Francisco Rilla Brecha 24 julio, 2026
Una tarde de verano, cuando era niño, fui a los bañados de Carrasco a buscar algas y plantas acuáticas para el acuario que tenía en casa. Entre el agua y los juncos apareció ante mí un federal (Amblyramphus holosericeus) en pleno despliegue de alerta. Era la primera vez que veía uno en libertad. Meses después volví y ya no estaba. Con los años, conocí y estudié otros humedales y me maravillé con la biodiversidad que albergan estos ecosistemas. Cualquiera que se haya interesado por la vida silvestre podría contar una anécdota similar. Hoy, la mía, suena más a advertencia que a recuerdo. En los bañados de Carrasco los federales ya no están y, si no se toman medidas efectivas, en poco tiempo tampoco quedará el agua y la vegetación que los sostenía.
Los bañados de Carrasco son un humedal de entre 1.100 y 1.300 hectáreas1 que se extiende entre Montevideo y Canelones, atravesado por los arroyos Toledo y Manga, y varias cañadas afluentes. Es uno de los últimos grandes reservorios de agua y vida que rodean el área metropolitana, dentro de una cuenca de unas 20.500 hectáreas de la que dependen, directa o indirectamente, más de 256 mil personas.2
Desde 2025, la empresa Bislun SAS impulsa un proyecto inmobiliario que, según su informe técnico más reciente –de octubre de 2025–, ocupa 228 hectáreas sobre el borde occidental del bañado, entre la avenida Punta de Rieles y Camino Dionisios: el doble de la superficie de Ciudad Vieja.
Es un emprendimiento de gran escala; una inversión estimada en 1.248 millones de dólares a 15 años, con cerca de 3 mil viviendas entre edificios bajos, casas agrupadas y chacras, a las que se suman comercios, un centro cultural, un centro cívico, un colegio, una iglesia y un observatorio que ocuparán el 55 por ciento del predio. El resto se presenta como espacios comunes, lagunas y un «parque lineal» que separaría el barrio del humedal (El Observador, 30-VI-26).
La empresa proyecta, además, una recaudación fiscal de decenas de millones de dólares y más de mil empleos directos durante la obra: cifras que pesan en el debate público, pero que no deberían anteponerse a la evaluación ambiental. El barrio no sería cerrado –Montevideo no los habilita–, pero eso no modifica la escala de su huella sobre un ecosistema frágil.
El trámite ya está en la junta departamental de la capital, que debe decidir primero si declara de interés para el departamento el cambio de categoría del suelo –de rural natural a urbano o suburbano– y recién después si habilita los estudios ambientales y urbanísticos completos.
Vecinos, académicos del Programa Integral Metropolitano (PIM) de la Universidad de la República (Udelar) y organizaciones sociales vienen advirtiendo que el proceso avanza sin esos estudios y sin instancias reales de participación ciudadana.
Y el reclamo más urgente es que ningún cambio de categoría de suelo, ninguna autorización, se apruebe antes de que existan estudios de impacto ambiental completos que evalúen no solo el predio a urbanizar, sino la cuenca entera del arroyo Carrasco. Evaluar 228 hectáreas de forma aislada, cuando el sistema hídrico que las sostiene abarca miles de hectáreas más, es una simplificación que el humedal no puede permitirse.
COMPROMISOS QUE URUGUAY YA ASUMIÓ
Los bañados de Carrasco no integran la lista de sitios Ramsar, pero eso no exime al país de sus obligaciones. La Convención Ramsar sobre los Humedales entró en vigor para Uruguay en 1984, además, es parte de la Convención sobre la Conservación de las Especies Migratorias (CMS, por sus siglas en inglés, o Convenio de Bonn) y de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Y hay una omisión reciente que pesa: en noviembre de 2025, el Ministerio de Ambiente aprobó, por decreto, un listado de humedales de importancia ambiental para el país. Los bañados de Carrasco habían sido incluidos en las audiencias públicas previas, pero quedaron fuera del listado final sin que se haya explicado oficialmente por qué (véase «El descarte», Brecha, 10-VII-26).
Adicionalmente, en 2022 Uruguay también aprobó el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, que fija como meta para 2030 restaurar al menos el 30 por ciento de los ecosistemas degradados del planeta y conservar al menos el 30 por ciento de sus tierras y aguas.
Ninguno de esos compromisos exige que un humedal tenga un sello internacional para merecer protección: alcanzan a todos los humedales del país, sean o no sitios designados. Cabe mencionar, además, que no es solo una cuestión de biodiversidad. Los humedales sanos mejoran la productividad agrícola, sostienen la pesca, ofrecen oportunidades de ecoturismo y son parte del patrimonio y los modos de vida de las comunidades que los rodean.3 Cuidarlos no es solo una obligación ambiental: es también una apuesta económica y social de largo plazo.
CONECTIVIDAD ECOLÓGICA, NO ISLAS VERDES
La CMS define la conectividad ecológica como el desplazamiento sin obstáculos de las especies y la conexión de los hábitats sin impedimentos. No es un concepto abstracto: es lo que permite que una especie migratoria encuentre alimento y refugio en cada etapa de su recorrido, y lo que sostiene funciones tan concretas como la hidrología de una cuenca, el ciclo de nutrientes o la dispersión de semillas.
Los bañados de Carrasco no son un paisaje aislado. Son parte de una red de humedales de la región que sostiene rutas migratorias documentadas en el Atlas de las Rutas Migratorias de las Américas.4 Fragmentar ese sistema con un desarrollo urbano de esta magnitud no afecta solo 228 hectáreas: interrumpe corredores que conectan a estos humedales con otros del litoral y de la cuenca del Plata. Es exactamente el tipo de fragmentación de hábitat que los propios acuerdos internacionales que Uruguay suscribió identifican como una de las principales causas de pérdida de biodiversidad en el mundo.
RESTAURAR NO ES «LLENAR DE AGUA»
En este debate suele confundirse qué significa restaurar un humedal. No consiste en llenarlo de agua y esperar que la vegetación aparezca. Un ecosistema de humedal es el resultado de procesos evolutivos, hidrológicos y biogeoquímicos que llevaron milenios en formarse: suelos específicos, comunidades de invertebrados, redes tróficas y ciclos de nutrientes que no se recrean con una topadora y una promesa de «área verde»
La ya citada Convención de Ramsar advierte que, una vez degradados, estos ecosistemas son costosos y difíciles de restaurar, y que la prevención es siempre más eficaz y más económica que la restauración posterior.
EL «ECOPARQUE» NO ES UNA MEDIDA DE MITIGACIÓN
En el proyecto de Bislun se anuncia la creación de un «ecoparque metropolitano» o «ecoparque lineal» en el borde del bañado, junto con un observatorio, como medidas de mitigación. El planteo no resiste el análisis. Según especialistas de la Udelar, en los bañados de Carrasco se han registrado al menos 83 especies de aves que, de avanzar la urbanización, tendrían que desplazarse o simplemente desaparecer.
Un parque perimetral no reemplaza la dinámica hidrológica de un humedal activo y mucho menos restituye la conectividad que la urbanización interrumpe: contribuye, como máximo, a paliar el impacto dentro del predio, pero no evita que se generen peores efectos aguas abajo, en el resto de la cuenca.
¿Qué aves vamos a poder avistar desde un observatorio si antes alteramos el pulso de agua, los niveles y los ciclos de inundación y sequía de los que esas mismas aves dependen para alimentarse, descansar en sus rutas migratorias o reproducirse? Un observatorio sin humedal funcional es una foto del paisaje, no una medida de conservación. El prefijo eco- no cumple, por sí solo, con ninguna promesa de conservación.
EL PAISAJE, LA ESPONJA Y EL REFUGIO FRENTE AL AGUA
Más allá de la biodiversidad, los bañados de Carrasco cumplen una función que ya pagamos caro cuando falta. Actúan como esponja natural, absorbiendo las lluvias y amortiguando crecidas en todo el trayecto del arroyo Carrasco hacia el Río de la Plata.
Especialistas del PIM advierten que la urbanización se ubicaría en la zona media de la cuenca, cerca del arroyo Manga, mientras que el mayor riesgo de inundación recaería sobre la zona baja de Camino Carrasco y Paso Carrasco, y sobre asentamientos como Nueva España, donde los vecinos ya conviven con anegamientos frecuentes (El Observador, 23-VI-26). Urbanizar la zona media sin resolver qué pasa aguas abajo traslada el problema a quienes menos herramientas tienen para afrontarlo.
A su vez, fragmentar la continuidad ecológica del paisaje con avenidas, loteos y cercos de vegetación no nativa no solo reduce el hábitat disponible, sino que degrada la función de amortiguación de la que depende buena parte del este de Montevideo y el oeste de Canelones.
SUMIDEROS DE CARBONO, NO DE PLÁSTICO
Los humedales están entre los ecosistemas más eficientes del planeta para capturar y almacenar carbono. Convertir parte de ellos en infraestructura urbana no solo libera ese carbono acumulado, sino que reduce la capacidad futura de captura. Hay, además, una amenaza más silenciosa. Los bañados de Carrasco ya arrastran contaminación histórica de industrias instaladas en sus orillas desde mediados del siglo pasado. Que un ecosistema capaz de secuestrar carbono termine, en cambio, recibiendo plásticos y residuos urbanos es una contradicción que ninguna urbanización «sostenible» puede maquillar con un parque lineal.
LO QUE DICE DE NOSOTROS CÓMO DECIDAMOS
La forma en que un país trata a sus últimos humedales metropolitanos no es un dato técnico menor: es una medida de su cultura. Priorizar la especulación inmobiliaria de corto plazo por sobre un ecosistema que tardó milenios en formarse y presta servicios que no se compran dice tanto de nosotros como cualquier otra política pública.
Vecinos de la zona ya advierten, además, sobre otro riesgo: que instalar un barrio de alto poder adquisitivo junto a asentamientos populares termine encareciendo el costo de vida y desplazando a quienes viven ahí hace generaciones. Conservar y manejar la naturaleza con base científica y criterios sostenibles no es un lujo estético, es una decisión sobre qué país queremos ser cuando el corto plazo deja de ser el único criterio.
LA CONTRADICCIÓN DEL AGUA
Uruguay, como buena parte de la región, atraviesa una crisis hídrica que se agravó en 2023 y volvió a manifestarse entre fines de 2025 y mediados de 2026, con las reservas de Paso Severino en niveles críticos. La respuesta estructural en marcha es la represa de Casupá, un embalse artificial de gran escala entre Florida y Lavalleja, con una inversión superior a los 130 millones de dólares.
Mientras el país invierte en crear nuevos cuerpos de agua artificiales para asegurar el suministro, permite al mismo tiempo que se degrade uno de los humedales naturales que ya cumple, gratis, buena parte de esa función de regulación hídrica para el área metropolitana. ¿No sería más sensato, antes de multiplicar la infraestructura artificial, invertir en purificar, sanear y proteger los cuerpos de agua que ya alojan estos ecosistemas de humedales tan valiosos?
¿QUÉ SE REQUIERE PARA ARMONIZAR DESARROLLO Y CONSERVACIÓN?
No se trata de frenar toda inversión ni de negar el desarrollo. Se trata de exigir que, antes de cualquier aprobación –antes de declarar el interés departamental, antes de cambiar la categoría del suelo–, se agoten y se actualicen los inventarios y los estudios de impacto ambiental, hidrológico y socioterritorial a escala de toda la cuenca, con participación real de quienes habitan el territorio.
Vale la pena decir esto con toda claridad: ese estudio de impacto ambiental es imprescindible, pero conviene no perder de vista sus límites. En Uruguay, la evaluación es encargada y pagada por el propio proyecto que busca ser aprobado, no por un equipo independiente, lo que introduce de entrada un interés y un sesgo estructurales.
La participación ciudadana que prevé la ley no puede modificar ni detener el proyecto si el gobierno no lo decide, porque no es vinculante. Y las audiencias públicas son, por diseño, informativas: la autoridad escucha, pero no está jurídicamente obligada ni a corregir ni a rechazar lo que se le presente. Exigir el estudio es necesario, pero no ingenuo: hay que exigir, además, que sus resultados puedan realmente intervenir en una decisión.
Cualquier medida de mitigación que se proponga –parques lineales, ecoparques, observatorios– debería evaluarse por su capacidad real de conservar la conectividad ecológica del humedal y no por lo bien que suene su nombre.
Debemos exigir que los bañados de Carrasco vuelvan a integrar el listado de humedales de importancia ambiental del que fueron excluidos en noviembre de 2025, sin que hasta hoy se haya dado una explicación oficial.
Los bañados de Carrasco no van a tener una segunda oportunidad. El federal que observé de niño por supuesto que ya no está allí. Sin embargo, los uruguayos estamos todavía a tiempo de que no seamos nosotros quienes decidamos que la vida silvestre y la magia del bañado en su conjunto tampoco lo estén, dentro de unos pocos años, para nadie más.
(Francisco Rilla. Biólogo uruguayo especializado en la conservación de humedales y aves migratorias. Actualmente reside en Alemania, donde está vinculado a diversos proyectos internacionales de investigación y protección de estos ecosistemas)
1. «Rincón del Bañado», en sitio web del Municipio F, Intendencia de Montevideo.
2. Cifras del Instituto Nacional de Estadística. «Por la protección de los bañados de Carrasco», en el sitio web de FUCVAM.
3. Convención sobre los Humedales, Perspectiva Mundial sobre los Humedales 2025: valorar, conservar, restaurar y financiar los humedales, Gland (Suiza), 2025.
4. CMS, «Atlas para las Rutas Migratorias de América» («Atlas for the Americas Flyways»), lanzado en la COP15, marzo de 2026.
El País reconstruyó cómo se originó el proyecto en el último pulmón verde en el noreste de Montevideo. Y recorrió una zona de valor ambiental entre la usina de basura y la cárcel de Punta del Rieles
Sebastián Cabrera y Karen Parentelli 2 agosto, 2026 El País Uruguay
Francisco Rodríguez Pitt vive de este lado del Río de la Plata desde hace casi 15 años, cuando llegó atraído por un negocio agropecuario. Argentino y de 42 años, crió acá a sus hijos y vive en Carrasco. Hace ya unos cuantos años es uno de los socios de Edílica, una empresa que en su cuenta de Instagram se presenta así: “Detectamos oportunidades, gestionamos inversiones y planificamos desarrollos de alto nivel”. No ha sido uno de esos empresarios de alto perfil público. Hasta ahora, claro: hace unos días visitó la Junta Departamental de Montevideo para buscar el aval a una propuesta que en las últimas semanas ha generado polémica con vecinos, parte de la academia e incluso en la interna del partido de gobierno: un megaproyecto de 228 hectáreas que incluiría un nuevo barrio al lado de los bañados de Carrasco, el último gran pulmón verde en el noreste de Montevideo y en el límite con Canelones, en medio de una zona que con el tiempo ha quedado aislada de parte de la ciudad, entre la usina de basura de Felipe Cardoso, la cárcel de Punta de Rieles, un par de asentamientos y el aeropuerto de Carrasco.
El proyecto incluye un parque lineal abierto al público, un centro cívico, áreas comerciales y 3.000 viviendas en una zona de alto valor ambiental que sus impulsores dicen que mantendrán y mejorarán (lo cual es visto con profunda desconfianza por algunos actores, pero parece haber encontrado impresiones positivas y un primer respaldo en la Intendencia de Montevideo). Todo al lado de estos bañados que, según publicó el semanario Brecha, han sido quitados por el Ministerio de Ambiente de la lista de “humedales de importancia ambiental”. Sin embargo, el ministro Edgardo Ortuño dijo a El País que la cartera decidió darse “más tiempo” para estudiar el tema en un grupo de trabajo y que eso “no supone ni supuso la decisión de excluir los bañados de Carrasco de medidas de protección”. De hecho, Ortuño adelantó que habrá “medidas de protección establecidas por decreto”.
Pero el tema no tendría la relevancia que tiene si no estuviera atrás un peso pesado: Eduardo Costantini.
—Lo llamé y vino -suele contar Rodríguez Pitt, cuando le preguntan por el interés del millonario empresario argentino, con su empresa desarrolladora Consultatio, que creó Nordelta en Buenos Aires y en Uruguay el complejo residencial Las Garzas cerca de José Ignacio.
Se conocieron hace no tanto en una comida e intercambiaron teléfonos. Tiempo después de aquel contacto, Rodríguez vio una oportunidad que pensó podía interesarle a Costantini, según pudo reconstruir El País. Hablaron hace dos años y, para su sorpresa, el presidente del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) le dijo que sí.
—Mirá, esto está bárbaro. Es una tierra virgen, alta, muy alta, con una vista sobre un bañado muy lindo, hoy muy amenazado y deteriorado -vendió Rodríguez Pitt.
Él había conocido esa “tierra virgen” a través de un amigo que era cuidador de parte de ella desde inicios de los años 2000.
—Ojo, a mí edad yo puedo entrar sólo para hacer cosas lindas —le respondió Costantini—. No para ganar más plata.
—Tenemos una cruzada muy grande por delante.
Rodríguez Pitt lo tomó como una condición y así nació Bislun S.A.S, la sociedad atrás de este megaproyecto y que tiene entre sus accionistas a uruguayos que son dueños de los terrenos en cuestión.
En enero pasado, cuando participó del evento “¿Y ahora qué? Perspectivas 2026” que realizó El País junto a Enjoy Punta del Este, Costantini dijo que le tiene “mucha fe” a la iniciativa “por la ubicación, escala y concepción integral”.
Camino desde el humedal
Para llegar a los Bañados de Carrasco hay que ir hasta el último extremo verde del mapa en el noreste de Montevideo. Hoy el camino empieza junto a la usina de Felipe Cardoso y, desde los primeros metros, la basura marca el paisaje. Un curso de agua avanza cerca de las montañas de desechos industriales. En su pequeño caudal van restos de ranchos -pedazos de chapa, restos de piso- que alguna vez formaron parte de un hogar, materiales que ya no tienen valor para el reciclaje y bolsas de residuos que la corriente fue atrapando entre la vegetación. Por el camino pasan camiones cargados de basura mientras varios hombres empujan carros repletos de materiales recuperados y otros llevan bultos sobre los hombros. A pocos metros, un pequeño asentamiento sobrevive entre ese movimiento constante. La ropa de niños cuelga de improvisados tendederos y perros viejos descansan junto a las viviendas, en un lugar donde las carencias se acumulan con la misma facilidad que los residuos.
Estar en el punto donde Montevideo concentra la mayor parte de su basura deja marcas imposibles de ignorar. El olor a plástico y cables quemados anticipa los focos donde recicladores informales queman materiales para recuperar metales. Columnas de humo aparecen de tanto en tanto, mientras, del otro lado del predio cercado, el ruido incesante de las máquinas de la Intendencia de Montevideo recuerda que la gestión formal de los residuos convive, tejidos de por medio, con un circuito informal.
Unos pocos kilómetros después, el paisaje cambia. Surgen los altos muros de la cárcel de Punta de Rieles, iluminados y coronados por alambrados, construidos bajo la lógica de la seguridad. El complejo penitenciario, que acaba de ampliar su capacidad con una nueva unidad destinada a mujeres, marca también el límite físico de donde comenzará el proyecto inmobiliario. Desde ese predio sale un curso de agua que recibe efluentes del establecimiento antes de continuar su recorrido hacia los bañados. Detrás de ese límite solo dividido por la avenida Punta de Rieles y una tímida cortina de árboles plantados para proteger un viñedo, se extienden las 228 hectáreas donde se proyecta el emprendimiento.
Y, como por arte de magia, el paisaje vuelve a cambiar.
Ya cerca del bañado, la calle pública -camino Dionisos- termina y da paso a un sendero angosto que se abre entre el monte nativo. Talas, espinillos, ceibos y algunos ombúes se elevan sobre un sotobosque de juncos y pajonales, formando un corredor verde que aísla el lugar del movimiento de la ciudad. Entramos en un entorno natural casi oculto, que buena parte de los montevideanos ignoran.
El ruido de los camiones se desvanece. En el barro quedan marcadas huellas que revelan que ese camino no es solo de las personas: lo recorren los animales que encuentran refugio en el humedal.
El silencio dura poco. Porque pegado hay un complejo de canchas de rugby y fútbol.
Pero, en un día húmedo de invierno, también se escucha el grito áspero y potente de los chajás, que llega a varios kilómetros y parece funcionar como una alarma natural para todo el bañado. De plumaje gris y patas largas, estas aves viven en parejas durante toda su vida y son una de las especies más características de los humedales uruguayos. Su presencia anuncia que el ecosistema sigue vivo. Ese sendero conduce al corazón de los Bañados de Carrasco, uno de los humedales más importantes de Montevideo. Dentro del Municipio F, este ecosistema de unas 1.300 hectáreas forma parte de la cuenca del arroyo Carrasco, alberga decenas de especies de flora y fauna y cumple un papel clave en la regulación del agua. Esa riqueza ambiental es la que llevó a Diana Pampillón y Mariela del Bono a convertirse en referentes del Colectivo en Defensa de los Bañados de Carrasco, surgido para intentar frenar el proyecto inmobiliario previsto para la zona y reclamar que el humedal vuelva a integrar la lista de áreas prioritarias para la conservación.
Para ellas, el error es mirar únicamente las hectáreas donde se proyecta construir viviendas. “El humedal no es solo el espejo de agua que se ve. Es un sistema donde interactúan cursos de agua, monte, campos y barrios”, dice Del Bono, quien oficia de guía por la zona. Por eso sostienen que urbanizar esa área alteraría el funcionamiento de toda la cuenca. Aunque reconocen que el bañado ya enfrenta problemas por la contaminación y aguas servidas, rechazan que un desarrollo inmobiliario sea la solución. “El bañado ya está impactado, claro que sí. Lo que no creemos es que construir 3.000 viviendas vaya a resolver esos problemas”, afirma Del Bono.
Marcelo Pérez, doctor en Estudios Urbanos e integrante del Programa Integral Metropolitano de la Udelar, dice que la discusión no debería limitarse al proyecto inmobiliario, sino al cambio de suelo rural a urbano y sus impactos sobre la cuenca. “No tiene sentido seguir extendiendo la mancha urbana, rompiendo un área buffer, o zona de amortiguamiento. Esos espacios que parecen vacíos cumplen una función ambiental: protegen la biodiversidad y la cuenca hídrica. Hay que definir hasta dónde llega la ciudad y cuidar esos límites”.
Primera Etapa: IMM pide a la Junta cambiar suelo de rural a Urbano
La Intendencia de Montevideo solicitó a la Junta Departamental la declaración de interés departamental para iniciar el proceso del Programa de Actuación Integrada (PAI) Complementario en los Bañados de Carrasco. La solicitud es necesaria porque las 228 hectáreas involucradas están hoy clasificadas como suelo rural y no cuentan con el atributo de “potencialmente transformable”, es decir, no podrían ser urbanas. La declaración permitiría avanzar con los estudios técnicos y ambientales que definirán si corresponde modificar la categoría del suelo. La junta interviene en dos etapas: primero, para autorizar la declaración de interés departamental y luego, al final del proceso, para aprobar o rechazar mediante un decreto departamental la transformación del suelo, una vez cumplidas las instancias de evaluación ambiental, informes técnicos, audiencia pública y demás requisitos.
La Comisión de Planeamiento Urbano de la junta recibió el proyecto presentado por el Gabinete Territorial. En la instancia participaron representantes de la empresa promotora, integrantes de la Universidad de la República y grupos de vecinos que se oponen al desarrollo. Los ediles cuestionaron la expansión urbana hacia esa zona, la posible especulación privada y la falta de definiciones sobre las contrapartidas.
El director de Desarrollo Ambiental, Leonardo Herou, señaló que la comuna trabaja en una estrategia de protección de los humedales y destacó la importancia de los Bañados de Carrasco como un ecosistema clave.
Herou remarcó que el objetivo es avanzar en la recuperación y restauración de los bañados, un ecosistema que ha sufrido impactos durante décadas, y que cualquier proyecto en el área deberá ajustarse a las exigencias de protección ambiental.
Los detalles del proyecto
La iniciativa prevé urbanizar unas 120 hectáreas para construir viviendas (el “área vendible”), aunque el predio total incluye 228 hectáreas, el equivalente a dos Ciudad Vieja. Hasta el momento, según supo El País, el grupo inversor ya compró 188 hectáreas y espera que la junta departamental apruebe el cambio de categoría de suelo, de rural a urbano. El proyecto técnico presentado ante la junta departamental fue desarrollado por el arquitecto Federico Bervejillo, catedrático de Urbanismo, Ambiente y Paisaje de la Universidad ORT y director de Ordenamiento Territorial durante el gobierno de Jorge Batlle entre 2002 y 2005. Además, trabajó el estudio Gómez Platero, GEA Consultores Ambientales e Istec Ingeniería.
La propuesta contempla una inversión directa de 214 millones de dólares destinada a la urbanización, que se desarrollaría en un plazo estimado de 15 años. Pero la presentación realizada ante los ediles dice que la inversión total se estima en 1.250 millones, contemplando las construcciones de las viviendas.
Rodríguez Pitt dice a quien quiera escuchar que este no será un barrio cerrado y que incluso ingresará el transporte público. De hecho, la normativa departamental, a diferencia de lo que sucede en Canelones y otros departamentos, prohíbe los barrios privados. De todos modos, hay experiencias de barrios montevideanos cerca de Camino Carrasco, donde -si bien son calles públicas- el régimen es casi cerrado por la seguridad existente. Hecha la ley, hecha la trampa.
¿El proyecto de Bañados de Carrasco tendrá esas mismas características? Los promotores dicen que, si bien la seguridad será clave para que los que vivan ahí “estén tranquilos”, la apuesta es dejar abierta la zona a la ciudad y que la idea es que haya una integración público-privada mucho más activa que en esos barrios mencionados.
En la presentación ante la junta se dijo que “el Bañado de Carrasco hoy permanece degradado y parcialmente fuera del imaginario cotidiano de la ciudad”. Se planteó un parque lineal de tres kilómetros abierto al público “para que la gente vaya a pasear” con centros de descanso e interpretación, vegetación, miradores y un centro cívico en el corazón del proyecto, “no en una esquina”, generando “un nuevo espacio verde” para Montevideo. “No estamos aislando”, dicen, “queremos juntar el norte y el sur de la ciudad”. Pero también que “una cosa es que sea público y otra que no haya seguridad”, “podés no tener pinchos en las rejas pero sí llenarlo de cámaras”.
—¿Quién pierde? ¿Quién sale damnificado? -suele preguntar Rodríguez Pitt cuando presenta el proyecto y dice que el barrio ayudará a la recuperación ambiental del bañado.
La red de saneamiento estará conectada a la red general de la ciudad (a diferencia de lo que obviamente pasa en los asentamientos cercanos), se respetará la “línea de máxima inundación en 100 años” así como el bosque existente. Además, hay un plan de mejora de la calidad del agua del arroyo Chacarita, que nace en Piedras Blancas y es el más contaminado de la cuenca por residuos sólidos, efluentes domésticos e industriales.
Todo queda, claro está, condicionado a la aprobación de la junta departamental y de la Intendencia de Montevideo. “Va a pasar por un filtro de dos años de trabajo. La intendencia dirá esto sí, esto no”, dicen en el grupo inversor y recuerdan que lo que está a consideración de la junta es la voluntad de estudio del proyecto. Si la junta departamental vota afirmativo (y en esto parece que hay más dudas en el oficialismo que en la oposición), empezará un proceso de análisis de los informes desarrollados.
En una visión optimista y si todo sale bien para la empresa, se estima que pasarán por lo menos tres o cuatro años para poder empezar a vender.
Pero la discusión recién empezó y parece que excede a Bañados de Carrasco. El debate de fondo, quizás, es qué modelo de ciudad se quiere construir. Marcelo Pérez, el investigador del Programa Integral Metropolitano, lo resume así: el ordenamiento territorial tiene que mirar el conjunto porque “si cada emprendimiento consigue cambiar el uso del suelo por separado, se pierde la capacidad del Estado de planificar la ciudad”.
Las críticas al proyecto a estudio: Academias y Vecinos
El Colectivo en Defensa de los Bañados de Carrasco advirtió sobre los impactos del proyecto en el ecosistema. “Es una cadena de acontecimientos: cambian las aves, los insectos y todo el equilibrio del ecosistema”, señala Mariela del Bono, al referirse al efecto de mayor actividad humana. Diana Pampillón, otra vecina, agrega que implicaría un aumento significativo de la circulación: “Van a ser entre 3.000 y 6.000 vehículos”. El colectivo también alerta que el proyecto podría afectar la biodiversidad del bañado, desplazando especies actuales: desde aves que cazan de noche hasta pequeños organismos que ayudan a controlar los mosquitos.
Además de las objeciones ambientales, los vecinos cuestionan el modelo de ciudad que, a su entender, promueve el emprendimiento. Señalan que la propuesta se apoya en la idea de vivir rodeado de naturaleza y con servicios propios -amenities-, pero advierten que ese modelo también promueve formas de habitar más aisladas, basadas en la búsqueda de seguridad y el cierre hacia el entorno. Por eso plantean reparos por el posible aumento de la segregación urbana. “No van a salir por Punta de Rieles; van a salir por Carrasco”, afirma Del Bono.
Desde la Universidad de la República, Marcelo Pérez, doctor en Estudios Urbanos e integrante del Programa Integral Metropolitano, acompaña el trabajo del colectivo. Para el investigador “el deterioro actual del bañado está vinculado al abandono del Estado y a la falta de regulación de las actividades, no a que el ecosistema haya perdido su importancia”.
Pérez también cuestiona la expansión urbana sin una justificación demográfica. “No hay un crecimiento de población que lo requiera; al contrario, hay viviendas vacías”, afirma.
Para el científico, “hay una mercantilización de la naturaleza: el humedal pasa a ser un atributo para vender un estilo de vida, pero eso no necesariamente implica conservar el ecosistema”, afirma. Según dice, muchas veces se construye una “naturaleza” artificial con parques y especies ornamentales que sustituyen a los ambientes existentes.