Envíopostaporteñ@ 1851

Mapa de un Engaño

El lado Oculto de la Trama Tupamara

 Libro de Álvaro Diez de Medina

Continúa cap. III

Años después, Arena aseguraría a la prensa, en una interpretación contraria a lo universalmente sostenido por quienes estudiaran el tema, que en su casa no fue retenido el embajador británico Geoffrey Jackson (y, por ende, tampoco el empresario Ricardo Ferrés), por lo que solo lo habrían sido el presidente del directorio de UTE, Ulysses Pereira Reverbel (1917-2001) y el ex ministro de Ganadería y Agricultura, y director del Banco de Crédito, Carlos Frick Davies (1907-1985)/19  "Hoy en día", manifestaría Arena en 2014, "(el uso de su casa como mazmorra de secuestrados) me rechina un poco (sic)"

"Una cosa es que vos estés en una organización armada y pienses que quizá un día, eventualmente, tengas que usar un arma, pero otra cosa es tener debajo de tu casa a dos tipos que, por mas mala gente que fueran, no sé. . . no era algo que me gustara". ¿Y respecto al riesgo que sus acciones representaban para sus cuatro hijas? "Yo estuve ocho años en la cárcel de Punta de RIeles", expresó al periódico la diaria "y nunca me arrepentí de lo que hice. Hice lo que hice porque creí que era lo que tenía que hacer. Ahora sí, soy critica de algunas (sic) cosas que hicimos"

 ***

Fue, por lo tanto, providencial para las hijas del matrimonio Porras-Arena que Wassen, Amodio y Wolf vieran las cosas desde otro punto de vista aquel mayo de 1972. Amodio no había en principio apreciado que, a los ojos de los desorientados oficiales de las Fuerzas Armadas él era la persona de mayor jerarquía aparente. Se dio cuenta de ello cuando se le informó, ya en el "barracón", y cuando creía que su papel en el asunto estaba cumplido, que el comandante de la Región Militar No. 1, o del Sur, Gral. Esteban R. Cristi, había dispuesto que participara, junto a Wassen y sin Wolf, del operativo de rescate de los secuestrados: ya estaba en marcha, ni bien Wassen hiciera saber a Legnani la ubicación de la "cárcel". De camino a la calle Juan Paullier, sin embargo, el frio y la [tensión hicieron sus efectos sobre Wassen, quien se vio presa de un incontrolable ataque de pánico, al comprender que se dirigía a entregar la joya de la corona sediciosa y que, tal vez, podría verse involucrado en una masacre. Amodio intentó calmarlo, sin éxito, a bordo de la camioneta, en la que eran trasladados hacia el escenario del allanamiento.

 ***

Ya era casi medianoche cuando los vehículos militares llegaran la esquina de Canelones y Juan Paullier. Al  ser  bajado  del  "camello",  cubierto  por  un  poncho  militar que  le  protegía  contra  el  gélido  viento  que  llegaba  de  la  costa, Amodio  comprobó  que  las  Fuerzas  Armadas  habían  cerrado  la  Calle  en  esa  intersección,  así  como  en  la  calle  Charrúa.

Dos  poderosos  reflectores  se  hallaban  emplazados  en  cada  esquina.

Lo  que  no  sabría  hasta  más  tarde  es  que,  al  tiempo,  el  por  entonces  teniente  Orosmán  Pereyra  Prieto  procuraba  acceder  a  la  vivienda  cercada  desde  el  alcantarillado,  previendo  cortar  una  eventual  ruta  de  escape  que,  de  todos  modos,  aún  no  estaba  disponible para  los  sediciosos.

Dentro  del  local  se  hallaban  los  seis  miembros  de  la  familia Porras-Arena,  así  como  los  dos  secuestrados  y  sus  custodios,  los sediciosos  Eduardo  Cavia  Luzardo  (a)  Polo,  Raquel  Dupont  Olivera (a)  Perla,  Oscar  Bernattit  Vener  (a)  Víctor,  un  criminal  común  al  que la  sedición  reclutara  en  el  Penal  de  Punta  Carretas,  y  Adriana  Castera.  Habían  participado  recién  de  un  ruidoso  "festejo"  con  el  cual daban  una  semblanza  de  normalidad  a  sus  actividades.

Castera  ha  dado  su  versión  de  lo  que  ocurrió  ni  bien  las  fuerzas militares  encendieran  los  dos  potentes  focos  sobre  la  fachada  de  la casa  que  iban  a  allanar.

En  el  filme  Siete  Instantes  (México,  2008),  la  sediciosa  refiere que  Wassen  habría  tocado  el  timbre  de  la  vivienda,  y  quien  le  habría  franqueado  el  paso  habría  sido  Cavia  Luzardo.

Wassen  habría  intentado  convencer  a  los  custodios  tupamaros, armados  con  dos  fusiles  Ml,  dos  pistolas  y  cuatro  revólveres,  en  el sentido  de  entregarse  a  las  Fuerzas  Armadas,  salvando  la  vida  de  los ocupantes  de  la  casa.  Cavia  habría  considerado  la  rendición  como "una  locura",  por  lo  que  Wassen  habría  empleado  un  argumento  de autoridad:  "Es  una  orden  superior",  le  habría  asegurado. Fue  en  ese  momento,   según  Castera,  que  se  tomo  la  resolución de  salir,  en  compañía  de  los  rehenes,  por  sugerencia  del  propio Pereira  Reverbel.

El  rehén  Ulysses  Pereira,  en  tanto,  narra  algo  diferente  en  sus memorial,  Un  secuestro  por  dentro  (2001)

Refiere  que  tanto  él  como  Frick  fueron  esa  noche  violentamente  despertados  por  sus  captores,  amordazados  y  atadas  sus  manos a  la  espalda  como  parte  del  procedimiento  previsto  para  el  caso  en que  las  fuerzas  de  seguridad  dieran  con  su  paradero  y  tuvieran  que ser  asesinados.  Mientras  ello  ocurría,  habría  oído  a  alguien  que  golpeaba  a  la  puerta,  al  tiempo  que  gritaba  "Abran!  ¡Soy  yo,  Alberto! Porque  no  abren?  ¡Es  una  orden  superior!"

Así  continua  Pereira  su  relato:  "Al  rato  el  encargado  llamó  a las  custodias  que  continuaban  vigilándonos.  " Cierren  las  celdas y  vengan!",  reiteró.  Así  lo  hicieron.  Casi  enseguida  que  pasaron  al otro  ambiente  oí  la  voz  de  ambas,  fuerte,  a  veces  gritando:  " Cobardes!  Con  Uds.  vamos  a  ganar  la  revolución?"  (...)  Subió  el  tono de  la  discusión.  "Hijos  de  puta.  Como  no  vamos  a  matar  a  estos tipos?"  Eran  siempre  las  voces  de  ambas  (sic)  mujeres /20

Oí  cuando decían:  "orden  superior  de  quien?"  Sabía  perfectamente  para  que nos  habían  atado  y  amordazado.  Dan  Mitrione  cuando  apareció muerto  estaba  así.  De  pronto,  ceso  la  discusión  y  ambas  mujeres entraron  al  pasillo.  "Voy  a  mear  primero",  dijo  una.  Oí  el  ruido que  hacia  cuando  orinaba,  aparentemente  en  un  recipiente  de  lata. Como  la  guardia  tenía  un  lugar  en  su  ambiente  igual  que  nosotros, para  hacer  sus  necesidades,  no  sé  por  qué  esta  custodia  procedió así.  Cuando  terminó,  abrió  la  celda  del  doctor  (Frick  Davies)  y,  quitándose  la  capucha,  dijo:  "míreme  la  cara,  usted  se  va  para  su  casa, pero  yo  no  voy  para  la  mía”

*  *  *

Un  anónimo  sedicioso  narra,  en  La  piel  del  otro  (Hugo  Fontana, 2012,  pág.  207),  que  fue  Amodio  quien  "arengara"  a  los  ocupantes de  la  vivienda  a  fin  de  que  la  rindieran.

"Y  Raquel  Dupont  le  dice:  `te  vas  a  la  puta  madre  que  te pario!',  y  agarra  una  pistola  y  va  a  matar  a  Pereira,  que  era  la  consigna,  si  no  había  más  remedio  que  matarlo  (...)  después  Raquel va  al  Florida,  obviamente  separada  de  los  hombres,  pero  cuando  hacemos  la  cosa  esa  de  los  ilícitos  económicos  la  pedimos  para  que venga,  y  ahí  nos  cuenta  todo  lo  que  pasó".

*  *  *

Amodio,  por  su  parte,  plantea  su  versión  del  episodio. Ni  bien  se  encendieran  los  reflectores  sobre  la  vivienda,  el  mismo  Gral.  Cristi  habría  dispuesto  que  fuera  Amodio,  y  no  el  derrumbado  Wassen,  quien  se  dirigiera  a  la  vivienda,  a  fin  de  convencer  a sus  ocupantes  de  entregarse,  tal  como  lo  habría  referido  Dupont.

Apenas  había  emprendido  Amodio  el  camino,  en  tanto,  Cristi habría  ordenado  a  la  guardia  que,  en  caso  de  desatarse  la  resistencia armada  de  los  sediciosos,  tuvieran  buen  cuidado  en  disparar  sobre el  prisionero.

Amodio  habría  avanzado  lentamente  hacia  el  frente  del  edificio. Ni  bien  llego,  y  asumiendo  que  sus  ocupantes  ya  estarían  al  tanto  de la  presencia  militar  tras  el  encendido  de  los  reflectores,  golpeó  sobre las  persianas  de  madera  que  protegían  las  ventanas  de  la  vivienda.

No  obtuvo  respuesta.  Fue  entonces  que  se  habría  embarcado  en  un  urgido  monologo:  la  "arenga",  a  la  que  se  referiría  Dupont.

"Compañeros:  es  el  final...  no  nos  queda  nada...  es  inútil  resistirse..."  No  invoca  orden  alguna.  No  ordena.  Simplemente  suplica: resistir  ahora  equivale  a  la  muerte  de  todos,  tal  vez  la  suya  incluida.

Y  se  identifica,  no  por  su  alias,  sino  como  Amodio.  (Sera  ese  el "Alberto"  cuyo  nombre  oye  Pereira  desde  lo  profundo  de  su  jaula?)

"Espera...",  le  dice,  finalmente,  una  voz  masculina  detrás  de la  cortina. Esa  misma,  u  otra,  voz  de  hombre  y  otra  de  mujer  ensayan  un insultante  contrapunto.

Se  oye  el  tenso  discurrir  por  detrás  de  la  cortina  hasta  que,  finalmente,  se  abre  la  puerta  y  Amodio  ve  emerger  de  la  casa  a  un  trío,  en el  que  distingue  a  Pereira  y  Frick:  las  tres  personas  se  dirigen,  con  los brazos  en  alto,  hacia  los  contingentes  armados  que  han  ido  posicionándose  en  la  acera  de  enfrente,  buscando  el  reparo  de  los  plátanos y  de  los  vehículos  estacionados  a  lo  largo  de  la  calle  Juan  Paullier.

Amodio  da  un  paso  al  costado  y,  a  sus  espaldas,  siente  como un  grupo  de  soldados  y  hombres  vestidos  de  civil  se  precipita  hacia el  interior  de  la  vivienda:  al  frente  de  ellos  se  encuentra,  también de  civil,  el  capitán  Luis  Pescado  González.

En  tropel,  caóticamente,  le  parece  que  todas  las  personas  que aguardaban  en  la  calle,  arremetieron  en  fila  a  fin  de  ingresar  a  la vivienda. Por  un  instante,  queda  solo  en  la  vereda. Sin  instrucciones,  decide  finalmente  entrar.

En  la  antesala  de  la  casa  ye  apenas  a  dos  personas:  González  y, tal  vez,  Cavia,  cuya  voz  finalmente  vincula  a  aquella  que  le  pidiera esperar.  Lo  conoce.  Es,  en  realidad,  el  único  al  que  hubiera  conocido  en  la  casa.  El  responsable  del  local  esta  derrumbado  en  un  sofá, en  una  incongruentemente  distendida  conversación  con  González, que  uno  tomaría  por  corriente  en  otra  situación.

Amodio  cruza  con  el  unas  pocas  palabras:  "Hicieron  lo  correcto",  o  algo  en  el  mismo  sentido. Cavia  asiente:  "Esto  hubiera  sido  un  desastre",  suspira.  González  le  indica  a  dos  soldados  que  hacen  su  ingreso  a  la  casa  que  ya pueden  llevarse  al  prisionero.

Los  soldados  toman  a  Amodio  de  los  brazos  y  lo  arrastran  de nuevo  a  un  "camello":  otro,  ya  que  aquel  en  el  que  viniera  con Wassen  no  está  donde  él  lo  dejara.

Wassen  tampoco/21

*  *  *

En  el  fétido  y  asfixiante  berretín,  en  tanto,  Pereira  comprendía que  él  y  Frick  estaban  cerca  de  ser  libres.

La  mujer  que  se  arrancara  la  capucha  ante  Frick  lo  desato,  y  ordenó  a  ambos  vestirse  de  apuro,  llevándolos  al  otro  ambiente,  en  el que  se  hallaban  dos  de  los  custodios,  en  compañía de otra  persona que,  infiero,  no  había  participado  de  su  tormento.

Tras  recorrer,  agachados,  el  estrecho  túnel  que  conducía  a  su mazmorra,  los  prisioneros  se  detuvieron. "No  salgo.  Antes  de  que  me  torturen,  prefiero  morir",  prorrumpió  uno  de  los  custodios.

"El  que  había  entrado  con  el  alias  Alberto  me  toma del  brazo y  me  dijo:  'Pereira,  yo  le  pido  que  usted  me  acompañe  al  cuartel donde  me  llevan,  para  que  haya  un  testigo  de  que  yo  entre  vivo. Si  no  es  así,  ahora  que  ustedes  están  libres,  me  van  a  matar  en  el cuartel  y  después  dirán  que  yo  intente  escapar'"

*  *  *

Adriana  Castera  contaba,  en  1972,  con  20  años;  hacia  un  mes que   se  desempeñaba  como  custodia  de  los  secuestrados.

Entrevistada  en  2014,  la  entonces  integrante  de  la  llamada  Columna  15  sostuvo  que,  en  retrospectiva,  la  historia  referida  a  la "cárcel  del  pueblo"  le  parece  "una  locura".

Aquel,  cree  hoy,  era  un  "momento  táctico"  de  una  "estrategia  (sic)  para  la  toma  del  poder"  y,  si  bien  admite  que  "se  puede cuestionar  quienes  eramos  para  juzgar  a  esas  personas  (...)  en  ese momento  pensábamos  que  representábamos  a  los  sectores  oprimidos  y  luchábamos  contra  quienes  representaban  a  la  oligarquía  y la  burguesía"

Protagonista  de  aquella  jornada,  Castera  admitió  su  sorpresa  al comprobar  que  quien  le  pedía  resignar  la  "cárcel"  era  "un  compañero",  y  nada  menos  que  Wassen. "A  Nepo",  agrego  refiriéndose  al  alias  de  Wassen,  "lo  envolvieron  (sic)  los  milicos". Quien  realmente  entrego  la  "cárcel  del  pueblo",  insiste,  pese  a su  versión  de  los  hechos,  fue  Amodio." /22

*  *  *

Con  ser  un  episodio  tan  analizado  y  hasta  cierto  punto  transparente,  el  referido  al  rescate  de  los  secuestrados  en  Juan  Paullier  1192 ha  conocido  sus  mistificaciones  y  encontradas  interpretaciones.

Por  varios  años,  la  versión  de  que  la  entrega  de  ese  local  había corrido  de  exclusiva  cuenta  de  Amodio  Pérez  fue  la  pacíficamente aceptada.

Con  ser  un  hecho  internamente  conocido  ya  hacia  julio  de 1972,  seria  recién  hacia  2002  sin  embargo  que  el  papel  que  le  cupiera  a  Wassen  en  la  caída  del  local  comenzó  a  ser  extensamente inocultable,  razón  por  la  cual  la  lectura  del  episodio  recibió  un delicado  giro,  muy  bien  representado  por  Marcelo  Estefanell,  al sostener  que,  en  realidad,  Amodio  había  empleado  sus  artes  a  fin de  hacer  "un  trabajito  para  que  se  le  dijera  (a  él,  que  no  lo  sabía) donde  estaba" /23

"Fue  una  historia  muy  turbulenta",  asegura,  "muy  actuada. Uno  está  preso,  aislado,  y  viene  un  compañero  y  te  dice  a  cada rato:  `mirá,  vos  que  ya  sabes  dónde  está  la  cárcel,  los  van  a  matar  a todos ya  la  tienen,  están  averiguando,  le  están  dando  máquina (torturando)  a  fulano',  y  vos  sabes  dónde  está". "'Y  los  van  a  matar,  tenemos  que  evitar  esto'.  Fue  todo  un trabajito  que  él  hizo  ante  el  compañero  que  sabia  donde  estaba la  cárcel… y  al  final  dice  donde  está,  se  lo  dice  uno  que  sabía.  Y llegó  a  una  especie  de  acuerdo:  `Bueno,  tá,  lo  decimos  pero  no  los vayan  a  matar'" /24  Y  es  aquí  y  en  esta  versión  donde  Wassen  "habla".

La  narración  de  Estefanell  nos  obliga,  sin  embargo,  a  poner  el foco  en  la  palabra  "trabajito",  que  supone  un  esfuerzo  persistente, fatigoso,  y  bien  dirigido  a  fin  de  llevar  a  Wolf,  Única  persona  en poder  de  la  información  procurada,  a  revelarla  a  sus  captores.

Amodio  Pérez  fue  detenido  el  23,  y  la  llamada  "cárcel  del  pueblo"  resultó  allanada  el  27  de  mayo,  por  lo  que  Estefanell  nos  fuerza  a  creer  que  ese  "trabajito"  se  tendría  que  haber  ejecutado  entre tres  personas  físicamente  separadas,  una  de  las  cuales  se  hallaba  por lo  demás  en  otro  establecimiento  militar,  y  en  el  exiguo  plazo  de algo  más  de  dos  días  de  arresto,  desde  que  Amodio  había  pasado por  lo  menos  uno  inconsciente,  tras  intentar  suicidarse.

¿ A que  involucrar  a  Wassen  en  este  juego? ¿Podía  Amodio  pensar  que  era  este  quien  conocía  el  paradero del  local? Por  que?

Nuevamente,  la  explicación  mas  sencilla  del  episodio  es  la  única  verosímil,  y  ella  no  es,  por  cierto,  la  que  propone  Estefanell. Está  bien  claro  que  el  local  fue  identificado  por  Wolf.

Un  similar  indicio  lo  brinda  el  reportaje  realizado  en  2009  a Julio  Marenales  por  parte  del  periodista  Gerardo  Tagliaferro /25  en  su programa  radial  Cantando  las  40.

En  tal  reportaje,  Tagliaferro  pregunta:  "En  un  programa  de  televisión,  hace  un  tiempo,  le  preguntaron  quien  había  delatado  (sic) la  'cárcel  del  pueblo'  en  1972,  y  usted  dijo  que,  contrariamente  a  lo que  siempre  se  supuso,  no  fue  Amodio  Pérez,  sino  Adolfo  Wassen. Es  correcto?"

"Si",  responde  Marenales.  "Wassen  fue  a  buscar  a  los  compañeros.  Ellos  (las  Fuerzas  Armadas)  tenían  la  característica  del  teléfono de  la  'cárcel  del  pueblo'.  Andaban  cerca,  pero  no  tenían  la  casa. Wassen  fue  con  los  milicos,  para  evitar  que  los  compañeros  se  hicieran  matar.  Creo  que  se  equivoco  el  compañero.  Su  razonamiento  fue  que,  teniendo  la  característica  del  teléfono,  iban  a  llegar,  y la  preocupación  era  que  quienes  estaban  allí  no  se  hicieran  matar" De  mas  esta  decirlo:  la  versión  de  Marenales  tampoco  corresponde  a  un  testimonio  directo.

*  *  *

Pero,  y  nuevamente,  es  la  dimensión  moral  del  argumento  la que  se  pierde  en  la  forma  en  que  este  tema  ha  sido  narrado  a  partir de  1985.

El  punto  en  apariencia  sin  disputa  de  la  caída  de  la  "cárcel  del pueblo"  es  que,  sin  la  mediación  de  los  sediciosos  presos,  estaba llamada  a  ser  un  inútil  hecho  de  sangre  en  el  que,  por  lo  demás,  varias  de  las  posibles  víctimas  eran  también  incuestionablemente  inocentes:  las  cuatro  hijas  del  matrimonio  sedicioso  al  que  ese  peligro se le  aparecía  como  un  riesgo  moralmente  aceptable,  así  como  los dos  hombres  que  fueran  mortificados  durante  meses  en  un  zanjón cavado  en  un  sótano.

Emplear,  casi  medio  siglo  después,  el  hecho  de  que  tres  hombres tuvieran  la  posibilidad  de  distinguir,  en  aquel  lodazal  de  pasiones,  la  enormidad  del  precio  que  se  estaba  a  punto  de  pagar  por una  causa  ya  irremisiblemente  perdida,  y  hacerlo  como  argumento descalificador  de  la  acción  misma,  nos  lleva  a  reflexionar  en  torno al  abismo  axiológico  abierto  por  el  ciclo  tupamaro.

*  *  *

Otros  elementos  de  hecho  en  este  caso  abren  dudas  que,  muy probablemente,  jamás  sean  despejadas. ¿Quién  es  el  "Alberto"  al  que  identifica  Pereira  Reverbel  en  sus memorias?

Tal  alias  no  corresponde  a  ninguno  de  los  protagonistas  del episodio  y,  por  cierto,  de  su  misma  narración  resulta  que  no  sería el  de  un  sedicioso  llegado  del  exterior  del  local  a  fin  de  persuadir  a sus  custodios.  De  lo  contrario,  porque  le  pediría  al  mismo  Pereira que  lo  acompañara  hasta  su  lugar  de  detención,  como  garantía  de su  vida?

¿Podría,  acaso,  ser  el  mismo  Wassen,  ingresado  al  local  en medio  de  la  tropilla  de  personas  que  empujaran  al  costado  a Amodio?

Habría  empleado  el  alias  de  "Alberto"  en  algún  trato  con  los centros  de  detención  subversivos? Que   trato  hubiera  podido  ser  este,  si  era  en  realidad  Wolf quien  tenía  a  su  cargo  la  supervisión  de  esos  centros? por  que  afirman  Porras  y  Castera  con  tanto  énfasis  que  fue Wassen  quien  les  golpeara  a  la  puerta  aquel  día,  y  no  Amodio?

¿Y Por  que  querría,  por  su  lado,  Amodio  asumir  voluntariamente ese  rol  protagónico,  si  en  lo  que  supuestamente  habría  de  estar empeñado  en  ese  momento  era  en  disimular  su  connivencia  con las  Fuerzas  Armadas?

¿Y  por  que  demoraron  tantos  años  Porras  y  Castera  en  traer  a colación  el  rol  de  Wassen  en  la  entrega  del  local,  pese  a   las  nunca disputadas  acusaciones  en  el  sentido  de  que  ello  solo  era  atribuible a  Amodio?

Las  respuestas  a  estas  preguntas  muy  probablemente  queden atrapadas  por  siempre  en  el  torvo  escondrijo  en  el  que  la  sedición terminara   por  convertir  aquella  casa  llamada  a  ser  tan  solo  el  hogar de  cuatro  niñas  en  las  inmediaciones  del  Parque  Rodó.

notas

19/ Con ello, Arena ha sumado una perplejidad a la historia de la sedición, y abre una nueva línea de investigación.

20/ Muy  probablemente  Dupont  y  Castera.

21/José  Luis  Porras,  por  su  parte,  improbablemente  insiste  en  haber  franqueado  el  paso  a  Wassen,  a  quien  llegara  incluso  a  cachear  (¿?),  antes  de  llamar a  Cavia,  el  responsable  del  local.  Wassen,  a  su  vez,  les  habría  informado  a ambos,  en  esta  versión,  que  Amodio  estaba  en  el  vehículo  militar,  y  que tanto  él  como  Amodio  estaban  contestes  en  la  necesidad  de  rendir  el  local.

22/ En  una  entrevista  concedida  el  28  de  enero  de  2014  por  el  Tte.  Cnel.  José Nino  Gavazzo  al  investigador  español  Julio  Bordas  Martinez  (publicada en  el  libro  Tupamaros:  derrota  militar,  metamorfosis  política y  victoria  electoral, Ed.  Dykinson,  Madrid,  2015)  aquel  asevera  "en  una  discusión  entre  Wassen  y  Wolf  obtuvimos  la  dirección  de  la  cárcel  del  pueblo,  que  en  realidad, solo  conocía  Wolf"  (pág.  84).

23/ "Paredes  que  hablan",  la  diaria,  reportaje  de  Azul  Cordo,  4  de  noviembre de  2014.

24/   Alfonso  Lessa,  La  Revolución  Imposible,  Ed.  Fin  de  Siglo,  Montevideo, 2002,  pág.  280.

25 /  Peleadores.  Hombres  y  mujeres  al filo  de  la  pasión,  Ediciones  Piedeletra,  Montevideo,  2013.

Fin cap. III