28.MAY.18 | Posta Porteña 1911

Las Pruebas del Fuego

Por AMODIO

 

Araíz de la publicación por posta porteña del reportaje que Hugo Fontana le hiciera a Cámpora en noviembre del 2006 para El Observador, me interesé por el libro Las manos en el fuego, de Ernesto González Bermejo, en el que Cámpora es el protagonista principal. El libro fue publicado en 1985 y Cámpora había sido liberado en diciembre de 1980.

Considero este libro como un testimonio claro, alejado del tono victimista y/o triunfalista con que se han narrado otras historias, y que muestra a un Cámpora como ser humano que en los años que mediaron entre 1980 y el final de la dictadura va sufriendo una transformación que lo aleja del falso cliché con que otros tupamaros, el Ñato fundamentalmente, nos han contado la historia.

Como tantos otros, Cámpora es un perdedor de ilusiones y se siente estafado.

No nos dice por quiénes, pero nos deja margen para suponerlo, si mantenemos cerca la lectura del reportaje de Fontana.

Nos dice el Cámpora de González Bermejo:  He perdido, y tanto, que no puedo enumerarlo; he dejado de conocer cosas, muchos sucesos no me sucedieron a mí; estafado, me siento estafado. No es una pérdida que me haga más pobre sino más torpe: cada tanto asoman hechos que me he salteado y que se ponen a hacerme burlas, y me enfurece que los de afuera se olviden a cada rato -por verme jaranero y aparentemente acomodado- que yo no los acompañé en la experiencia; que digiero información recocida, sin ardores ni carcajadas. Uno se reacomoda a andar suelto y entre otros; modifica y ordena sus estantes pero quedan espacios enormes, muchos cajones vacíos y con ecos. Y lo que colecciono hormiguísticamente, leyendo diarios viejos, son noticias y no sucesos, informaciones, nunca vivencias.

Seguramente Cámpora ya había destapado algunas de la ollas que olían a podrido.

Es una lástima, -no quiero decir que sea un acto contra la verdad histórica-, que no nos diga qué ollas fueron e insista en mantener la historia oficial acerca de mi “traición” e incluso llegue a la exageración de decir que Amodio salió a la calle durante años a perseguir a sus antiguos compañeros.

Sin embargo, no menciona mi supuesta responsabilidad en el hallazgo por el capitán Camacho del berretín que había en su casa, cosa que dijo en otras oportunidades. Leyendo el libro surge claramente que el berretín lo señaló él, ante el temor de que su compañera de entonces fuera torturada.

No se lo reprocho, al contrario.

Cámpora y muchos otros, torturados o no, amenazados o no, hicimos lo mismo. Lo que les reprocho es que no lo reconocieran y se ocultaran echándonos a otros sus culpas y/o responsabilidades.

Lo mismo puedo decir de otro pasaje del libro en que hace mención a mi “gusto por la buena ropa y el lujo del apartamento” en que vivía cuando fui detenido en 1970 y poco después nos cuenta cómo Ivette lo vistió y lo acicaló para pasar desapercibido tras El Abuso.

Como dije en mi primera carta de marzo de 2013, así se escribió la historia.

Mucha de esa historia permanece oculta, precisamente en el archivo que lleva su nombre. Lo que Cámpora nunca imaginó es que ese mismo archivo serviría para ir demostrando la falsedad de la historia que con tanto esmero crearon los responsables de la debacle del año 1972 y que tuvo en Cámpora a uno de sus celosos guardianes.

No es el único, claro está.

Es uno más –aunque de los más importantes- de  los cómplices con que contaron el “mejor ministro de defensa” y ex comandante Facundo


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