La burguesía es la clase dominante que con mayor destreza y más alevosía ha podido disfrazar la totalidad de los vínculos reales existentes entre el trabajo social y el desarrollo histórico de cualquier formación socio-económica.
Su cultura –“nuestra cultura”— ha cumplido con creces la misión de irradiar universalmente la más necia y sesgada versión de cómo ocurren las cosas en la realidad contante y sonante de cualquier sociedad basada en la explotación y la opresión.
Ha tenido, y seguirá teniendo, la pedante pretensión de que la humanidad entera crea que todos los bienes materiales –los necesarios y los suntuarios-- surgen de la bonhomía empresarial y de la sacrificada aptitud burguesa para poner pesito sobre pesito, generosamente, en aras del bienestar general.
En su falaz y burlón maquillaje de los hechos, los ladrones organizados del Estado capitalista, han podido tergiversar incluso hasta la estrechísima y elemental relación que hay, forzosamente, entre la naturaleza en general y la naturaleza humana en particular.
La inversión capitalista --nos dicen minuto a minuto-- es lo que mueve y seguirá moviendo al mundo. El brutal afán de lucro a costa de la bestialización del ser humano, es la motivación clave del avance de la civilización, según nos han dicho hasta el cansancio y nos lo seguirán diciendo aunque el capitalismo se desparrame y agonice de irracionalidad y salvajismo genocida.
Han escondido el hecho fundamental y determinante de la explotación, por cierto, pero también lo han hecho con la única acción lisa y llanamente generadora de bienes materiales y de desarrollo social.
O sea, con el trabajo, sencillamente, con la intervención del cerebro y las manos humanas organizados en la transformación colectiva de los elementos primarios básicos que la naturaleza pone a nuestro alcance como si ésta reconociera en nosotros a una parte de naturaleza necesitada de “la naturaleza” para seguir siéndolo.
La rostruda cultura burguesa ha construido la gigantesca y duradera mentira de que “el capital” es la fuerza creativa y creadora supranatural, omnipotente, capaz de esclavizar pasivamente a las mismas fuerzas de la naturaleza –incluida la naturaleza humana, obviamente-- y de hacernos morir de hambre si un día “el capital” decidiera “desaparecer”.
Debajo de toda esta fábula miserable, se esconden también formas de súper explotación multitudinaria que han adquirido la apariencia de “lo lógico” y “lo natural” y que sobreviven soterradamente asimiladas culturalmente como tal, gracias a una aletargante fuerza de la costumbre que de hecho opera en favor de la clase dominante sin que prácticamente nada ni nadie lo cuestione.
Especialmente quienes hemos abrazado la causa de la revolución como alternativa emancipadora para el pueblo trabajador, tenemos un debe monumental con la más importante de estas formas doblemente ocultas del abuso burgués y que objetivamente constituye la más grandiosa e incalculable usina generadora de mega-plusvalía absoluta imaginable a lo largo y a lo ancho de toda la historia:
La relación intermediada y a distancia entre las patronales y su Estado burgués y la masa inorgánica pero socialmente imbricada de las mujeres que desde su hogar aportan el trabajo “socialmente necesario” para la reproducción de la masa asalariada –de hombres y de mujeres— que interviene directamente en las operaciones productivas, que son, a su vez, operaciones de reproducción del capital y de consecución regular de un modo de producción en el que lo producido socialmente mediante la explotación asalariada, es apropiado privada y violentamente por los parásitos del inversionismo.
Estrictamente hablando, en la persona de cada asalariado, hay por lo menos otra persona –en la inmensa mayoría de los casos, una mujer, compañera y madre— cuya tarea primordial en el esquema articulador del sistema capitalista, es la de preservar y sostener el verdadero ejército de mano de obra que mueve directamente con sus manos y sus cerebros todo el andamiaje del modo de producción capitalista.
Cada una de estas mujeres, realiza un auténtico e ininterrumpido trabajo por el que no recibe de la clase dominante siquiera unas migajas de retribución económica, ni tampoco posee ni en grado mínimo una organización que funcione como herramienta reivindicativa-defensiva elemental.
Nadie, tampoco, la alienta a ello; nadie se ocupa de la “concientización”…
La cultura burguesa ha logrado tal disociación racional entre la acción productiva directa del asalariado “contratado” y la indirecta de las “jefas de hogar”, que hoy suena a demanda lírica o romántica la pretensión de que de una vez por todas esta explotación absoluta y archirapiñera tenga su correlato económico básico, así éste fuese al menos simbólico.
En los cálculos de los “costos de producción” de la empresa capitalista, obviamente que ni figura la parte equivalente a la acción de quienes desde su hogar –alimentando, educando, vistiendo hijos; alimentando y cuidando la mano de obra que son sus compañeros— proveen a los burgueses de la fuerza productiva humana que sí figura en sus costos productivos aunque sea en forma mínima.
En realidad, es la familia como tal la que sirve a los parásitos de la inversión, honorariamente e ininterrumpidamente, de por vida.
Es la familia trabajadora en sí misma la que nutre a los holgazanes del modo de producción capitalista, del “recurso humano” perpetuo sin el que los empresarios e inversores no serían tales ni por asomo.
Y es en la familia, la mujer, la que carga con impotencia y angustia perpetua, el peso alienante de ser el cero a la izquierda del sistema y de quienes nos proclamamos anti-sistema.
Destaca este sector social especial y absolutamente mayoritario para el que ni siquiera existe la posibilidad del paro o la huelga, objetivamente ninguneado no solamente por sus amos de “guante blanco”, sino también en cierto modo por sus propios hermanos de clase, que son sus compañeros, sus hijos y hasta sus nietos, convencidos de que “así debe ser” la situación de súper explotación de la mujer trabajadora (ni hablemos de la que, además de las 8 horas y más, dedica otras cuantas horas a cocinar, lavar y preparar los gurises para la escuela después de ayudarlos con los deberes).
Porque de eso se trata: de la mujer trabajadora-esclava ignorada hasta por su propia clase, que homenajeamos cada 8 de marzo cargando las tintas en la “violencia doméstica” y no en la violencia matriz y despiadada del capitalismo y refiriéndonos a “un género” que al no discernirse entre la mujer en general y la mujer súper explotada en particular, no hacemos otra cosa que ratificar la culposa y engañosa asunción de la ONU (Organización de las Naciones Unidas en el capitalismo) del “Día de la mujer” (sin Trabajadora), que coloca en un inexistente pié de igualdad tanto a las honorables damas ricas y pitucas de las multinacionales y las finanzas como a las sacrificadas mujeres de barrio para las que, a lo sumo, el 8 de marzo funciona como, apenas, reconocimiento facilongo de lo obvio: todo nos viene de las entrañas femeninas.
Lo que debemos celebrar cada marzo y todo el tiempo, es la existencia de la “Mujer trabajadora”, no como poético y perogrullesco reconocimiento “ontológico” al género, sino como reivindicación y reconocimiento revolucionario a nuestras hermanas de clase, cuyo día internacional se originó en el crimen masivo de las “camiseras” de Nueva York secuestradas e incineradas por burgueses y burguesas que alquilaron los servicios de asesinos y asesinas profesionales, para ejecutar una de las masacres más podridas e imperdonables de los que se vanaglorian de ser los que ponen la guita para que esta mierda globalizada siga funcionando.
Es probable que muchos sientan que esta es una manera pesimista o amarga de conmemorar este nuevo “Día de la Mujer TRABAJADORA”.
Es preferible este riesgo al de seguir haciéndole el coro, por desidia y por injusticia propias, a la buena onda burguesa--pequebú que a su vez le hace el coro a una ONU que amasija mujeres a granel en los genocidios imperialistas pergeñados en la misma metrópolis donde una manga de hijos de mil putos, en 1909, carbonizó ferozmente a un centenar de verdaderas mujeres con el nombre bien puesto y que mostraron el camino de la revolución del que aún apenas somos capaces de percibir los tramos menos invisibilizados por la burguesía y apenas considerar el rol de auténtico sujeto social revolucionario de la mujer que encerrada entre cuatro paredes, cada día más clama por salir a las calles y arremeter contra el imperio y sus represores como lo hacían las gallegas que recibieron a Napoleón con generosas dosis de aceite hirviendo desde las ventanucos podridas de sus casas miserables al paso del ejército invasor francés.
“Día mundial de la mujer”, minga…
“DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA”.
Día en el que todos deberíamos empezar a gritar como mujeres furiosas y llenas de odio de clase aunque algunos y algunas se caguen de la risa de nuestra locura ovárico-sesentista:
¡REVOLUCIÓN! ¡MUERTE AL CAPITALISMO PODRIDO!!!.
Gabriel Carbajales
Día Internacional de la Mujer Trabajadora
"Aunque el 8 de marzo se llevaba celebrando en Rusia desde 1914, en el año 1917 las mujeres rusas se amotinaron ante la falta de alimentos, dando inicio al proceso revolucionario que acabaría en el mes de octubre de ese mismo año.
Los acontecimientos del 8 de marzo de 1917 (23 de febrero en su calendario) son importantes, no sólo porque dieron origen a la revolución y porque fueron protagonizados por mujeres, sino porque, según todo parece apuntar, esos sucesos fueron los que hicieron que el Día Internacional de la Mujer se pasara al celebrar sin más cambios hasta la actualidad el 8 de marzo."*
El deseo de fijar una fecha para recordar las reivindicaciones específicas de la mujer trabajadora y darles difusión e impulso fue lo que urgió a las mujeres de ideas más avanzadas a promover esa celebración, cuya significación fue en esa época invalorable.
El 8 de marzo de 1920, Lenin publicó en "Pravda" la nota que se lee a continuación, la cual, al cabo de casi cien años, conserva todo su valor y actualidad.
El Día Internacional de las Obreras
Lo principal y fundamental del bolchevismo y de la Revolución de Octubre en Rusia consiste precisamente en la incorporación a la política de los que sufrían mayor opresión bajo el capitalismo.
Los capitalistas los oprimían, los engañaban y los saqueaban con monarquía y con repúblicas democráticas burguesas. Esta opresión, este engaño, este saqueo del trabajo del pueblo por los capitalistas eran inevitables mientras existía la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas.
La esencia del bolchevismo, la esencia del Poder soviético radica en concentrar la plenitud del poder estatal en manos de las masas trabajadoras y explotadas, desenmascarando la mentira y la hipocresía de la democracia burguesa y aboliendo la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas
. Estas masas toman a su cargo la política, es decir, la tarea de edificar una nueva sociedad. La obra es difícil; las masas están atrasadas y agobiadas en virtud de haber vivido bajo el capitalismo, pero no hay ni puede haber otra salida de la esclavitud capitalista.
Y no es posible incorporar las masas a la política sin incorporar a las mujeres.
Porque, bajo el capitalismo, la mitad femenina del género humano esta doblemente oprimida. La obrera y la campesina son oprimidas por el capital, y además, incluso en las repúblicas burguesas más democráticas no tienen plenitud de derechos, ya que la ley les niega la igualdad con el hombre.
Esto, en primer lugar, y en segundo lugar —lo que es más importante—, permanecen en la "esclavitud casera", son "esclavas del hogar", viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más dura y más embrutecedora: la de la cocina y, en general, la de la economía doméstica familiar individual.
La revolución bolchevique, soviética, corta las raíces de la opresión y de la desigualdad de la mujer tan profundamente como no osó cortarlas jamás un solo partido ni una sola revolución en el mundo.
En nuestro país, en la Rusia Soviética, no han quedado ni rastros de la desigualdad de la mujer y el hombre ante la ley. Una desigualdad sobremanera repulsiva, vil e hipócrita en el derecho matrimonial y familiar, la desigualdad en lo referente al niño, ha sido eliminada totalmente por el Poder soviético.
Esto constituye tan solo el primer paso hacia la emancipación de la mujer.
Pero ninguna república burguesa, aun la más democrática, se atrevió jamás a dar ni siquiera este primer paso. No se atrevió por temor ante la "sacrosanta propiedad privada".
El segundo paso, el principal, ha sido la abolición de la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas. Así, y únicamente así, se abre el camino para la emancipación completa y efectiva de la mujer, para su liberación de la "esclavitud casera", mediante el paso de la pequeña economía doméstica individual a la grande y socializada.
El tránsito es difícil, pues se trata de transformar las "normas" más arraigadas, rutinarias, rudas y osificadas (a decir verdad, son bochorno y salvajismo, y no "normas"). Pero el tránsito ha comenzado, se ha puesto inicio a la obra, hemos entrado en el nuevo camino.[...]
Lenin, V. I., “Control obrero y nacionalización”, Ediciones Tierra Nueva, Buenos Aires, 1973, pp. 224/6.
*http://www.lahuelladigital.com.
JuandelSur