Alexander Dugin advierte que, sin una verdadera alianza militar, el eje euroasiático seguirá siendo vulnerable, y los limitados ejercicios militares de los BRICS demuestran lo mucho que aún queda por avanzar.
Conversación con Alexandr Dugin en el programa Escalation de Sputnik TV
Alexandr Dugin- Multipolar Press Jul 24, 2026
Presentador: El primer tema y, por supuesto, probablemente el más importante y que más revuelo está causando en este momento, es el reavivado enfrentamiento entre EEUU e Irán, cuya fase más intensa, relativamente hablando, ya lleva 7 u 8 días. Ya no está vigente la tregua temporal que se había firmado. Y en este momento vemos un panorama en el que los países se intercambian ataques, pero de manera bastante moderada, según me parece —quizás me equivoque—. Me gustaría saber qué podemos esperar en el futuro, porque ahora hay dos hipótesis: o bien seguirán disparándose y volverán a establecer una tregua o bien, por el contrario, todo esto conducirá a una escalada aún mayor; mientras tanto, las partes simplemente están a la espera. También hay un informe del Washington Post que indica que, en este momento, tras las pérdidas que sufrieron los EEUU en este enfrentamiento con Irán, están preparando una operación muy poderosa y tratando de asegurar de alguna manera el estrecho de Ormuz para que los barcos puedan pasar sin obstáculos. ¿Qué podemos esperar?
Duguin: Creo que ahora hemos llegado a un punto en el que toda la campaña de relaciones públicas —esas publicaciones de marketing de Trump dirigidas a regular el mercado (en realidad, la bolsa, los índices del Dow Jones y otras instancias) —, en el que las especulaciones, incluidas las económicas, en torno a la guerra han alcanzado su límite. Es decir, ahora la guerra entre USA e Irán ha pasado de la esfera de las declaraciones a la de la realidad. Solo que ahora es de verdad. E Irán ya lo ha estado sintiendo en su propia piel desde hace tiempo: han sufrido enormes pérdidas en el liderazgo del país. Para Irán, todo esto ya es grave desde hace mucho, mientras que para USA todo eran solo artimañas, es decir, todo era un juego. Y ahora acaban de anunciar diecisiete soldados estadounidenses muertos; creo que ya han superado los cien en todo este tiempo, solo que ahora han comenzado a reconocerlo. No se trata de que hayan muerto —murieron antes, y los soldados estadounidenses mueren constantemente en este enfrentamiento con los iraníes—, sino de que son muchos más de los que se reconocen.
Pero el hecho en sí —que han comenzado a reconocerlo— significa que han eludido algún tipo de prohibición. Porque al principio todo era como en un videojuego: presionamos los botones y, al instante, en Irán cambia el liderazgo, ya no hay armas nucleares, ellos van y besan el zapato de Ben-Gvir y de otros racistas radicales como él en Israel y todo vuelve a su lugar, se abren las puertas para el crecimiento desenfrenado de la economía estadounidense y la mundial y Trump es así, el «rey del mundo». Y hasta cierto punto, EEUU intentó aparentar eso. Ya no es posible seguir haciéndolo.
Cuando los iraníes demostraron que son un hueso duro de roer, que son un «Estado-civilización», que son un sujeto en la política mundial y no un objeto, que son un polo de un mundo multipolar —sin menospreciar a todos los demás Estados y sociedades islámicas, que se jactan mucho, se agitan, se golpean el pecho, gritan «Alá es grande», pero en la práctica resultan ser simplemente marionetas lamentables de Occidente e Israel. A pesar de su grandilocuencia y su crueldad, en realidad resultan ser ardillas obedientes. Pero frente a estos «topillos» islámicos, Irán, el Irán verdaderamente chiíta, demuestra lo que significa ser musulmán, ser creyente, ser independiente, ser libre, librar una verdadera guerra santa: la yihad. Sin atacar a los desdichados, a los pobres, a los lamentables, a quienes no pueden defenderse por sí mismos, sino desafiando al verdadero y absoluto mal mundial que representan EEUU e Israel.
Así es como Irán ha demostrado lo que significa ser independiente, ser soberano, ser un verdadero creyente. Y, por supuesto, se trata del despertar del mismo Irán, que también, en general, sin guerra y sin cambios directos en la política de las últimas décadas, se había estancado. Allí también comenzaron a decir: «Bueno, estamos esperando la batalla final, hablamos de eso todo el tiempo, pero no llega y se prolonga». Como en la película «El desierto de Tartari»: esperan la última batalla, la llegada de Gog y Magog, pero estos no llegan y no aparecen y la gente ya empieza a desesperarse frente a su propia fe. Y de repente, esa fe se renovó por completo gracias a la agresión estadounidense-israelí —y ahora Irán es auténtico. Y esta guerra será real, porque Irán ya ha perdido todo lo que podía perder; de aquí en adelante solo puede ganar, defendiendo hasta el último iraní su soberanía, su independencia, su dignidad y su verdadera fe.
Esto, en el marco del islam, es un ejemplo de resistencia increíble y real con la que los estadounidenses no contaban. Pensaban que todo sería una farsa, que sobornarían a la élite iraní, que eliminarían a los disidentes y que en su lugar llegarían personas totalmente complacientes y que todo el ímpetu de la preparación para la batalla final en Irán, que se extendió durante medio siglo a partir de la revolución del ayatolá Jomeini, simplemente se derrumbaría. Pero en realidad no se derrumbó. Y ahora le toca derrumbarse a ese sistema, a esa fuerza que se autoproclamó absolutamente invencible. Y aquí es precisamente donde todo apenas comienza.
Ya están empezando a reconocerlo: entre sus propias Fuerzas Armadas ha fallecido, por cierto, uno de los líderes de la Armada de los EEUU —aunque dicen que, en el transcurso de algún incidente, no precisamente militar, se estrelló en un helicóptero—, pero murió; es la «niebla de la guerra», nadie lo sabe a ciencia cierta... En otras palabras, los estadounidenses están empezando a reconocer que están sufriendo bajas. Los ataques contra las bases estadounidenses en Kuwait, en Bahréin, en Jordania, los ataques constantes contra Israel y el debilitamiento de la base económica y tecnológica de los aliados de EEUU en el Medio Oriente (incluidas las plantas desalinizadoras, contra las que Irán lanzó un ataque) significan que los iraníes lo entienden todo correctamente: o ganan o desaparecerán. No hay lugar para el compromiso.
¿Podríamos hablar un poco aquí sobre el tema del compromiso y el acuerdo? Hay una declaración del ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Abbas Arakchi, quien considera que su país podría poner fin al enfrentamiento militar con USA y pasar a una solución negociada del conflicto cuando obtenga ventaja en el campo de batalla. Es decir, él ve dos opciones: el fin de la guerra mediante una capitulación o la obtención de una ventaja y, a partir de ahí, un posible nuevo acuerdo. Si se expresan desde este punto de vista, resulta que una situación así ya se había presentado antes, pero no surgió gracias a éxitos militares, sino gracias a su acertada táctica económica de bloquear el estrecho de Ormuz, lo que provocó un fuerte descontento en todo el mundo, y USA tuvo que buscar un compromiso para lograr una tregua y, al menos, abastecer un poco el mercado con petróleo. ¿Por qué ahora Irán, por ejemplo, además de cerrar el estrecho de Ormuz, no cierra el estrecho de Bab el-Mandeb para obtener la misma ventaja económica y, tal vez, incluso reforzarla? ¿O por qué no le pide a los yemeníes que lo hagan?
Dugin: Creo que está a punto de suceder: el cierre del estrecho de Bab el Mandeb. Los iraníes lucharán hasta el final, son muy coherentes. E incluso cuando aceptaron negociar con USA la apertura del estrecho de Ormuz, plantearon condiciones muy serias. Y Trump creía que podía engañar a todos, pero es un tramposo, en realidad es simplemente un estafador. Trump es, simple y llanamente, un asesino sucio y agresivo y un estafador que no responde por sus palabras. Y eso lo entienden los iraníes mejor que nadie.
¿Pero es así solo con respecto a Irán? ¿Es exactamente igual con todos?
Dugin: Si es así con unos, también lo es exactamente igual con otros. No nos engañemos: estamos ante un maníaco enloquecido que no cumple ninguna palabra, que cambia constantemente de postura sobre cualquier tema, según la coyuntura del momento —ya sea bursátil o política—. Es un verdadero estafador. Ahora toda América lo maldice y hasta sus propios votantes le dan la espalda. Con él todo está claro: llegó con nobles consignas de lucha contra el «Estado profundo», pero traicionó a todos los que pudo. Es un hombre sin ningún tipo de autoridad en ningún ámbito: los demócratas lo odiaban y lo siguen odiando y ahora incluso su propia base electoral lo desprecia profundamente. Y ni hablar de cómo ve el mundo entero a EEUU: es el fin.
Pero eso no es tan importante como su motivación interna. Llegó con ciertos principios ideológicos que resultaban muy atractivos: valores tradicionales, retorno a la religión, enfoque en los problemas internos, publicación de los archivos de Epstein, arresto de todos los implicados en pedofilia, canibalismo y otras atrocidades cometidas por representantes de la élite estadounidense y europea. Todo eso prometió. Prometió poner fin a las guerras, prometió terminar la guerra en Ucrania. En la sociología estadounidense existe el concepto de «cuarto giro» (fourth turning): los partidarios de Trump identificaban la cuarta etapa del ciclo con la época de Biden y los globalistas y tras la elección de Trump muchos creyeron sinceramente que debía comenzar una «edad de oro». Creyeron que él lucharía para que «Estados Unidos fuera lo primero», para que no existiera el «deep state» —el Estado profundo—.
Traicionó todo y a todos. ¿Y por qué lo hizo? Muchos dicen, como bien señalaste, que está bajo la influencia de Israel, que lo tienen como rehén, que lo chantajean con información comprometedora, ya sea por su propia participación en esas orgías sucias y satánicas de Epstein o de alguna otra manera. Pero eso no importa. Ha perdido por completo su prestigio —en todos los frentes: ante sus socios europeos, ante la población nacional, entre sus propios partidarios y ante el mundo en general. Por eso los iraníes estaban dispuestos a llegar a algún tipo de acuerdo razonable incluso con este maníaco, pero eso es imposible, porque con seres así no se puede llegar a ningún acuerdo. Los iraníes ahora hablan de estar dispuestos a volver a la mesa de negociaciones más bien por formalidad; en realidad, no están preparados para nada. Entienden perfectamente con qué están lidiando. Por eso, la próxima ronda de negociaciones solo será posible cuando los iraníes tengan una posición negociadora aún más sólida.
Cientos de miles, o tal vez decenas de miles, de cadáveres de estadounidenses serán enviados a casa; el bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb por parte de los hutíes; una lucha encarnizada por la zona costera; el corte de los cables de fibra óptica que discurren por el fondo del estrecho de Ormuz; ataques contra la infraestructura económica de vital importancia de los aliados de USA entre los países árabes que se encuentran al alcance de los misiles iraníes. Y ya veremos qué nos depara la próxima ronda.
Usted mencionó decenas, o incluso cientos de miles de cadáveres de estadounidenses que serían repatriados a EEUU ¿Es decir, ya estamos esperando una operación terrestre en toda regla?
Dugin: De eso hablan todos los días.
Decir es una cosa. Pero, ¿qué acciones se tomarán?
Dugin: Por supuesto, no podemos saber con certeza qué pasará. No digo que yo lo vea así, sino que hablo de cómo los iraníes ven su visión del mundo: si la escalada continúa, se mantendrán firmes hasta la muerte. Defenderán cada palmo de tierra iraní. Treinta millones se han inscrito como voluntarios —uno de cada tres en Irán— para defender su patria. Se trata tanto de los partidarios del régimen del Velayat-e Faqih como, por cierto, de la oposición política actual; ante la agresión yanqui-israelí, están unidos. La sociedad iraní está absolutamente unida y llena de determinación para defender su país.
Y aquí no sirven ni los drones ni la economía pura... Miren la geografía de Irán, las montañas del Zagros: son prácticamente infranqueables. Y si comienza una operación terrestre, podría prolongarse durante décadas, lo cual sería fatal para EEUU. Los iraníes resistirán hasta el final. Habrá pérdidas enormes, por supuesto, del lado iraní, pero, en esencia, nadie puede detener esta guerra ahora. Trump no puede detenerla en sus propios términos, porque los iraníes le imponen posiciones muy duras en las negociaciones. Se muestra vacilante, miente, amenaza, insulta a la gente. Se comporta —no hay palabras para describirlo— como un terrorista, como Zelenski. Mires por donde mires, es como si el «Estudio Curto 95º» (1) corriera por las venas: tanto en EEUU como en Ucrania, es el mismo modelo. Mentiras, engaños, crueldad, sadismo. Ningún acuerdo, ninguna realidad: una política absolutamente demencial de maníacos globales. Y ya es imposible decir quién aprendió de quién: si los estadounidenses de los ucranianos o los ucranianos de los estadounidenses, pero ahora se comportan de manera muy similar en la escena mundial. Y los iraníes lo han entendido perfectamente a costa de su propia piel: sus líderes políticos, religiosos, espirituales y militares fueron asesinados a traición sin ningún fundamento, bajo un pretexto falso —exactamente igual que los estadounidenses ocuparon Irak y luego derrocaron a Gadafi en Libia. Esto es una mentira descarada y la puesta en práctica de los planes hegemónicos más crueles.
Por eso, en mi opinión, hay que llegar a la conclusión de que ya no sirven de nada las negociaciones con este poder occidental desmesurado. Son cosas sin valor; lo hemos comprobado con nuestra propia experiencia. Se puede hablar de lo que sea, pero todo sigue igual: el apoyo de Washington a Kiev continúa, todo sigue como antes. Creo que los iraníes nos están dando un ejemplo —a nosotros y a toda la humanidad—. Y a China, sin duda, que es la siguiente. Y la RPDC. Corea del Norte —que, al fin y al cabo, es un país orgulloso y fuerte—, pero es evidente que no podrá resistir por sí sola. Necesitamos construir ese eje euroasiático del que, por cierto, habló recientemente Trump. Al parecer, Trump está recibiendo ahora sus primeras lecciones de geopolítica de sus maestros del bando neoconservador: de repente descubrió la existencia del eje euroasiático, del que forman parte Rusia, Irán, China y la RPDC, que unos agentes sionistas lo habían engañado, y que nosotros somos tan buenos que no le vamos a seguir el juego —se podría decir eso, pero en realidad no lleva a ninguna parte. Sería mucho más realista, sensato y responsable por parte de Rusia prepararse para defender este eje euroasiático. Sí, existe, porque cualquier aspirante a una política soberana, a un mundo multipolar, a la independencia del Hegemón, es enemigo del Hegemón. Trump llegó al poder con la promesa de que acabaría con esa hegemonía global. No solo no la acabó, sino que la potenció. Comenzó a llevar a cabo una política unipolar agresiva con métodos y a una escala que sus predecesores globalistas no se habían atrevido a adoptar. Es decir, llegó en la ola de la lucha contra el globalismo, pero se convirtió en un globalista aún más agresivo y aún más sanguinario.
Es una opinión importante sobre lo que significa, en general, esta preparación. Usted dijo que Rusia debe prepararse para este enfrentamiento. ¿Y cómo exactamente? ¿Qué hay que hacer para ello?
DUGIN: En nuestra conciencia estratégica, en este momento, hay dos componentes. El primero es la fe en que lograremos llegar a un acuerdo con Trump y congelar este conflicto, aunque sea bajo cualquier condición, al menos temporalmente, para obtener un respiro. Pero nunca aprovechamos esas pausas de paz para avanzar: solo en la guerra, solo en condiciones extremas, somos verdaderamente capaces de renovarnos de alguna manera. Ese tiempo que ahora intentamos negociar desesperadamente en las conversaciones, en realidad, incluso nos perjudica.
Y la segunda postura —más responsable, más realista y, en mi opinión, la única adecuada— es que la escalada con Occidente, con USA y la Unión Europea no hará más que intensificarse. Debemos esperar que nuevos actores se sumen a la guerra contra nosotros —por ejemplo, ataques contra Kaliningrado, el bloqueo definitivo de la navegación en el mar Báltico y una gran cantidad de otros ataques, incluyendo los más efectivos y los misiles más potentes, contra los que es difícil defenderse, sobre el territorio de Rusia. Esto ya está sucediendo, y estos ataques, en diversas formas, se vuelven cada vez más frecuentes y dolorosos.
Debemos prepararnos para la escalada que nos están imponiendo y dejar de lado este tema de las negociaciones. Entonces solo nos quedará un plan y no un «plan A» y un «plan B». El primer plan es llegar a un acuerdo; el segundo plan es hacer algo si no logramos llegar a un acuerdo. Y no lograremos llegar a un acuerdo no porque nosotros u Occidente nos comportemos mal de alguna manera, sino precisamente porque, al ver en nosotros este «plan A» (la orientación hacia un acuerdo), Occidente lo interpreta como debilidad. Y eso es todo.
Por cierto, solo lograremos llegar a un acuerdo cuando nos movilicemos de verdad y empecemos a comportarnos de otra manera. Ahora decimos: «Esto es por aquello, esto es por esto». Mientras digamos «por aquello», de inmediato restamos importancia a nuestras acciones. Ahora hay que decir: «Esto se lo damos por adelantado y esto también por adelantado —y no solo en relación con Ucrania, sino también con los aliados de la guerra que nos rodean—, y todo esto se lo damos por adelantado». Es decir, esto no es «por aquello» ni «por esto», sino simplemente por adelantado: «Tómenlo, por favor». Y tan pronto como comencemos a actuar según el «plan B» y nos olvidemos del «plan A», ahí es cuando, en mi opinión, podrán llegar a un acuerdo con nosotros. Ahí está el problema: en cuanto ven nuestra disposición hacia una solución pacífica, no hacen más que presionar. Y solo al ver que presionamos desde nuestro lado, se podrá empezar a hablar de algo con ellos.
Es decir, queda claro que no vale la pena negociar con los estadounidenses ni con Occidente en general. ¿Y qué hay entonces de la cooperación interna entre los países de este mismo eje euroasiático? ¿Por qué no profundizamos nuestra cooperación en el ámbito militar, si todos nosotros —Rusia, China, Corea del Norte e Irán— entendemos perfectamente que nos enfrentamos a Occidente?
DUGIN : Por dos razones. La primera es que cada uno de nosotros —quizás con la excepción de Corea del Norte, que es más perspicaz en términos geopolíticos— considera que es mucho más fácil llegar a un acuerdo con Occidente de manera individual. Es decir: nosotros llegaremos a un acuerdo y que los iraníes y China se las arreglen por su cuenta. China piensa así: que los iraníes y los rusos se enfrenten y nosotros ya veremos después. Y los iraníes, hasta cierto punto, también decían que nosotros tenemos nuestro propio camino, nuestras propias relaciones con Occidente y que los rusos sigan con su operación militar especial en Ucrania. Sí, nos ayudamos mutuamente —nosotros a ellos, ellos a nosotros y también a China—, pero: cada uno va por su cuenta. Esta es la razón del «nacionalismo estrecho», por así decirlo: la gente ignora la geopolítica y las leyes de la historia, prestando atención únicamente a los intereses nacionales del momento en un espíritu de realismo pragmático, a veces incluso traicionando a nuestros aliados en beneficio propio. Bueno, esa es la llamada política de tipo maquiavélico, característica de cualquier país en mayor o menor medida. Es precisamente esto lo que impide el establecimiento verdaderamente de un eje euroasiático, que surge de la lógica de la geopolítica aplicada a las condiciones actuales y de la necesidad de contraponer un mundo multipolar a un mundo unipolar.
Segundo punto: Occidente cuenta con redes de agentes enormes y muy influyentes en los gobiernos de todos estos países, salvo, tal vez, Corea del Norte. Tanto en China como en Irán —hasta el último momento—. Bueno, y nosotros tenemos allí, por supuesto, una «sexta columna»: desde 1990 opera de manera oficial y sin ocultarse en el país y hoy se le conoce como el «partido de la tregua» y así sucesivamente. Estas redes dicen: « ¿Y nosotros qué tenemos que ver con esto? Somos parte de Occidente, nos entenderemos perfectamente con Occidente y solo sufrimos por culpa de nuestros propios radicales y de otros miembros radicales de este eje euroasiático». Aquí dicen: «Sacrifiquemos a China en favor de Occidente, sin hablar ya de Irán con su radicalismo, acerquémonos a Occidente». Lo mismo dicen los iraníes: «Sacrifiquemos a los rusos, en realidad no nos ayudan, solo prometen. ¿Para qué los queremos? Resolvamos el asunto con Occidente». Y los chinos dicen: «Miren, por ahora aún no nos ha tocado el turno, no hay guerra con Taiwán, nos estamos preparando intensamente para ella, aprendemos de los errores ajenos, estudiamos la experiencia de la guerra de nuevo tipo en Ucrania y en el Medio Oriente. Pero cuando nos toque a nosotros, entonces ya veremos. Mientras tanto, no rompamos definitivamente con Occidente».
Y resulta que aquí tanto los soberanistas —una especie de realistas limitados— como los simples agentes de influencia de Occidente actúan al unísono. Intentan relativizar y restar importancia a la necesidad de crear este bloque geopolítico multipolar: el eje euroasiático. Frenan este proceso desde adentro. Y, por supuesto, Occidente hace todo lo posible para que este eje no se concrete. Pero es necesario crearla. De hecho, se está formando por sí sola, pero no gracias a que estemos avanzando activamente. Este eje euroasiático se está formando ahora como una reacción, como una respuesta a los ataques de los globalistas. Es decir, parece que nuestras élites no son capaces de asimilar por sí mismas las verdaderas lecciones de la geopolítica. Me he formado la impresión, tras 40 años de difusión de la geopolítica en nuestra sociedad, de que sí, lo toman en cuenta, pero, dado que «en su propia tierra no hay profetas», todo esto se considera como una especie de lectura opcional —es decir, lo leemos porque es interesante y curioso—. Pero las verdaderas lecciones de geopolítica solo las recibimos del Occidente.
Surge la siguiente pregunta. ¿Significa esto que Rusia, China, Irán y Corea del Norte comenzarán una unión más acelerada y rechazarán las causas que usted mencionó, tratando de erradicarlas? ¿Bajo qué condiciones? ¿Qué debe suceder? ¿Podría ser el catalizador algo realmente grave —por ejemplo, un ataque nuclear contra Irán? Ya hemos hablado de que EEUU podría encontrarse en una situación en la que no le quede más remedio que utilizar armas nucleares. Por cierto, el tema de la posible adquisición de armas nucleares por parte de Arabia Saudita también es sumamente interesante en este contexto, ya que podría afectar a la región. ¿Cree usted que el eje euroasiático solo entrará en acción ante escenarios tan catastróficos o que el catalizador podría no ser tan crítico?
DUGIN: Para ser sincero, me cuesta responder a eso. Solo veo una cosa: aprendemos no de nuestros errores ni a partir de la reflexión, sino a partir de la reacción. Es difícil decir en qué momento pasaremos de los sueños irresponsables de que se puede llegar a un acuerdo con Occidente a la acción directa. Pero solo despertamos cuando ya es imposible seguir durmiendo. Mientras podamos ignorar la realidad, mientras podamos engañarnos con historias de que también formamos parte de la civilización occidental, de que Occidente no es tan malo y de que tenemos raíces comunes, esto seguirá así indefinidamente. Cualquier apelación a la ciencia, la lógica, la historia, la geopolítica y la estrategia desde dentro no surte ningún efecto.
Estas narrativas van acompañadas de procesos materiales y económicos muy serios, pero no somos capaces de actuar de manera activa e iniciativa, por voluntad propia, en el marco euroasiático. Comenzamos a construir este eje, comenzamos a comportarnos como un Estado soberano —esto se aplica tanto a Irán como a nosotros y a China— solo cuando nos llega algo. Ya sea un ataque nuclear, un misil que acabe con toda la cúpula iraní o conspiraciones: recuerden a China, donde seis de los siete líderes militares fueron fusilados. Esto no sucedió por casualidad. China no está preparada, no le gustan las medidas drásticas, lo que significa que la situación con el reclutamiento por parte de los estadounidenses de los líderes militares chinos llegó a un punto crítico, en el que se hizo necesaria su eliminación.
¿Cuándo reaccionaremos, cuando ya sea imposible no reaccionar? ¿Qué debe suceder exactamente para que nos demos cuenta de la necesidad de crear de manera activa, inmediata y ofensiva este eje euroasiático con ejercicios militares conjuntos y ayuda mutua? Necesitamos formar un bloque militar. Occidente busca por todos los medios disuadirnos de ello: dicen que llegarán a acuerdos con los rusos en Anchorage, con los chinos en Pekín, con los iraníes en Suiza —con todos por separado—, con tal de no crear un bloque militar. Esto significa que le tienen miedo y, por lo tanto, estamos obligados a crearlo. Simplemente un bloque militar de Rusia, Irán y China: «sus enemigos son nuestros enemigos», y comenzamos la ayuda mutua. Irán tendrá acceso al Ártico a través del Caspio y nosotros, a los mares cálidos. Podemos resolver un sinfín de problemas estratégicos. ¿Qué nos lo impide? Aquellos para quienes esto es mortalmente peligroso: nuestros enemigos. Y a menudo no los consideramos nuestros enemigos, pensando: «Bueno, para China es importante enfrentarse a EEUU, porque están muy cerca en cuanto a PIB y tecnología», o «Esto lo necesita un Irán radical, pero ¿para qué nos sirve a nosotros tal confrontación?».
Sin embargo, todos nosotros —quienes queremos preservar la soberanía, la dignidad, la cultura, el orgullo, la independencia y la libertad— nos veremos obligados a sumarnos a este eje euroasiático agresivo, yo diría incluso ofensivo. Porque, si no atacamos nosotros, nos atacan a nosotros. El enemigo no entiende otro idioma.
Al mismo tiempo, Occidente actúa con astucia y malicia. El hecho de que USA le esté dando ahora a Arabia Saudita la oportunidad de enriquecer uranio es otro proyecto más dirigido contra Irán. Por otro lado, en Japón se ha empezado a hablar de la posibilidad de adquirir y almacenar armas nucleares y de que el «principio de las tres no nucleares» ya no debería aplicarse. En general, nuestro enfrentamiento con Ucrania también se agravó en gran medida cuando surgieron las conversaciones sobre la posible adquisición de armas nucleares por parte de Kiev; ese fue uno de los problemas clave. Y resulta que todo nuestro entorno se ve afectado de una forma u otra por estos procesos (excepto Corea del Norte). Y surge la pregunta: ¿por qué no podemos actuar de manera similar? Si EEUU está creando indirectamente una amenaza nuclear a nuestro alrededor, ¿por qué no podemos crear una amenaza similar para ellos en respuesta o es que no tenemos esa capacidad?
DUGIN: Tenemos la capacidad, pero nos falta la determinación y la comprensión de la profundidad de los procesos que están ocurriendo en el mundo. En algún momento caímos en una explicación mitológica, banal, trivial, burda y casi ignorante de todos los procesos históricos a través de la economía, el lucro y el comercio. Es decir, si los indicadores crecen, eso significa que a todos les conviene. Pero es una ingenuidad inconcebible, es una idiotez —una idiotez estratégica— medir los procesos históricos y estratégicos con modelos económicos. La economía es importante, pero no determina nada en el mundo. Se adapta a las ideologías y a los intereses. La creencia de que la economía «lo resuelve todo», de que el mercado con su «mano invisible» conducirá a la armonía… no hay nada más temible que esta ideología. Es una construcción falsa, creada especialmente para las colonias, para que estas ayuden en silencio al hegemón y a la metrópoli a crecer a costa de ellas.
Esta idea globalista se nos ha arraigado tanto que un análisis geopolítico riguroso y frío —basado en los mismos principios sobre los que Occidente construye sus estrategias— se percibe como algo secundario. Después de todo, la geopolítica no la inventamos nosotros, la crearon los anglosajones. Mackinder creó los sistemas y el vocabulario. ¿Y en qué consiste el sentido de esta geopolítica? En que la civilización del Mar —anglosajona, liberal-democrática, capitalista— lucha contra la civilización de la Tierra Firme, basada en principios heroicos, en valores tradicionales y en una cultura espiritual particular. Esta guerra es irreconciliable. No puede terminar mientras uno de los participantes siga existiendo en independencia y libertad. De ahí surge directamente la idea de infligirnos una «derrota estratégica». Esto es la geopolítica en acción. Occidente no oculta estos principios; se enseñan en todas las academias. ¿Por qué no los trasladamos a nuestro propio terreno, por qué no aprendemos de lo que está sucediendo, en lugar de limitarnos a reaccionar?
Si nos atacan en «Wildberries», lanzamos un ataque contra Kiev; si atacan la residencia, lanzamos un contraataque. Pero esto parece como si nos hubiéramos escondido y simplemente estuviéramos escupiendo. Necesitamos hacer exactamente lo contrario de lo que ellos hacen. Quieren infligirnos una derrota estratégica para que la Tierra no exista. Queremos existir; por lo tanto, debemos ganar esta guerra contra la civilización del Mar. Y eso es precisamente el Occidente colectivo, incluido Trump. Si él, como prometió inicialmente, hubiera reconocido la multipolaridad y aceptado que Occidente es solo uno de los polos, habría sido otra cosa y habría que haberle dado una oportunidad. Nos comprometimos con eso, creímos en ello. Pero cuando todo se hizo añicos, ya es imposible no darse cuenta: ya no existe ese Trump que se encaminaba al poder, ya no existe «MAGA», ya no hay quienes publican las listas de Epstein ni quienes luchan contra el «Estado profundo». Todas aquellas personas que compartían esa ideología ahora se encuentran en oposición a Trump. Resultó ser un simple engranaje: o bien es su tragedia personal o bien desde el principio no era más que un don nadie y un payaso. Eso ya no importa.
Ahora nos enfrentamos a la geopolítica clásica: o nosotros o ellos. El eje euroasiático es el elemento básico de esa visión de futuro que constituye la esencia de su perspectiva. La lucha contra un posible bloque euroasiático la iniciaron ya 1980. Paul Wolfowitz incorporó en la Doctrina de Seguridad Nacional, ya en la administración de Clinton en 1990, el principio fundamental: impedir la creación en el territorio de Eurasia de un bloque político-militar y económico que pudiera limitar la influencia del Occidente global en esa región. Y ese punto no ha desaparecido, sino que se transmite de una administración a otra.
Me gustaría preguntar: ¿qué importancia tiene en esto la inteligencia artificial y lo que ocurrió en la Conferencia Mundial sobre IA en Shanghái? Si China habla de crear una especie de alianza en el ámbito de la IA, ¿se trata de un paso concreto hacia la unificación del eje euroasiático o es algo diferente?
DUGIN: Creo que, en parte, esto es un paso hacia la unión. Los principios de la geopolítica, contra los que se han pronunciado tantos de nuestros compatriotas —gente buena e inteligente—, son simplemente una locura. No ver lo obvio, no reconocer las leyes de la geopolítica, su poder, al menos el hecho de que Occidente basa todo precisamente en ellas, es algo que hay que reconocer. Si lo hiciéramos, aplicaríamos los principios de la geopolítica, los principios de la civilización de la Tierra Firme y la necesidad de integrar el eje euroasiático en todo: a la alianza militar de la que hablábamos, a la proliferación de armas nucleares —porque la civilización del Mar permite que sus clientes (Israel, Arabia Saudita, tal vez Japón) e incluso Ucrania las tengan, pero a nosotros no—. Por lo tanto, hay que decir: ellos proliferan, distribuyen armas nucleares entre «los suyos», y nosotros las distribuiremos entre «los nuestros». Ellos atacan y mienten; nosotros no creeremos sus mentiras, nos defenderemos y, en ocasiones, llevaremos a cabo acciones preventivas y aplicaremos una política ofensiva. Lo mismo ocurre con la economía: ellos la desarrollan en función de sus propios intereses, mientras que nosotros debemos hacerlo en función de los nuestros, de manera colectiva, junto con otros países del eje euroasiático, incorporando a los países neutrales (para ello, el BRICS es una excelente iniciativa).
Lo mismo ocurre con la inteligencia artificial. La IA es la herramienta más poderosa de las nuevas tecnologías y o bien pertenecerá a la civilización del mar, como ocurre actualmente, o bien intentaremos construir nuestra propia IA continental y terrestre —ruso-china-iraní-coreana— que sea tecnológicamente independiente. Ahora es necesario contar con los servidores adecuados, sistemas de enfriamiento —en lo que China está trabajando activamente— y ciertos algoritmos. Los modelos que desarrolla China se adaptan, se vuelven soberanos, y si les desactivan Grok, ChatGPT, Gemini o Claude, los chinos cuentan con sus propios equivalentes. Actúan así con todos los desarrollos tecnológicos, logrando enormes éxitos y fortaleciendo la soberanía del Estado. Debemos sumarnos a este proceso. De hecho, acabamos de firmar una carta en la conferencia sobre IA, pero lo que necesitamos es precisamente una IA euroasiática. Intento decir eso en cualquier evento serio: todos empezarán a reírse por lo bajo, a mirar al piso o a pensar que han llegado los «propagandistas del Kremlin», que eso es imposible. ¡Que solo hay un progreso, una sociedad, una democracia, un sistema político, un modelo económico —el capitalismo liberal occidental— y nada más!
En realidad, el problema no es la inteligencia artificial, sino la inteligencia natural de nuestras élites. Está infectada por el moho tóxico de la influencia occidentalista. Podemos dar tantas vueltas como queramos a los acuerdos de colaboración con los chinos en materia de IA, pero nada avanzarán mientras en las mentes de nuestros líderes influyentes persista el modelo occidentalista del mundo, la historia, la sociedad, la economía y las tecnologías. Mientras Occidente sea para ellos el «alfa y la omega» del universo, todo estará bloqueado. No construiremos relaciones adecuadas con China y siempre habrá algo que se interponga. No ayudaremos a Irán y esperaremos hasta que —Dios no lo quiera— fracasen y entonces todo lo que se abatió sobre ellos se abatirá sobre nuestras cabezas.
Si no despertamos ahora en todos estos ámbitos, el país necesitará —digámoslo así— un «despertar geopolítico». Se trata precisamente del euroasianismo político, de la toma de conciencia de la civilización de la Tierra Firme, de nuestro destino particular y de la necesidad de defender un mundo multipolar no solo con respuestas reactivas a los desafíos, sino también con acciones proactivas. Debemos marcar nosotros mismos la agenda, crear nosotros mismos los procesos y los acontecimientos ante los cuales Occidente y nuestros enemigos tendrán que buscar respuestas, en lugar de ir constantemente a la zaga de los acontecimientos y actuar de manera reactiva. Esta lección de geopolítica que hoy nos imparte el Occidente en su conjunto, podríamos haberla aprendido por nuestra cuenta, por nuestra propia voluntad, si hubiéramos puesto el esfuerzo necesario. Espero que, después de todo, nos estemos acercando a ese punto de inflexión en el que nos ocuparemos de la geopolítica de verdad, al nivel que corresponde y con un enfoque más serio.
Notas del Traductor:
1. «Estudio Cuarto 95» es una empresa ucraniana dedicada a la producción de contenidos audiovisuales y actividades de conciertos. Fundada en 2003 sobre la base del equipo KVN «95o trimestre». Fue el lugar donde Zelenski se hizo famoso como actor.
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera