El lado Oculto de la Trama Tupamara
Libro de Álvaro Diez de Medina
Continúa cap. III
Años después, Arena aseguraría a la prensa, en una interpretación contraria a lo universalmente sostenido por quienes estudiaran el tema, que en su casa no fue retenido el embajador británico Geoffrey Jackson (y, por ende, tampoco el empresario Ricardo Ferrés), por lo que solo lo habrían sido el presidente del directorio de UTE, Ulysses Pereira Reverbel (1917-2001) y el ex ministro de Ganadería y Agricultura, y director del Banco de Crédito, Carlos Frick Davies (1907-1985)/19 "Hoy en día", manifestaría Arena en 2014, "(el uso de su casa como mazmorra de secuestrados) me rechina un poco (sic)"
"Una cosa es que vos estés en una organización armada y pienses que quizá un día, eventualmente, tengas que usar un arma, pero otra cosa es tener debajo de tu casa a dos tipos que, por mas mala gente que fueran, no sé. . . no era algo que me gustara". ¿Y respecto al riesgo que sus acciones representaban para sus cuatro hijas? "Yo estuve ocho años en la cárcel de Punta de RIeles", expresó al periódico la diaria "y nunca me arrepentí de lo que hice. Hice lo que hice porque creí que era lo que tenía que hacer. Ahora sí, soy critica de algunas (sic) cosas que hicimos"
***
Fue, por lo tanto, providencial para las hijas del matrimonio Porras-Arena que Wassen, Amodio y Wolf vieran las cosas desde otro punto de vista aquel mayo de 1972. Amodio no había en principio apreciado que, a los ojos de los desorientados oficiales de las Fuerzas Armadas él era la persona de mayor jerarquía aparente. Se dio cuenta de ello cuando se le informó, ya en el "barracón", y cuando creía que su papel en el asunto estaba cumplido, que el comandante de la Región Militar No. 1, o del Sur, Gral. Esteban R. Cristi, había dispuesto que participara, junto a Wassen y sin Wolf, del operativo de rescate de los secuestrados: ya estaba en marcha, ni bien Wassen hiciera saber a Legnani la ubicación de la "cárcel". De camino a la calle Juan Paullier, sin embargo, el frio y la [tensión hicieron sus efectos sobre Wassen, quien se vio presa de un incontrolable ataque de pánico, al comprender que se dirigía a entregar la joya de la corona sediciosa y que, tal vez, podría verse involucrado en una masacre. Amodio intentó calmarlo, sin éxito, a bordo de la camioneta, en la que eran trasladados hacia el escenario del allanamiento.
***
Ya era casi medianoche cuando los vehículos militares llegaran la esquina de Canelones y Juan Paullier. Al ser bajado del "camello", cubierto por un poncho militar que le protegía contra el gélido viento que llegaba de la costa, Amodio comprobó que las Fuerzas Armadas habían cerrado la Calle en esa intersección, así como en la calle Charrúa.
Dos poderosos reflectores se hallaban emplazados en cada esquina.
Lo que no sabría hasta más tarde es que, al tiempo, el por entonces teniente Orosmán Pereyra Prieto procuraba acceder a la vivienda cercada desde el alcantarillado, previendo cortar una eventual ruta de escape que, de todos modos, aún no estaba disponible para los sediciosos.
Dentro del local se hallaban los seis miembros de la familia Porras-Arena, así como los dos secuestrados y sus custodios, los sediciosos Eduardo Cavia Luzardo (a) Polo, Raquel Dupont Olivera (a) Perla, Oscar Bernattit Vener (a) Víctor, un criminal común al que la sedición reclutara en el Penal de Punta Carretas, y Adriana Castera. Habían participado recién de un ruidoso "festejo" con el cual daban una semblanza de normalidad a sus actividades.
Castera ha dado su versión de lo que ocurrió ni bien las fuerzas militares encendieran los dos potentes focos sobre la fachada de la casa que iban a allanar.
En el filme Siete Instantes (México, 2008), la sediciosa refiere que Wassen habría tocado el timbre de la vivienda, y quien le habría franqueado el paso habría sido Cavia Luzardo.
Wassen habría intentado convencer a los custodios tupamaros, armados con dos fusiles Ml, dos pistolas y cuatro revólveres, en el sentido de entregarse a las Fuerzas Armadas, salvando la vida de los ocupantes de la casa. Cavia habría considerado la rendición como "una locura", por lo que Wassen habría empleado un argumento de autoridad: "Es una orden superior", le habría asegurado. Fue en ese momento, según Castera, que se tomo la resolución de salir, en compañía de los rehenes, por sugerencia del propio Pereira Reverbel.
El rehén Ulysses Pereira, en tanto, narra algo diferente en sus memorial, Un secuestro por dentro (2001)
Refiere que tanto él como Frick fueron esa noche violentamente despertados por sus captores, amordazados y atadas sus manos a la espalda como parte del procedimiento previsto para el caso en que las fuerzas de seguridad dieran con su paradero y tuvieran que ser asesinados. Mientras ello ocurría, habría oído a alguien que golpeaba a la puerta, al tiempo que gritaba "Abran! ¡Soy yo, Alberto! Porque no abren? ¡Es una orden superior!"
Así continua Pereira su relato: "Al rato el encargado llamó a las custodias que continuaban vigilándonos. " Cierren las celdas y vengan!", reiteró. Así lo hicieron. Casi enseguida que pasaron al otro ambiente oí la voz de ambas, fuerte, a veces gritando: " Cobardes! Con Uds. vamos a ganar la revolución?" (...) Subió el tono de la discusión. "Hijos de puta. Como no vamos a matar a estos tipos?" Eran siempre las voces de ambas (sic) mujeres /20
Oí cuando decían: "orden superior de quien?" Sabía perfectamente para que nos habían atado y amordazado. Dan Mitrione cuando apareció muerto estaba así. De pronto, ceso la discusión y ambas mujeres entraron al pasillo. "Voy a mear primero", dijo una. Oí el ruido que hacia cuando orinaba, aparentemente en un recipiente de lata. Como la guardia tenía un lugar en su ambiente igual que nosotros, para hacer sus necesidades, no sé por qué esta custodia procedió así. Cuando terminó, abrió la celda del doctor (Frick Davies) y, quitándose la capucha, dijo: "míreme la cara, usted se va para su casa, pero yo no voy para la mía”
* * *
Un anónimo sedicioso narra, en La piel del otro (Hugo Fontana, 2012, pág. 207), que fue Amodio quien "arengara" a los ocupantes de la vivienda a fin de que la rindieran.
"Y Raquel Dupont le dice: `te vas a la puta madre que te pario!', y agarra una pistola y va a matar a Pereira, que era la consigna, si no había más remedio que matarlo (...) después Raquel va al Florida, obviamente separada de los hombres, pero cuando hacemos la cosa esa de los ilícitos económicos la pedimos para que venga, y ahí nos cuenta todo lo que pasó".
* * *
Amodio, por su parte, plantea su versión del episodio. Ni bien se encendieran los reflectores sobre la vivienda, el mismo Gral. Cristi habría dispuesto que fuera Amodio, y no el derrumbado Wassen, quien se dirigiera a la vivienda, a fin de convencer a sus ocupantes de entregarse, tal como lo habría referido Dupont.
Apenas había emprendido Amodio el camino, en tanto, Cristi habría ordenado a la guardia que, en caso de desatarse la resistencia armada de los sediciosos, tuvieran buen cuidado en disparar sobre el prisionero.
Amodio habría avanzado lentamente hacia el frente del edificio. Ni bien llego, y asumiendo que sus ocupantes ya estarían al tanto de la presencia militar tras el encendido de los reflectores, golpeó sobre las persianas de madera que protegían las ventanas de la vivienda.
No obtuvo respuesta. Fue entonces que se habría embarcado en un urgido monologo: la "arenga", a la que se referiría Dupont.
"Compañeros: es el final... no nos queda nada... es inútil resistirse..." No invoca orden alguna. No ordena. Simplemente suplica: resistir ahora equivale a la muerte de todos, tal vez la suya incluida.
Y se identifica, no por su alias, sino como Amodio. (Sera ese el "Alberto" cuyo nombre oye Pereira desde lo profundo de su jaula?)
"Espera...", le dice, finalmente, una voz masculina detrás de la cortina. Esa misma, u otra, voz de hombre y otra de mujer ensayan un insultante contrapunto.
Se oye el tenso discurrir por detrás de la cortina hasta que, finalmente, se abre la puerta y Amodio ve emerger de la casa a un trío, en el que distingue a Pereira y Frick: las tres personas se dirigen, con los brazos en alto, hacia los contingentes armados que han ido posicionándose en la acera de enfrente, buscando el reparo de los plátanos y de los vehículos estacionados a lo largo de la calle Juan Paullier.
Amodio da un paso al costado y, a sus espaldas, siente como un grupo de soldados y hombres vestidos de civil se precipita hacia el interior de la vivienda: al frente de ellos se encuentra, también de civil, el capitán Luis Pescado González.
En tropel, caóticamente, le parece que todas las personas que aguardaban en la calle, arremetieron en fila a fin de ingresar a la vivienda. Por un instante, queda solo en la vereda. Sin instrucciones, decide finalmente entrar.
En la antesala de la casa ye apenas a dos personas: González y, tal vez, Cavia, cuya voz finalmente vincula a aquella que le pidiera esperar. Lo conoce. Es, en realidad, el único al que hubiera conocido en la casa. El responsable del local esta derrumbado en un sofá, en una incongruentemente distendida conversación con González, que uno tomaría por corriente en otra situación.
Amodio cruza con el unas pocas palabras: "Hicieron lo correcto", o algo en el mismo sentido. Cavia asiente: "Esto hubiera sido un desastre", suspira. González le indica a dos soldados que hacen su ingreso a la casa que ya pueden llevarse al prisionero.
Los soldados toman a Amodio de los brazos y lo arrastran de nuevo a un "camello": otro, ya que aquel en el que viniera con Wassen no está donde él lo dejara.
Wassen tampoco/21
* * *
En el fétido y asfixiante berretín, en tanto, Pereira comprendía que él y Frick estaban cerca de ser libres.
La mujer que se arrancara la capucha ante Frick lo desato, y ordenó a ambos vestirse de apuro, llevándolos al otro ambiente, en el que se hallaban dos de los custodios, en compañía de otra persona que, infiero, no había participado de su tormento.
Tras recorrer, agachados, el estrecho túnel que conducía a su mazmorra, los prisioneros se detuvieron. "No salgo. Antes de que me torturen, prefiero morir", prorrumpió uno de los custodios.
"El que había entrado con el alias Alberto me toma del brazo y me dijo: 'Pereira, yo le pido que usted me acompañe al cuartel donde me llevan, para que haya un testigo de que yo entre vivo. Si no es así, ahora que ustedes están libres, me van a matar en el cuartel y después dirán que yo intente escapar'"
* * *
Adriana Castera contaba, en 1972, con 20 años; hacia un mes que se desempeñaba como custodia de los secuestrados.
Entrevistada en 2014, la entonces integrante de la llamada Columna 15 sostuvo que, en retrospectiva, la historia referida a la "cárcel del pueblo" le parece "una locura".
Aquel, cree hoy, era un "momento táctico" de una "estrategia (sic) para la toma del poder" y, si bien admite que "se puede cuestionar quienes eramos para juzgar a esas personas (...) en ese momento pensábamos que representábamos a los sectores oprimidos y luchábamos contra quienes representaban a la oligarquía y la burguesía"
Protagonista de aquella jornada, Castera admitió su sorpresa al comprobar que quien le pedía resignar la "cárcel" era "un compañero", y nada menos que Wassen. "A Nepo", agrego refiriéndose al alias de Wassen, "lo envolvieron (sic) los milicos". Quien realmente entrego la "cárcel del pueblo", insiste, pese a su versión de los hechos, fue Amodio." /22
* * *
Con ser un episodio tan analizado y hasta cierto punto transparente, el referido al rescate de los secuestrados en Juan Paullier 1192 ha conocido sus mistificaciones y encontradas interpretaciones.
Por varios años, la versión de que la entrega de ese local había corrido de exclusiva cuenta de Amodio Pérez fue la pacíficamente aceptada.
Con ser un hecho internamente conocido ya hacia julio de 1972, seria recién hacia 2002 sin embargo que el papel que le cupiera a Wassen en la caída del local comenzó a ser extensamente inocultable, razón por la cual la lectura del episodio recibió un delicado giro, muy bien representado por Marcelo Estefanell, al sostener que, en realidad, Amodio había empleado sus artes a fin de hacer "un trabajito para que se le dijera (a él, que no lo sabía) donde estaba" /23
"Fue una historia muy turbulenta", asegura, "muy actuada. Uno está preso, aislado, y viene un compañero y te dice a cada rato: `mirá, vos que ya sabes dónde está la cárcel, los van a matar a todos ya la tienen, están averiguando, le están dando máquina (torturando) a fulano', y vos sabes dónde está". "'Y los van a matar, tenemos que evitar esto'. Fue todo un trabajito que él hizo ante el compañero que sabia donde estaba la cárcel… y al final dice donde está, se lo dice uno que sabía. Y llegó a una especie de acuerdo: `Bueno, tá, lo decimos pero no los vayan a matar'" /24 Y es aquí y en esta versión donde Wassen "habla".
La narración de Estefanell nos obliga, sin embargo, a poner el foco en la palabra "trabajito", que supone un esfuerzo persistente, fatigoso, y bien dirigido a fin de llevar a Wolf, Única persona en poder de la información procurada, a revelarla a sus captores.
Amodio Pérez fue detenido el 23, y la llamada "cárcel del pueblo" resultó allanada el 27 de mayo, por lo que Estefanell nos fuerza a creer que ese "trabajito" se tendría que haber ejecutado entre tres personas físicamente separadas, una de las cuales se hallaba por lo demás en otro establecimiento militar, y en el exiguo plazo de algo más de dos días de arresto, desde que Amodio había pasado por lo menos uno inconsciente, tras intentar suicidarse.
¿ A que involucrar a Wassen en este juego? ¿Podía Amodio pensar que era este quien conocía el paradero del local? Por que?
Nuevamente, la explicación mas sencilla del episodio es la única verosímil, y ella no es, por cierto, la que propone Estefanell. Está bien claro que el local fue identificado por Wolf.
Un similar indicio lo brinda el reportaje realizado en 2009 a Julio Marenales por parte del periodista Gerardo Tagliaferro /25 en su programa radial Cantando las 40.
En tal reportaje, Tagliaferro pregunta: "En un programa de televisión, hace un tiempo, le preguntaron quien había delatado (sic) la 'cárcel del pueblo' en 1972, y usted dijo que, contrariamente a lo que siempre se supuso, no fue Amodio Pérez, sino Adolfo Wassen. Es correcto?"
"Si", responde Marenales. "Wassen fue a buscar a los compañeros. Ellos (las Fuerzas Armadas) tenían la característica del teléfono de la 'cárcel del pueblo'. Andaban cerca, pero no tenían la casa. Wassen fue con los milicos, para evitar que los compañeros se hicieran matar. Creo que se equivoco el compañero. Su razonamiento fue que, teniendo la característica del teléfono, iban a llegar, y la preocupación era que quienes estaban allí no se hicieran matar" De mas esta decirlo: la versión de Marenales tampoco corresponde a un testimonio directo.
* * *
Pero, y nuevamente, es la dimensión moral del argumento la que se pierde en la forma en que este tema ha sido narrado a partir de 1985.
El punto en apariencia sin disputa de la caída de la "cárcel del pueblo" es que, sin la mediación de los sediciosos presos, estaba llamada a ser un inútil hecho de sangre en el que, por lo demás, varias de las posibles víctimas eran también incuestionablemente inocentes: las cuatro hijas del matrimonio sedicioso al que ese peligro se le aparecía como un riesgo moralmente aceptable, así como los dos hombres que fueran mortificados durante meses en un zanjón cavado en un sótano.
Emplear, casi medio siglo después, el hecho de que tres hombres tuvieran la posibilidad de distinguir, en aquel lodazal de pasiones, la enormidad del precio que se estaba a punto de pagar por una causa ya irremisiblemente perdida, y hacerlo como argumento descalificador de la acción misma, nos lleva a reflexionar en torno al abismo axiológico abierto por el ciclo tupamaro.
* * *
Otros elementos de hecho en este caso abren dudas que, muy probablemente, jamás sean despejadas. ¿Quién es el "Alberto" al que identifica Pereira Reverbel en sus memorias?
Tal alias no corresponde a ninguno de los protagonistas del episodio y, por cierto, de su misma narración resulta que no sería el de un sedicioso llegado del exterior del local a fin de persuadir a sus custodios. De lo contrario, porque le pediría al mismo Pereira que lo acompañara hasta su lugar de detención, como garantía de su vida?
¿Podría, acaso, ser el mismo Wassen, ingresado al local en medio de la tropilla de personas que empujaran al costado a Amodio?
Habría empleado el alias de "Alberto" en algún trato con los centros de detención subversivos? Que trato hubiera podido ser este, si era en realidad Wolf quien tenía a su cargo la supervisión de esos centros? por que afirman Porras y Castera con tanto énfasis que fue Wassen quien les golpeara a la puerta aquel día, y no Amodio?
¿Y Por que querría, por su lado, Amodio asumir voluntariamente ese rol protagónico, si en lo que supuestamente habría de estar empeñado en ese momento era en disimular su connivencia con las Fuerzas Armadas?
¿Y por que demoraron tantos años Porras y Castera en traer a colación el rol de Wassen en la entrega del local, pese a las nunca disputadas acusaciones en el sentido de que ello solo era atribuible a Amodio?
Las respuestas a estas preguntas muy probablemente queden atrapadas por siempre en el torvo escondrijo en el que la sedición terminara por convertir aquella casa llamada a ser tan solo el hogar de cuatro niñas en las inmediaciones del Parque Rodó.
notas
19/ Con ello, Arena ha sumado una perplejidad a la historia de la sedición, y abre una nueva línea de investigación.
20/ Muy probablemente Dupont y Castera.
21/José Luis Porras, por su parte, improbablemente insiste en haber franqueado el paso a Wassen, a quien llegara incluso a cachear (¿?), antes de llamar a Cavia, el responsable del local. Wassen, a su vez, les habría informado a ambos, en esta versión, que Amodio estaba en el vehículo militar, y que tanto él como Amodio estaban contestes en la necesidad de rendir el local.
22/ En una entrevista concedida el 28 de enero de 2014 por el Tte. Cnel. José Nino Gavazzo al investigador español Julio Bordas Martinez (publicada en el libro Tupamaros: derrota militar, metamorfosis política y victoria electoral, Ed. Dykinson, Madrid, 2015) aquel asevera "en una discusión entre Wassen y Wolf obtuvimos la dirección de la cárcel del pueblo, que en realidad, solo conocía Wolf" (pág. 84).
23/ "Paredes que hablan", la diaria, reportaje de Azul Cordo, 4 de noviembre de 2014.
24/ Alfonso Lessa, La Revolución Imposible, Ed. Fin de Siglo, Montevideo, 2002, pág. 280.
25 / Peleadores. Hombres y mujeres al filo de la pasión, Ediciones Piedeletra, Montevideo, 2013.
Fin cap. III