. Y aquí también hay una noticia bastante reciente sobre otro senador estadounidense al que también mencionamos: Mitch McConnell afirma que él también tiene asuntos pendientes que debe resolver y que tiene la intención de seguir trabajando, aunque no vaya a asistir al Senado. Es decir, aquí también parece haber cierto simbolismo.
Dugin: Sin duda. Mitch McConnell está ahora en coma. Es el amigo más cercano de Israel, enemigo de Rusia, un rusófobo acérrimo y partidario de las sanciones. Uno ya se fue, pero el otro aún no… Bueno, no importa, ya veremos. Este también es un concepto simbólicamente bueno: cuantos más personas declaren en el futuro que no piensan morir hasta que se imponga otro paquete de sanciones contra Rusia o hasta que Rusia sufra una derrota estratégica, más razones simbólicas tendremos para continuar nuestra guerra.
Quería destacar lo importante que es esta guerra simbólica. El caso es que a muchos les parece que lo principal, al fin y al cabo, se decide hoy y siempre en el campo de batalla, en la economía. Las cifras reales, las pérdidas, el daño estratégico inaceptable, el control del territorio… todo eso es cierto, todo eso es importante. Pero no nos hacemos una idea clara de lo que es el Occidente contemporáneo. El Occidente contemporáneo hace tiempo que pasó de reconocer la realidad de la situación de hecho a la realidad de la situación verbal y textual. Toda la filosofía de la posmodernidad, toda la filosofía de los medios de comunicación contemporáneos, de las guerras contemporáneas, son guerras en red. La misma teoría de las guerras en red, las guerras centradas en la red (network warfare), basada en un aumento grandioso del papel del factor informativo, textual —o, si se quiere, periodístico y descriptivo— en la conducción de las guerras modernas, supone que la realidad pasa a ser secundaria con respecto al discurso, a la narrativa, a la conversación sobre ella. Y por eso es importante decir, es importante contextualizar, es importante crear una imagen, es importante escribir una historia —que tal vez no tenga nada que ver con la realidad—, pero si se hace con acierto, en el momento oportuno, si en ella se entrelazan hechos aislados, aunque estén completamente inconexos entre sí, que se ordenan en una secuencia determinada, eso ya es un éxito colosal.
Esto es lo que quiero destacar: esta guerra simbólica en nuestra contra se ha convertido en una de las principales estrategias de Occidente. De este modo, este discurso, esta narrativa, esta historia de que nosotros somos malos y Occidente es bueno, de que nosotros estamos perdiendo y los ucranianos están ganando, de que nuestro sistema económico y político es malo y, por el contrario, el de nuestros enemigos es bueno y exitoso —todo esto se derrama por miles, millones de pequeños arroyos a través de las redes sociales, a través de los flujos de información, a través de los canales diplomáticos, a través de sistemas estructurados de flujos de información conectados a un solo centro, se derrama incluso en nuestra sociedad. Todo esto se nos mete por dentro, todo esto ya lo estamos transmitiendo nosotros mismos. Y esto es precisamente la victoria en la guerra en la red: cuando, a pesar de toda la valiente resistencia real en el frente, en el frente de lo virtual la guerra puede perderse. Incluso en el caso de que se haya ganado en el plano de la realidad. Se podría decir: «Eso no importa, necesitamos una victoria real». Es cierto, necesitamos una victoria real. Pero el campo virtual también forma parte de las acciones bélicas.
Una vez le hice una pregunta a la inteligencia artificial con este giro tan interesante. Le pregunté: « ¿Y por qué nosotros, los defensores del patriotismo, de la soberanía, de Rusia como Estado-civilización, en 1990 perdimos frente a los liberales y los pro occidentales, quienes, en realidad, impusieron en el país un gobierno externo del que ahora nos estamos librando con tanto esfuerzo?» —.
Y la inteligencia artificial me presentó varios argumentos diferentes. Pero uno de ellos me llamó la atención. Dice que, a pesar de representar a una minoría —una minoría tan insignificante del entorno intelectual urbano pro occidental y, por supuesto, del sistema del crimen organizado y las redes de influencia occidentales—, esa minoría logró, en 1990, apoderarse del campo simbólico y definir el futuro de nuestro país, así como la desintegración de la URSS. Reformas absolutamente devastadoras, la liquidación de la industria, la caída en una dependencia total de las instituciones financieras, económicas e incluso políticas de Occidente: todo eso lo lograron describir como un éxito, como progreso, como desarrollo, como una mejora. Es decir, en esencia, una minoría se apoderó del control del campo simbólico dentro de Rusia y venció a la mayoría, que veía una realidad completamente diferente y no estaba de acuerdo con ello.
Este es un ejemplo muy bueno e importante: en nuestros días, la mayoría que controla la realidad puede perder la guerra si la minoría controla el campo simbólico. He aquí una de las razones de la derrota del movimiento patriótico en 1990, que le costó tan caro al país: no tuvo que ver con nuestras deficiencias reales, ni con nuestro escaso número, ni con nada más, sino con el hecho de que el adversario —es decir, la red de influencia de Occidente— tomó el control, de manera muy hábil y muy eficaz, ni siquiera de la propiedad. Fíjense: esas subastas —todo eso también ocurrió, fue importante—, pero en realidad lo más importante es que se apoderaron del control de la esfera simbólica, de las imágenes, y la moldearon a su conveniencia. Esto fue lo que permitió luego llevar a cabo todas esas subastas, la privatización mediante vales, el colapso del país, y condujo a la aparición de una clase completamente nueva de oligarcas y grandes capitalistas sobre las ruinas, al saqueo de todo el pueblo y a la apropiación de los frutos del trabajo de generaciones enteras de soviéticos. Todo esto fue posible no solo porque fueran económicamente eficientes o porque se hubieran apoderado políticamente del poder, sino porque esta minoría infinitesimal —los antiguos editores de diversas revistas como «Ogonyok», «Moskovskij Komsomolets» y demás, es decir, estos medios liberales y pequeñas empresas—, logró hacerse con el control del campo simbólico. Y fue precisamente esto lo que determinó su victoria y la derrota del gran pueblo en esa guerra civil de 1990.
De ninguna manera debemos repetir esos errores. Se libra contra nosotros una lucha tanto física (en el ámbito de la realidad) como informativa (en el ámbito de los símbolos, en el ámbito de las imágenes). Se trata de una guerra cognitiva. Y existen estrategias enormes, planes y sistemas bien desarrollados, en los que cualquier difusión de información sobre un evento y el ocultamiento de información sobre otro no son acciones fortuitas de periodistas individuales, sino un plan absolutamente coherente para llevar a cabo la guerra. Por eso, el periodismo occidental, la diplomacia occidental y las acciones de diversas fundaciones humanitarias y organizaciones no gubernamentales son dirigidos desde el mismo centro donde predominan los servicios de inteligencia, el Pentágono y quienes planean las operaciones militares. Porque en el mundo actual, llevar a cabo una operación militar o cualquier operación de los servicios de inteligencia sin respaldo informativo simplemente no funciona; de hecho, no significaría nada. Y viceversa.
Dado que el factor informativo en esta guerra —una guerra de imágenes, una guerra cognitiva, una guerra de relatos civilizacionales, de narrativas, en el ámbito educativo, en la ciencia— tiene una importancia enorme, sin su consolidación todo esto carecerá de validez. Es decir, se trata de una guerra sutil, una guerra en el ámbito sutil: en las imágenes, en el ámbito de los símbolos, los pensamientos, las explicaciones y las interpretaciones. Y, a veces, la libertad y la autonomía de este ámbito simbólico son tan grandes que la realidad pasa a un segundo plano. Podemos avanzar, pero la imagen que se transmitirá será como si estuviéramos retrocediendo. Podemos resistir perfectamente el ataque, pero la imagen será que, por el contrario, lo hemos dejado pasar. Y en este sentido, no hay que subestimar el campo simbólico, no hay que reducirlo todo únicamente al hierro fundido y a esos aglomerados materiales tan tangibles y densos a los que estamos acostumbrados. Eso también es importante, nadie lo discute, pero la lucha de ideas, la lucha de imágenes, la lucha de conciencias en nuestra guerra tiene una importancia primordial.
Para eso, entre otras cosas, estamos trabajando nosotros, ustedes y nuestros colegas. Precisamente en relación con las acciones que se están llevando a cabo en nuestra contra en este momento, literalmente hoy, se celebrará en paralelo una reunión de la llamada «coalición de voluntarios». El portavoz del presidente de Rusia, Dmitri Peskov, ya se ha pronunciado sobre esta situación, calificando a estos países de coalición de instigadores de la guerra y afirmando además que no podrán infligirle una derrota estratégica a Rusia. ¿Lo que está sucediendo ahora en París es solo otro episodio más en el proceso o ya nos encontramos en el umbral de ese punto en el que se puede pasar directamente de las palabras «coalición de los que quieren» a las acciones?
Dugin:Creo que la respuesta aquí es inequívoca. En primer lugar, no se trata de palabras, sino de acciones que ya se llevan a cabo desde hace mucho tiempo. La coalición de voluntarios está en guerra con Rusia y el nivel de la escalada no hace más que aumentar constantemente en una sola dirección y de ninguna manera, nunca, bajo ninguna circunstancia, disminuye. El momento en que esto se convierta en ataques sistemáticos de las tropas de la OTAN contra nuestro territorio, contra nuestras tierras, es una cuestión de tiempo, no una cuestión de «si sucederá o no». Se trata de cuándo sucederá.
Y aquí, lamentablemente, en esta guerra de escalada, ocupamos una posición defensiva. Es decir, Occidente —esa coalición de países dispuestos—, Occidente en su conjunto —aumenta el nivel de escalada a su antojo. Si quiere, la intensifica más rápido; si quiere, poco a poco; si quiere, lentamente; si quiere, pone en pausa ciertos momentos. Pero se están preparando para una sola cosa: una guerra plena y en toda regla contra Rusia y para nada más. Aquí la única pregunta es cuándo tendrán la garantía de que será una victoria rápida, arrolladora e irreversible. En cuanto, según su propia percepción, vean que así es, pasarán al siguiente nivel, es decir, al ataque directo. Y se están preparando para atacarnos, no lo ocultan, lo dicen abiertamente y lo harán.
Otra cosa es: ¿qué podemos oponer a esto? Creo (esta es mi perspectiva filosófica) que debemos entrar en este proceso de escalada y elevar el nivel nosotros mismos. La escalada siempre es un juego de subir la apuesta. Si pudiéramos desescalarla, habría que hacerlo, pero no contamos con los instrumentos para ello. Si uno de los dos jugadores solo busca elevar el nivel de la escalada, para lograr que esta cese hay que rendirse (lo cual es inaceptable) o, por el contrario, vencer (lo cual es aceptable, pero entonces hay que sumarse a esa escalada e imponer nuestro modelo al adversario). Por eso creo que solo tenemos una opción. No podemos rendirnos ni tenemos intención de hacerlo, y, de todos modos, ahora no es el momento ni siquiera para pensar en eso.
Por eso creo que debemos involucrarnos con toda seriedad en este proceso de escalada que nos imponen quienes desean nuestra muerte. Por ejemplo, si alguien se dirigía a esa reunión y no llegó... Nosotros no tenemos nada que ver, pero simplemente no llegó —simbólicamente, así fue como sucedió. Fue una casualidad: el tren se descarriló o pasó algo más y así sucesivamente. Es decir, en mi opinión, debemos sumarnos a este proceso de preparación de Occidente para la guerra contra nosotros —en el que Occidente está trabajando activamente en este momento— con el fin de complicar esa preparación. Y complicarla de tal manera que sea una complicación real y no solo declaraciones de nuestros líderes políticos. Estas declaraciones son muy importantes, pero el enemigo se ha dado cuenta de que detrás de ellas —de estas evaluaciones totalmente correctas, acertadas, mesuradas y sensatas— a menudo no sigue nada a nivel externo. O bien sigue algo de lo que no se nos informó, ni se les informó a ellos. O tal vez sí se les informó, pero simplemente lo ocultaron.
Y esto es lo que resulta más importante aquí: en mi opinión, ya pasó el momento de las palabras amenazantes dirigidas al Occidente, que se prepara para la guerra contra nosotros, si tras ellas —tras cada una de esas palabras amenazantes— no sigue nada. Por eso, precisamente aquí, en mi opinión, en este caso, si nos faltan argumentos en el ámbito de la realidad, entonces hay que conseguir esos argumentos —uno o varios— de algún lado. Simplemente los necesitamos ahora, de lo contrario nuestras palabras pierden valor.
Después de todo, sus palabras, las de la coalición de los que así lo desean, se ven respaldadas por el suministro de armamento letal cada vez más intenso y por la autorización para atacar cualquier objetivo interno de Rusia, que Trump, en esencia, le otorgó a Zelensky en la cumbre de la OTAN en Ankara. Es decir, detrás de sus declaraciones hay acciones: nos amenazan y, al mismo tiempo, estas amenazas van acompañadas de hechos concretos. Durante mucho tiempo dijimos: «Sepárense de nosotros de manera pacífica, no tenemos ninguna queja contra ustedes». Ahora hemos comenzado a hablar de manera un poco más adecuada con Occidente, pero por ahora son solo palabras. Pero para Occidente, hace mucho que ya no son solo palabras, son hechos: palabras y hechos.
Y aquí está ese equilibrio entre lo real y lo simbólico, que siempre debe respetarse con mucho tacto: dijimos algo y pasó algo malo; dijimos algo y allí pasó algo malo. Porque cuando ellos dicen algo, nos pasa algo malo a nosotros. Eso es lo que quiero decir. Para nosotros es doloroso, pero creo que no vale la pena discutir estos detalles... En este caso, ya hemos agotado ese discurso, esa narrativa de que somos fuertes, de que estamos preparados, de que vemos cómo quieren infligirnos una derrota estratégica y se están preparando para ello, pero no lo lograrán. Expresamos esa confianza, pero es como hablarle a una pared. Es obvio que esa fórmula simplemente nadie la tomará en cuenta, nadie la reproducirá, nadie la considerará dentro de la coalición de los que quieren, porque es una especie de discurso de rutina, del que no surge nada y ya se han acostumbrado a eso.
Pero en algún momento, cuando algo les salga realmente mal —de verdad mal... Seamos francos: nos están causando cierto daño. Matan a nuestra gente, a nuestros seres queridos; organizan una sucesión interminable de atentados terroristas —muchos los evitamos, pero algunos no logramos detenerlos. Nos atacan desde adentro, intentan paralizar nuestro sector energético. Por supuesto, no logran alcanzar sus objetivos, pero sí consiguen llevar a cabo ciertas acciones dolorosas. Y mientras tanto, viven en su Europa Occidental, aunque son ellos quienes dirigen esos misiles, los proporcionan, los suministran, los acompañan y transmiten la información de inteligencia.
Por ejemplo, el suministro recientemente anunciado de decenas de miles de drones…
Dugin:Sí, ¿y dónde están nuestros suministros a sus enemigos? ¿Dónde están nuestras decenas de miles de drones con Hamás, por ejemplo, con Hezbolá, con los hutíes, con los iraníes? Quizás los haya, pero, en primer lugar, claramente no son decenas de miles, y en segundo lugar, ¿quizás nosotros mismos no tenemos suficientes drones? Esa es otra cuestión. Pero si ellos luchan abiertamente contra nosotros y apoyan directamente, de manera militar, a nuestros enemigos, ¿por qué no hacemos lo mismo con respecto a sus enemigos? ¿Por qué ellos exploran nuestros puntos débiles, atacan allí, mientras que nosotros no exploramos sus puntos débiles, ni mucho menos atacamos allí y decimos que no tenemos nada en contra de ellos? Pero eso no es más que una invitación a que continúen escalando de manera unilateral contra nosotros.
Lo vemos, lo registramos, lo notamos, reaccionamos ante ello. Pero ahora ha llegado el momento de respaldar estas palabras con algo, para que todos entiendan de verdad lo que significa estar en guerra con Rusia. Porque ya sabemos lo que significa estar en guerra con Occidente: eso ya está sucediendo. Se están produciendo y seguirán produciéndose ataques, y ya ahora se informa cada vez con mayor frecuencia no solo de ataques con drones y aeronaves no tripuladas, sino también de bombas aéreas que caen sobre nuestras instalaciones y nuestro territorio. Por lo tanto, aquí, por supuesto, no se trata de Ucrania, y mucho menos de una sola Ucrania: estamos en guerra con Occidente. Hoy estamos en guerra con Occidente, y la coalición de quienes lo desean quiere infligirnos una derrota estratégica.
Bueno, claro, tenemos algunas cartas de triunfo, tal vez para un caso extremo, pero fíjense: ellos también tienen esas cartas, armas nucleares; es decir, ellos también cuentan con esas últimas cartas de triunfo. Pero están tratando de llevar a cabo esta escalada de manera muy, muy gradual y muy poco a poco. Además de estas cartas de juego extremas, tienen muchas otras de nivel medio y nosotros también las tenemos, pero por alguna razón no las ponemos en juego. Creo que la idea de utilizar armas nucleares, tanto estratégicas como tácticas, es precisamente el último recurso; sin embargo, no estamos aprovechando el enorme abanico de posibilidades para asestar golpes muy serios al enemigo. Y ya es hora, en mi opinión, hace mucho que ya es hora. Todo el frente, todo nuestro país, lo pide a gritos.
Y aquí, me parece, esta coalición de interesados sigue su propio camino. Cada una de sus reuniones, cada una de sus próximas acciones tiene su propia lógica. Tienen una hoja de ruta que están siguiendo: es la hoja de ruta de escalada en contra de nosotros. Si se trata de una hoja de ruta hacia la escalada, entonces, de nuestra parte, a cada reunión de esta coalición de voluntarios debemos responder con algo igualmente muy, muy convincente, y mejor aún si es en su territorio. No voy a profundizar más en el tema. Pero quiero resumir: en el proceso de escalada hay que jugar de dos en dos.
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
https://www.multipolarpress.com/p/lindsey-grahams-liquidation-and-the-war-of-symbols?