LENIN SEPULTURERO DE LA REVOLUCIÓN GASTÓN LEVAL
(segunda entrega)
Lo mismo ocurrió en el orden económico. Relean el último párrafo de las declaraciones del XIO congreso: los fundamentos del socialismo todavía no existen... Algunos buscaran excusas, tales como la guerra civil, que no olvidamos. Pero la siguiente declaración hecha por Lenin en ese mismo congreso de 1922, muestra que había allí otras causas, mucho más importantes: «La idea de construir una sociedad comunista sólo con comunistas es un infantilismo, un infantilismo puro. Hay que confiar la construcción económica a otros, a la burguesía que es más cultivada, a los intelectuales del campo de la burguesía. Nosotros mismos no estamos aún cultivados para eso»
Sin embargo, antes de octubre de 1917, Lenin había afirmado que el socialismo sería implantado en seis meses. Así, toda la política del partido comunista ruso se había basado en previsiones que la experiencia ha desmentido. Previsiones y promesas fueron rectificadas en bloque sin temor a las contradicciones.
Pero además de los errores que provenían de la crasa ignorancia de Lenin y los suyos sobre los problemas de organización de una sociedad, había aquella voluntad de tomar y de conservar el poder a todo precio, incluso el doble, triple o cuádruple juego. Y todo eso sin vergüenza, sin miedo a las contradicciones más graves y más inmorales. Pues todos los adversarios, incluso los revolucionarios, estaban aniquilados y nadie podía protestar.
Así, la «paz sin anexiones ni indemnizaciones» cuya proclamación reúne en Petrogrado y en Moscú una parte suficiente de soldados y los marinos de Kronstadt para asegurar el triunfo de los bolcheviques, se trasforma en aceptación del tratado de Brest-Litovsk, que entregaba a los imperios alemán y austriaco a Ucrania, Crimea, el Cáucaso, una buena parte de Polonia y las provincias del Norte. Esta entrega a la que se había opuesto la mayoría del Comité central del partido comunista, pero que Lenin, quien quedó solo, impuso contra todos, fue una de las causas de ruptura entre los comunistas y los socialistas revolucionarios, a quienes Lenin, para desacreditar, acusó naturalmente de estar «vendidos» a los aliados.
Hubo traición también a las promesas falsas en lo que concernía a la consigna: « ¡Todo el poder a los Soviets!», pues el poder pasó no a los Soviets sino al partido comunista que lo centralizó y lo acaparó enteramente. Es cierto que los Soviets continuaron existiendo nominalmente, y, asimismo, como suprema ironía, que se instauró el régimen de dictadura implacable del partido comunista a la cual se llama siempre República de los Soviets. Pero de hecho no quedó sino la caricatura de los Soviets, sometidos al puño de hierro de las secciones locales del partido comunista, apoyadas por las fuerzas de represión, que los subyugaron desde el primer momento, impidiéndoles funcionar, prohibiéndolos, suspendiéndolos, avasallándolos bajo las acusaciones más engañosas: irregularidades electorales, incapacidad, malversaciones, todo era bueno para eso. El gobierno nacional de los Soviets fue de hecho ejercido por los miembros del Comité central del partido; por encima del Comité central se hallaba el Politburó y, como lo dijimos ya, en el seno del Politburó, Lenin imponía su voluntad.
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Pero se produjeron al mismo tiempo otros escamoteos. Un formidable movimiento cooperativo, nacido antes de la Revolución, se había desarrollado desde la caída del zarismo, sobre todo en el campo, donde constituía la realización constructiva más importante. Se habían formado Federaciones de cooperativas que cubrían inmensas extensiones del Cáucaso o del Turkestán en la extrema Siberia, sin que el gobierno pudiera someterlas a su voluntad debido a su gran pujanza en el domino de las actividades económicas.
Entonces, de un día al otro, Lenin decidió la anulación de esas cooperativas, basadas en la asociación voluntaria de sus miembros tal como requiere la verdadera cooperación, y las hizo reemplazar por las cooperativas del Estado puestas en manos de una burocracia inepta y parasitaria. Las consecuencias de esta medida fueron la destrucción de fuerzas organizadoras de primer plano, la anulación de estructuras de producción agraria y de distribución, y la desaparición de medios orgánicos de intercambio entre la ciudad y el campo
Soviets... Cooperativas... ¿Y los sindicatos, que constituían el tercer pilar de la nueva economía? Tampoco podía tolerarlos Lenin en tanto que organismos autónomos, que tienen sus propios principios, sus propios métodos de organización y de acción. En primer lugar, porque los sindicatos eran una creación de los trabajadores, y Lenin, obsesionado por su concepción directorial minoritaria de la revolución, por la dominación unilateral del partido social-demócrata -el partido comunista fue creado más tarde-, no podía admitir que una fuerza revolucionaria constructiva ajena a la suya actuase al margen de las órdenes imperativas del partido del que era el jefe y esperaba seguir siéndolo
Además, porque siendo un intelectual como la inmensa mayoría de los dirigentes del partido, especialmente de la fracción bolchevique, no acordaba ningún valor, ninguna importancia a lo que podían hacer por si mismos los obreros. Al respecto se había expresado sin ambages en las líneas siguientes:
«Librada a sí misma, la clase obrera es capaz de desarrollar solo una conciencia sindical. La conciencia socialista moderna no puede llegar a ella sino del exterior... no puede surgir más que de un conocimiento científico profundo. Portador de la ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad burguesa. Es del cerebro de miembros de esta formación social, como Marx y Engels, de donde ha surgido el socialismo moderno. El sindicalismo puro y simple significa la subordinación ideológica de los trabajadores a la burguesía»
Que había una parte de verdad en esas afirmaciones si tomamos el conjunto del sindicalismo mundial, lo admitimos, si bien cabe preguntar que resta de la lucha de clases y de las concepciones marxistas; pero tales razonamientos servían de pretexto a la subordinación obligatoria de las actividades sindicales al partido comunista, incluso cuando el sindicalismo iba tan lejos, si no más, que el partido social-demócrata o que el partido comunista mismo. En ese período revolucionario, el sindicalismo, o más bien la acción de los sindicatos rusos, era socialista en el amplio sentido de la palabra: los sindicatos tomaban en sus manos los talleres, las fábricas, y Rykov, vicepresidente del Consejo de los comisarios del pueblo, podía escribir en el Narodnoiekhoziasistvo estas líneas reveladoras:
«Todo el trabajo de organización de la vida económica del país se ha hecho hasta ahora (comienzos de 1919) con la participación directa de los sindicatos y de los representantes de las masas obreras. Los sindicatos y las conferencias obreras de delegados de fábrica de ciertas ramas industriales han sido los principales y únicos laboratorios en que se han formado y donde se forman todavía los servicios de organización económica de Rusia»
Había, pues, también allí inmensas posibilidades reconstructivas. Pero precisamente porque esas posibilidades eran inmensas, Lenin no podía tolerarlas. Pues por su concepción egocentralista, de dominación de partido, de su partido, dominado por él, Lenin -después de adoptar posiciones teóricas a menudo contradictorias, a tal punto que un psicólogo se preguntara si no estamos ante un caso de esquizofrenia, había retornado a la afirmación de un comando único, siempre entre sus manos, bien entendido. De hasta dónde podía llegar este comando, en el orden teórico y después en el orden práctico, podemos encontrar un ejemplo en el libro que había publicado antes de la revolución bajo el título de Un Paso atrás, dos adelante.
En tales condiciones se comprenderá que Lenin, así como no podía, ni quería soviets, ni cooperativas verdaderas, que tuvieran su propia dirección, incluso coordinada en un conjunto que habría podido armonizarse. No podía aceptar la existencia de sindicatos no sometidos a la dictadura de su partido, es decir a su dictadura personal. Por eso la Cheka intervino después del golpe de Estado de octubre en las asambleas de las fábricas; por eso los trabajadores de las fábricas comenzaron muy pronto a protestar contra esas intromisiones; en los centros industriales, particularmente de Petrogrado y Moscú, fueron organizadas conferencias de delegados de fábrica, contra las cuales la Cheka cometía estragos, procediendo a arrestos a menudo masivos. Esta lucha no respondía solamente a la voluntad de los trabajadores por administrar ellos mismos las fábricas, sino que revestía un aspecto general que concernía a los principios esenciales de la revolución, y al problema de la libertad. Así, a fines de diciembre de 1917, la conferencia panrusa de los trabajadores del libro reunida en Moscú adoptaba una extensa resolución contra la persecución del partido bolchevique a la prensa y los medios de propaganda por escrito, en la cual se encuentran los dos párrafos siguientes:
«1°) Al perseguir a la prensa, el Consejo de los comisarios del pueblo priva a la nación de la única posibilidad de estar informada sobre los actos del poder y sustrae a este último de todo control y de toda responsabilidad;
2°) El hecho de instituir un derecho exclusivo en el goce de la libertad de prensa en provecho de un solo partido, de un solo grupo o de una sola clase impide al pueblo desarrollar sus conocimientos y lesiona los intereses de la clase obrera en lucha por el socialismo».
Naturalmente que Lenin y los suyos acusaron a los trabajadores del libro de ser mencheviques contra-revolucionarios. Tanto más cuando una parte importante de las masas obreras protestaban al mismo tiempo que contra las novatadas de que eran víctimas, contra el cierre de la Asamblea constituyente que implicaba la eliminación de todos los demás partidos y la supresión total del derecho de expresión del pensamiento.
Recapitulemos entonces: anulación de los soviets como factores, de creación administrativa y organización local; anulación de las cooperativas; anulación de las organizaciones sindicales y obrera: formadas y en formación; anulación también de la Asamblea constituyente elegida por el conjunto de la población rusa. Hacía falta ciertamente mucho «genio» para esta gigantesca obra de destrucción de los medios de que disponía la revolución.
En economía, la consecuencia fue una caída vertical de la producción. Todo se paralizaba, de una parte, stocks de trigo que disminuían a una velocidad fulminante en Petrogrado y en otros centros; de otra, las materias primas que no llegaban más a las fábricas de transformación, lo que engendraba una desocupación pavorosa. «En Petrogrado, 832 empresas industriales empleaban, en enero de 1917, 365.800 obreros; en abril de 1918, los efectivos estaban reducidos a 144.000, es decir con una baja del 60 %. En Moscú y en los alrededores, en abril de 1918, 36 manufacturas de textiles que contaban 130.000 obreros y 24 fábricas de construcciones mecánica: que ocupaban 120.000 trabajadores, cerraron sus puertas»
Los robots del bolchevismo nos afirman, repitiendo las argucias de sus amos, que la terrible situación en que se encontró la población rusa en los años 1920-1921 y la que siguió fue la consecuencia de la guerra civil, y sobre todo del bloqueo de las naciones aliadas, después del sabotaje de los contrarrevolucionarios, entre los cuales, según la innoble táctica de la amalgama, Lenin y los suyos; colocaban a los mencheviques, sus compañeros de la víspera, a la socialistas revolucionarios de izquierda y de derecha, y también en la ocasión, a los anarquistas. En verdad, y sin negar de ninguna manera las consecuencias de la guerra civil, esas acusaciones contra las otras fracciones no eran más que mentiras. El hecho de no querer someterse a una fracción minoritaria no implicaba en absoluto que estas otras corrientes estuvieran compuestas de «traidores» y de «contrarrevolucionarios», de «liquidadores» y de «filisteos». Estamos acostumbrados a ese género de acusaciones que los discípulos de Lenin siempre han lanzado y siguen lanzando contra nosotros desde 1917, lo que traería como consecuencia, en una situación revolucionaria, nuestra exterminación; esta simple experiencia nos permite juzgar sobre el valor de las acusaciones arrojadas contra los partidos socialistas y revolucionarios rusos no bolcheviques/5
NOTAS
5/ Vemos cómo los bolcheviques y su jefe supremo aumentaron rápidamente sus efectivos, y de lo que estaban ?compuestos aquellos que hicieron la ley en los campos, contra los campesinos y los revolucionarios no leninistas. Trotsky incorporó a los militares, no por convicción sino por profesionalismo, al ejército estatal existente, como Tujachevski, oficial zarista, o Brusilov, de las glorias del ejército ruso. Naturalmente, el primero de los dos puso toda su ciencia y su técnica de masacre para, bajo las órdenes de Trotsky, aplastar a los insurgentes de Kronstadt. (nota de GL)