Los enviados de Trump, la revuelta europea
y un pueblo que camina junto a sus santos
Conversación con Dugin en el programa Escalation de Sputnik TV
Aleksandr Dugin, 11 sept 2026 Multipolar Press
Dugin sostiene que Trump envió a familiares y negociadores para que escucharan que Moscú pondrá fin a la guerra en sus propios términos, mientras que la revuelta del «sentido común» en Europa y una gran manifestación en Moscú demuestran que los pueblos están despertando más rápido de lo que pueden seguirles el paso las élites que aún imponen su barrera de protección.
Presentador: La noticia principal de los últimos días, que se discute activamente a ambos lados del océano, es el nuevo intento de los mediadores políticos por resolver la crisis. Los enviados especiales del presidente estadounidense, Steve Witkoff y Jared Kushner, visitaron Moscú, donde se reunieron con Putin, y luego se dirigieron a Kiev. Dado que la delegación estaba encabezada formalmente por Steve Witkoff, y no solo por Kushner, muchos expertos ven aquí, ante todo, un gran acontecimiento político y no simplemente intereses comerciales. ¿Cómo evalúa usted este doble viaje del establishment estadounidense y cuáles son, en su opinión, los intereses reales de Trump en este proceso? Difícilmente se trate exclusivamente de humanitarismo y pacifismo.
Dugin:Creo que a Trump no le quedan muchas líneas de coherencia. En gran medida, ha renunciado a su programa de campaña, pero, no obstante, hay que reconocer la realidad objetiva: su actitud hacia Rusia no ha cambiado en lo fundamental. No consideraba que esta guerra contra nosotros —que, por cierto, heredó de la administración anterior— fuera su principal prioridad. Apoya a Ucrania, para él son de los suyos; está en guerra con nosotros, pero eso no es lo más importante para él. Y en eso sí es realmente coherente. Si su política se diferencia en algo de la de sus predecesores —además de una presentación externa bastante extravagante—, es en la forma sistemática en que relega el conflicto ucraniano a un segundo plano. Trump lo ha demostrado desde el principio, incluyendo en Anchorage, durante todo este año y hasta las últimas visitas de Witkoff y Kushner. Él dice: en general, no me importa nada Ucrania; para mí, lo fundamental es el Medio Oriente, lo fundamental es el hemisferio occidental, y no pienso meterme en esta guerra, no tengo intención de dar explicaciones ni entrar en detalles, así que terminemos con esto lo antes posible.
Cuando envía a Kushner y a Witkoff —quienes son sus parientes, socios comerciales y miembros de su familia—, ellos transmiten exactamente lo que Trump quiere de esta situación. No quiere entrar en guerra, no le interesa. Claro, no piensa entregar a Ucrania sin más y su administración sigue brindándole ayuda militar. Pero cuando John Ratcliffe llega a Moscú como director de la CIA, eso ya es otra historia. Se trata prácticamente del «Estado profundo», que ve a Trump solo como un presidente interino. Trump amenazó con acabar con el Estado profundo, pero no pudo, y eso es evidente. Por eso, la conversación con Ratcliffe se diferenció sustancialmente en su tono de la charla con Witkoff y Kushner.
Tenemos ante nosotros dos instancias distintas. La primera es la CIA y el complejo militar-industrial yanqui, el «estado profundo», que lucha contra nosotros hasta el final, hasta nuestra derrota estratégica. La segunda es Trump, quien envía a sus personas de confianza, representantes autorizados del sector empresarial y de su visión no clientelista de la política interna, quienes transmiten una idea completamente diferente. Al comparar los mensajes de Ratcliffe y con el de Witkoff y Kushner, nuestros líderes sacan conclusiones absolutamente acertadas.
Ante todo, teníamos que transmitirle a Trump lo más importante: estamos dispuestos a poner fin por completo a este conflicto y eso es precisamente lo que él quiere escuchar. Envió a Witkoff y a Kushner con el único propósito de obtener del Kremlin una respuesta sobre nuestra disposición a poner fin al enfrentamiento. Y la está recibiendo. Al mismo tiempo, todos los comentarios occidentales —de los que aquí casi no se habla— coinciden en que las exigencias de Putin irán en aumento a medida que avancemos en el frente. Y así está sucediendo. Las condiciones a la fecha se han vuelto más duras y en esto coinciden absolutamente todos los analistas occidentales, independientemente de si exageran o no. En política todo funciona exactamente de esa manera.
Desde la perspectiva mediática, vemos el siguiente panorama de esta visita: Trump envió a sus representantes, tal vez con el fin de suavizar el tono abiertamente de ultimátum de Ratcliffe, quien representa la línea atlantista. Trump no controla muchas cosas en EEUU —allí gobierna el «deep state»—, pero envió a su gente a discutir posibles formas de detener el conflicto y obtuvo la respuesta deseada.
Después de eso, se dirigieron a Kiev. Allí sonreían, pues se trata de puro negocio, un trato puro en el que no hay nada personal ni geopolítica. Se divirtieron en el Palacio Mariinsky, que, por cierto, fue construido por el Gran Imperio Ruso y lleva el nombre de su emperatriz —lo cual también es muy simbólico—. Zelenski, por supuesto, entiende todo esto perfectamente. Apuesta por el «Estado profundo» occidental y espera a que el mandato de Trump llegue a su fin o a que lo tengan atado de pies y manos tras las elecciones intermedias, que ya están a la vuelta de la esquina. Es precisamente por eso que Zelenski está ganando tiempo: les dice a los estadounidenses «sí, sí, yo también estoy listo, para no molestar a Trump», pero de inmediato exige que se involucren sus colegas europeos. ¿Y qué harán estos colegas europeos? Endurecerán de inmediato todas las condiciones de las negociaciones para que todo se frustre. Y eso es justo lo que Zelenski necesita.
Analicemos entonces estos acontecimientos desde algunas perspectivas más. Muchos dicen que, dado que USA, a través de corporaciones transnacionales —como Monsanto, BlackRock y otras—, posee importantes activos en Ucrania, el viaje de Kushner y Witkoff tiene un importante trasfondo económico. Se trata de un intento de reservar y asegurar estos activos para el capital estadounidense en caso de que la guerra termine en nuestros términos. Desde este punto de vista, ¿viajan también porque para Trump las relaciones con estas empresas transnacionales son vitales y está obligado a defender sus intereses comerciales en el marco de la solución del conflicto?
Dugin: Tampoco se puede descartar ni ignorar esto, aunque no creo que el aspecto económico sea primordial aquí. En mi opinión —y puedo estar equivocado—, estamos mostrando una enorme flexibilidad al respecto. Le decimos a EEUU: entréguennos Ucrania, acepten nuestras condiciones, y en el plano económico estamos dispuestos al diálogo. Una Rusia fuerte y poderosa, que establezca control sobre este «campo de juego» impredecible, anárquico y nazi que se ha formado en Ucrania, se convertirá en un socio mucho más confiable y predecible para las empresas estadounidenses. Podremos garantizar el cumplimiento de los acuerdos y la seguridad de todos los activos.
Si Trump razona como un empresario pragmático, debe comprender que, en este sentido, Rusia le resulta mucho más ventajosa. En primer lugar, estamos sumamente resentidos e irritados por la política destructiva de la UE, y en este sentido podemos convertirnos perfectamente en aliados de USA para castigar a los burócratas europeos. Sin duda podremos anular todos los compromisos de Ucrania con Europa al pasar el territorio a nuestro control. En cuanto a las corporaciones yanquis, si Washington se muestra flexible, estamos dispuestos a aplicarles estándares completamente diferentes.
No obstante, es evidente que nuestras posiciones en las negociaciones se han endurecido notablemente. Ahora todos se preguntan si se llevará a cabo una reunión de pleno derecho entre Putin y Trump —para la cual, al parecer, también se estaban realizando preparativos— o si el diálogo continuará exclusivamente a través de enviados especiales. Pero cada vez con más firmeza hablamos con USA en nuestros propios términos. Y estas condiciones consisten en la implementación incondicional de los objetivos fijados desde el inicio mismo de la operación militar especial.
Repetiré por enésima vez algo que, por alguna razón, siempre se escapa del foco del análisis internacional: es imposible alcanzar los objetivos fijados sin establecer un control militar y político total y directo sobre todo el territorio de Ucrania. No podemos esperar que alguien más desarme a este régimen mientras Occidente lucha abiertamente de su lado. No podemos contar con que alguien cambie esta agenda ideológica que odia a la humanidad. Partiendo de los objetivos de la Operación Militar Especial, del colosal precio que hemos pagado y de la imposibilidad de resolver los retos con medidas a medias, nace forma nuestra postura inquebrantable. Si en los momentos de mayor dificultad aún admitíamos ciertos compromisos y concesiones, ahora, a medida que avanzamos, estamos dispuestos a ceder cada vez menos.
Y esto todos, incluido EEUU están empezando a entenderlo claramente. En cuanto a los intereses de las corporaciones transnacionales, por razones puramente tácticas podemos fingir que tomamos en cuenta las preocupaciones de Trump y que comprendemos las ambiciones del gran capital. Necesitamos obtener la victoria y todo lo que nos acerque a ese momento debe aprovecharse. Por lo que puedo juzgar a partir de los comentarios mesurados de asesores presidenciales como Yuri Ushakov, es precisamente esta línea pragmática y firme la que sigue nuestro liderazgo.
Cualquier intento de confiar en acuerdos entre bastidores, concesiones o falsas esperanzas de un compromiso solo debilita nuestra postura impecablemente firme. No negociamos: vencemos. Y si Witkoff y Kushner, con sus visitas, nos ayudan a acercar esa victoria —aunque sea persiguiendo sus propios intereses—, son bienvenidos. Si, por el contrario, su objetivo es alejarnos de nuestra victoria, cualquier acuerdo dudoso quedará simplemente anulado por nuestro principal argumento: la victoria en el campo de batalla.
Mencionó la cercanía al presidente y la precisión de los comentarios de Yuri Ushakov y Serguéi Lavrov. Me gustaría abordar esto desde una tercera perspectiva: la evaluación del papel de la personalidad en la política de alto nivel. Desde hace tiempo se habla de que los contactos personales entre Trump y Putin y el respeto por el aspecto personal de ambos líderes desempeñan un papel importante, especialmente considerando que Trump ve a Putin como un líder fuerte, algo que ha destacado en repetidas ocasiones. En teoría, deberían reunirse; al menos, existe esa posibilidad en la cumbre de la APEC del 18 al 19 de noviembre y Yuri Ushakov ha declarado que dicha reunión es posible. En este sentido, conociendo la actitud personal de Trump hacia Zelenski, que ya se manifestó en el Despacho Oval y posteriormente, ¿se puede decir que a Trump, perdón por la forma de expresarlo, le resulta más agradable tratar con Putin que con Zelenski en términos de confianza, comprensión y profundidad de carácter?
Dugin: Creo que eso es absolutamente cierto, sin duda alguna. Pero Putin es un adversario serio, mientras que Zelenski es un malentendido, un error. Un vestigio malentendido heredado de la administración anterior, de los globalistas. Muy descarado, insolente, sin talento, corrupto y, en general, simplemente alguien que se interpone en el camino de Trump. Son categorías de peso completamente diferentes. Rusia es un polo independiente. Puede que a Trump no le gustemos —y, de hecho, ¿por qué le íbamos a gustar?—, pero entiende que somos una potencia y a una potencia la respeta. Zelenski, en cambio, es ante todo descaro. Y con el descaro, precisamente, tiene todas las razones para no respetarlo.
Pero llamemos a las cosas por su nombre: aquí todo depende de una sola persona. Tenemos una monarquía en el país. Una monarquía democrática, una monarquía con orientación social y todos los atributos de la democracia, pero precisamente una monarquía, porque la tuvimos tanto en la época soviética, como en la época liberal y en la época zarista. Somos una sociedad monárquica y todo depende de la máxima autoridad. Por eso, nuestra máxima autoridad es verdaderamente soberana.
La situación es completamente diferente a la que vemos actualmente en los EEUU Depende mucho de lo que le guste o no a Putin. Él puede decir: «Confío en esta persona, haré esto», y todos responderán: «Sí, señor». Y aquellos que tienen su propia opinión pueden murmurar, refunfuñar, gruñir o toser por ahí, pero eso no tiene ninguna importancia. En USA no es así en absoluto. Trump es un líder muy fuerte, llamativo, carismático y extravagante. Pero, claro, no gobierna a USA —eso es lo que quiero decir—. Gobierna su cuenta en las redes sociales. Aunque le gustaría mucho hacerlo. Utiliza un enfoque posmoderno y ha convertido su red social, Truth Social, en una especie de análogo del gobierno yanqui. Influye en los mercados, en los flujos de información y en la agenda con sus publicaciones. Es una influencia seria y yo no la descartaría, pero, a fin de cuentas, eso no es EEUU
Allí donde surge el «deep state», allí donde surgen ciertos grupos de presión, Trump es impotente. Por supuesto, escribe en las redes sociales: «Soy tal y tal, hice tal y tal, soy un campeón», pero la realidad detrás de él muestra procesos completamente diferentes. No tienen monarquía. Y no es casualidad que millones de personas en USA salgan a manifestaciones contra Trump con un solo lema: «No kings» — nada de reyes, nada de monarquía. Es una república, pero en esencia es una oligarquía. Hay que tener en cuenta a los ricos, a las organizaciones secretas que gobiernan USA a los grupos de presión y al «deep state»
Resulta que Trump es el rey de las redes sociales, el monarca del flujo de información, pero ¡cuánto limita eso sus poderes reales! Putin puede simpatizar con él o no, pero Trump lidera USA, aunque no sea un rey. Él no es el rey. Y Putin sí es rey. Putin es un monarca ruso, un zar ruso. Él gobierna nuestro país basándose en su voluntad, en su autonomía y en su conciencia.
Si simpatiza con Trump, de ahí se pueden sacar conclusiones políticas reales. En cambio, el hecho de que Trump simpatice con Putin no garantiza ninguna conclusión definitiva ni de gran alcance, porque detrás de él están los Ratcliffe, detrás de él están aquellos que se enriquecen con esta guerra y se guían por los intereses del atlantismo, tal como se describen en los libros de texto de geopolítica. Trump es un radical libre. Putin responde por sus palabras, pero Trump no del todo. Putin es la máxima autoridad en nombre de Rusia que toma las decisiones, mientras que Trump no lo es.
Esto no significa que Putin actúe de manera arbitraria: él toma en cuenta los intereses del pueblo y de la nación. Es una figura histórica. En cambio, Trump se ve obligado a dar pasos en su política que son directamente opuestos tanto a su programa como a sus simpatías evidentes. Cuando hubo manifestaciones en EEUU en contra de la monarquía, él mismo escribió: «Bueno, sí, ustedes están en contra de los reyes y yo no soy rey». Efectivamente, no es rey. Y debemos entender que nuestro zar está hablando con un no-rey, detrás del cual se encuentra todo el poder de Occidente. Nuestro monarca comprende la importancia de Occidente en su conjunto, pero también es plenamente consciente de lo relativo que es el poder de Trump mismo dentro de este sistema.
Sigamos con la agenda internacional; tenemos dos temas importantes más. En Alemania ocurrió un hecho verdaderamente trascendental y muy grave: el partido «Alternativa para Alemania» ganó por primera vez en la historia unas elecciones en un estado federado, al obtener la mayoría en Sajonia-Anhalt, en el Este de Alemania. Por supuesto, en el Este del país la derecha suele ser más popular que en el Oeste de la antigua RFA, pero este es un hito histórico y ya se ha nombrado al candidato de la AfD para el cargo de primer ministro. También se sabe que en el programa del partido figura el restablecimiento de relaciones pragmáticas con Rusia. ¿Cómo evaluar, desde un punto de vista histórico, la importancia de este momento y si se puede ver con optimismo en el contexto de un futuro restablecimiento de las relaciones con Alemania, en caso de que la AfD llegue al poder a nivel nacional?
Duguin:Considero que este es un acontecimiento muy importante, extremadamente importante. Es mucho más que el simple hecho de que en uno de los estados se haya formado un gobierno o de que uno de los partidos haya obtenido la mayoría. Si este partido no fuera algo inusual.
Este partido representa un movimiento populista, es decir, un movimiento popular dirigido contra las élites liberales globalistas. Es decir, es un partido que está rodeado por un cortafuegos —un muro de fuego. De contención, como dicen los políticos— y es «intocable». Es decir, desde el punto de vista de la política liberal globalista oficial, es un partido extremista, hay que prohibirlo, hay que excluirlo de las elecciones, no se puede votar por él. Y esto es un tabú; se trata de marginados peligrosos y antisociales que cuestionan lo más importante: el movimiento LGBT, prohibido en la Federación Rusa; la migración sin límites; la globalización; la ausencia de la familia; la guerra contra Rusia y el apoyo incondicional a Ucrania.
El partido AfD niega todo esto y considera que Alemania debe ser una sociedad buena, normal y sana. No son en absoluto extremistas, porque hoy en día, en la Europa contemporánea, se considera extremismo defender la familia, amar a los niños, negarse a realizar operaciones de cambio de sexo a menores, prohibir desfiles pervertidos especialmente repugnantes, en lugar de movilizar a todos para la guerra contra Rusia, ni financiar ni volar los propios gasoductos que, entre otros, pertenecen a Alemania, ni aplaudir eso ni dejar en libertad a los delincuentes. Todo eso es lo que se llama «corrección política». Y cualquiera que se oponga a esto es un extremista.
Y, además, por cierto, es muy bueno que regrese la Alianza de Sahra Wagenknecht el BSW Es un partido de izquierda, nada de derecha, no conservador, con orientación social, pero que también desafía esta agenda idiota de las élites globalistas y totalitarias. Antes había estado en declive, pero ahora ha conseguido escaños en el parlamento de Sajonia-Anhalt. Es decir, a grandes rasgos, tanto los votantes —casi la mitad, un poco menos— que votaron por la AfD, como los que votaron por Sahra Wagenknecht, dijeron: «No nos gusta este manicomio en que se ha convertido la Europa actual. Queremos una Europa normal».
Esto ya es extremismo.La normalidad es extremismo. Es decir, las minorías deben gobernar, los migrantes deben inundar y destruir a la población local, a todos deben transformarlos, castrarlos o cambiarles de género a la fuerza, expulsarlos. Cada organización, cada distrito debe presentar su propia caravana en el Orgullo gay, que está prohibido en la Federación Rusa. Y esto se llama política dominante. Y cualquiera que se atreva a desafiar esto... Sí, hay que luchar contra Rusia, hay que infligirle una derrota estratégica a Rusia, todos deben luchar, huir. Si estás a favor de Ucrania, puedes ser quien quieras, no te llamarán extremista, pero si estás a favor de la familia tradicional, te declararán neonazi. Una familia normal compuesta por un hombre, una mujer y niños —todo eso, sí, si además son del mismo color— simplemente te convierte en un verdadero nazi, a quien hay que encarcelar y prohibir. Así son estas costumbres.
Y ahora, contra estas costumbres, se están levantando personas comunes y corrientes —no de la extrema derecha ni especialmente patriotas—, sino simplemente europeos comunes y corrientes quienes ya han tenido suficiente. En Alemania, están empezando a votar por la AfD, por la izquierda, por Sahra Wagenknecht. En Francia votan por la más conservadora Marine Le Pen, quien es líder absoluta en todas las encuestas: allí gana de inmediato, en la primera o en la segunda vuelta, sin duda alguna, frente a cualquier candidato. Y quienes están descontentos con Macron desde la izquierda votan por el segundo contendiente: el partido de Melenchón.
Es decir, tanto en Francia como en Alemania —que, al fin y al cabo, son dos países grandes— la élite antiglobalista está ganando abiertamente. Y la élite globalista no tiene intención de escucharlos. Sigue rodeándolos con un muro: no se pueden formar coaliciones políticas ni con Le Pen ni con la AfD. Están condenados porque abogan por un regreso a la normalidad, a una política europea normal, a una cultura, una educación y una familia normales y a relaciones normales con el mundo exterior.
Por cierto, AfD aboga por una alianza con Alemania y por una alianza con Rusia. Europa tiene sus propios intereses, Europa tiene sus propias posturas, que no entran en conflicto con las de nadie. Y Alice Weidel no insiste en medidas radicales, simplemente insiste en volver al sentido común. Es un partido del sentido común, no es extremista, ni de derecha ni de izquierda; simplemente es un partido del sentido común. Lo mismo ocurre en Francia.
En definitiva, en Europa está surgiendo una nueva situación política: se trata de una lucha a vida o muerte entre el partido del sentido común y unas élites completamente maníacas y desquiciadas. Son élites que insisten en las perversiones, en las guerras, en los crímenes, en la inmoralidad y en los pecados, en contra de la voluntad de sus propios pueblos. Por eso están socavando cada vez más la democracia, tildan con etiquetas terribles a quienes respetan el sentido común y libran contra ellos una verdadera guerra terrorista. Esto es lo que tenemos en Europa.
Y el hecho de que, a pesar de todo esto, en un estado federal concreto de Alemania hayan vencido —o, más bien, se les haya permitido vencer— las fuerzas del sentido común de derecha, tiene una importancia enorme. También existe el sentido común de izquierda, representado por Sahra Wagenknecht, aunque por ahora está peor organizado. Las demás fuerzas políticas, en cambio, representan el extremismo absoluto: maníacos liberales como el SPD ( partido social demócrata), maníacos verdes, personas absolutamente monstruosas y dementes. Son simplemente locos. Entre estos verdes hay quienes apoyan las cosas más repugnantes; es una verdadera perversión de la élite. Y las fuerzas sensatas —tanto de derecha como de izquierda— ahora se están levantando juntas. Y esto, me parece, es sumamente importante.
Sin embargo, por supuesto, no debemos sobrevalorar a estos partidos del sentido común. En USA ganó el equipo de Trump y al principio allí ni siquiera se percibía un atisbo de sentido común. En Italia, votaron por Giorgia Meloni como representante de la derecha del sentido común, pero su política como primera ministra no difiere mucho del rumbo de sus predecesores. Por eso, la pregunta es hasta qué punto estos partidos del sentido común, al llegar al poder a nivel local o federal, podrán llevar a cabo sus políticas.
Después de todo, el Occidente actual está gobernado por auténticos maníacos y satanistas; esta es la civilización de Epstein. La mayoría de la población —tanto en USA como en Europa— está totalmente en desacuerdo con ellos. Los partidarios del movimiento «Make Europe Great Again» y los seguidores de MAGA yanqui se sienten desconcertados por ellos, pero el control de estas élites sobre Occidente, sobre la sociedad, sobre los medios de comunicación, las instituciones educativas, la ciencia, la filosofía y la economía es enorme y no se debe subestimar. La lucha entre el pueblo y las élites apenas está comenzando. Y ahora se encuentran en total oposición entre sí. Los partidos que expresan el sentido común del pueblo están siendo objeto de una verdadera represión por parte del sistema totalitario de la élite liberal-globalista atlantista —ese Estado profundo transnacional e internacional que buscará cualquier medio para detener este movimiento patriótico.
Una pregunta breve sobre este mismo tema, después de lo cual pasaremos a un tema muy importante dentro de Rusia; me gustaría escuchar su comentario detallado. Aquí hay dos puntos. Muchos consideran que, dada la degradación de las élites europeas, en otra situación les convendría reconocer la derrota, en lugar de entrar en una confrontación dura, intentando suavizar las cosas con el tiempo. En cambio, optan por agravar la situación y aprietan las tuercas. ¿Se puede suponer que las fuerzas centristas o de izquierda, como Sahra Wagenknecht y Melenchón en Francia, al darse cuenta de esto, se unirán a la derecha, entendiendo que, de lo contrario, simplemente las aniquilarán y las silenciarán? Después de todo, todo el poder del establishment actual se ha volcado en la lucha contra ellas.
Duguin:En primer lugar, descarto por completo la posibilidad de una corrección racional del rumbo de las élites gobernantes. Son unos locos. Miren a estas personas: a von der Leyen, a Kallas, a Berbock. Esto está completamente fuera de cualquier norma antropológica; son degenerados a quienes llevaron a esos cargos debido a sus insignificantes cualidades intelectuales. No son capaces de replantearse su postura. Los pusieron al frente exclusivamente para radicalizar el totalitarismo liberal-globalista. Deben seguir esta línea con firmeza y nunca cambiarán de rumbo. Han tenido un millón de oportunidades, pero nunca lo han hecho, sino que solo han apretado más las tuercas. Es más probable que ocurra una explosión y comience una guerra civil que a que estas élites globales cambien su rumbo.
En cuanto a la barrera entre los populistas de derecha y de izquierda, superarla significaría el fin del sistema y ellos lucharán contra ello hasta el final. Lo vimos en Italia, donde el Movimiento de los Cinco Estrellas estuvo a punto de aliarse con la Liga del Norte para llegar al poder. En ese momento, el sistema impulsó a Meloni, una figura más manejable, para impedir esa alianza entre el populismo de izquierda y el de derecha, aunque Italia está compuesta en un cincuenta por ciento por populistas de derecha y en otro cincuenta por populistas de izquierda, mientras que el segmento liberal allí es microscópico. Han tenido oportunidades en repetidas ocasiones de tomar el poder por la vía pacífica, pero el sistema hace todo lo posible por sofocar cualquier intento de este tipo, tanto por parte de Le Pen como de Melenchón. Melenchón, al ser masón, tiene obligaciones con sus hermanos del «Gran Oriente» y cuando se acerca a una alianza lógica con Le Pen, de inmediato recibe de la logia la más severa reprimenda. A Le Pen se le influye con otros métodos: tan pronto como comienza a aplicar políticas de izquierda y su base entre los trabajadores y la gente común empieza a crecer, de inmediato se ejerce sobre ella una influencia anti izquierdista y de la gran burguesía.
Lo mismo sucederá en Alemania. Aunque Sahra Wagenknecht, a diferencia de la izquierda tradicional de Die Linke, ha declarado que aún no están preparados para una coalición política con la AfD, sí lo están para cooperar en temas específicos. Esta es la primera brecha. Aunque el partido de Sahra Wagenknecht tenga por ahora una presencia modesta, esto demuestra el deseo inicial de los populistas de izquierda de cooperar con la derecha en áreas específicas. Si se lograra eliminar este muro entre los populistas de izquierda y de derecha, creo que en el próximo ciclo electoral, en todos los países de Europa llegarían al poder europeos sensatos. Y ahora están en el poder personas absolutamente anormales y ahí radica todo el problema.
Dedicaremos el tiempo que nos queda a la la Procesión de la Cruz de toda Moscú. Las cifras sobre el número de participantes varían: las oficiales hablan de aproximadamente 100 mil, mientras que las no oficiales llegan hasta las 400 mil personas que marcharon desde la Catedral de Cristo Salvador hasta el Convento de Novodevichie. Y aquí la pregunta es obvia: por favor, evalúe la importancia del evento que acaba de ocurrir. A pesar del fuerte viento y el mal tiempo, acudió tanta gente — ¿qué significa esto para nosotros, no solo para Moscú, sino para toda Rusia?
Duguin:Sabe, yo mismo estuve en esa procesión. Sin duda se reunieron más de cien mil personas, pero es difícil decir cuántas exactamente. Pero todo el malecón, de principio a fin, estaba simplemente repleto de gente. En mi opinión, había alrededor de medio millón o tal vez casi un millón. De todos modos, no quiero entrar en cifras exactas; lo importante es que había una cantidad incomparablemente mayor a cien mil personas. Yo mismo he organizado en repetidas ocasiones manifestaciones en las más diversas circunstancias y de diversa orientación —tanto en apoyo al gobierno en 1990 como de oposición—, he participado en ellas y he dado discursos, por lo que me hago una idea perfecta de esa magnitud. Esa cantidad colosal de personas salió a rendir homenaje a las reliquias, demostrando su auténtico estado espiritual.
Y, de hecho, este evento es sumamente importante, porque la procesión no fue algo común o inofensivo, como podría parecer a primera vista. Se trata de una marcha del pueblo ruso que está despertando y se ha fortalecido espiritualmente. En las filas, junto con los estandartes y los íconos, marchaban representantes de los más diversos grupos étnicos. La base, por supuesto, la formaban los rusos, pues Rusia es nuestro hogar y aquí nos sentimos en casa. Fue verdaderamente una unión de todo el pueblo ruso en torno a sus santuarios, su fe, su historia, en torno al patriarca, a los pastores espirituales, al clero y a sus padres. Prácticamente al frente de cada columna caminaban sacerdotes y diáconos. Eran comunidades parroquiales y simplemente una multitud de gente común y corriente. Sin partidos, sin divisiones artificiales: fue una auténtica procesión del pueblo ruso.
Lo que es especialmente importante es que, en la primera columna, se llevaban las reliquias recientemente halladas del gran duque Dmitri Donskói —el santo con quien, históricamente, comenzó el camino hacia el campo de Kulikovo y la liberación de Rusia—. Aunque esta liberación no ocurrió de inmediato y requirió tiempo, fue un paso fundamental hacia el restablecimiento de nuestra soberanía. La misma palabra «reliquias» está etimológicamente ligada de manera inseparable a los conceptos de fuerza y poder. Y la presencia invisible de los santos rusos, que encabezaban esta procesión, fue percibida por todos los participantes. Después de todo, nuestro pueblo permaneció oprimido durante bastante tiempo. Estuvo sometido a la influencia constante de las más diversas doctrinas ideológicas y élites políticas, que lo obligaban a pensar en sí mismo ora como una clase, ora como el proletariado, ora como un estamento tributario, como campesinos siervos o como una sociedad liberal atomizada. Cada vez que se le imponían marcos ideológicos ajenos, el pueblo se veía privado de su auténtico poder, de su soberanía y de la posibilidad de desarrollar plenamente sus fuerzas históricas creativas en la construcción del Estado y en la vida social.
Estas reliquias también permanecieron ocultas durante mucho tiempo, al igual que las del gran duque. Tuve la suerte de poder venerarlas de manera milagrosa junto con Konstantín Malaféev y Nikita Serguéievich Mijalkov en el momento en que fueron reveladas por completo. Y cuando las reliquias se revelan al mundo, el pueblo acude a ellas por cientos de miles. Y eso solo son los moscovitas; pero en realidad acuden personas de todo el país, porque este es nuestro príncipe, nuestra iglesia, nuestra religión, nuestros santos. Y si creemos en ello, significa que no han desaparecido a ninguna parte: están con nosotros, se preocupan por nosotros y nosotros tenemos una responsabilidad ante ellos.
Ante este poder renaciente del principio ruso, nuestro pueblo se despoja de las anteojeras ideológicas que le han sido impuestas. Hoy, en este sentido, nadie nos lo impide; tal vez este sea un momento verdaderamente único en la historia. Después de todo, durante siglos intentaron encasillarnos: a veces nos mantenían en la condición de clase tributaria, otras nos quitaban el Día de San Jorge, otras nos imponían dogmas capitalistas o comunistas rígidos. Y ser auténticamente ruso, ortodoxo, ser uno mismo, siempre se consideró casi indecoroso. Nuestra prensa, debido a la confusión y al miedo subyacente ante este poderoso impulso espiritual, intenta ahora, por inercia, subestimar las cifras oficiales de participantes. Pero no se trata en absoluto de las cifras, sino de la calidad.
Ayer fuimos testigos de un despertar evidente y brillante de nuestro pueblo, de nuestra sociedad ortodoxa. Y aquí se manifestaron ante nuestros ojos esos mismos valores tradicionales de los que habla el presidente, a los que están dedicados los decretos estatales y que hoy se implementan en la práctica real de los organismos gubernamentales. Familias con niños, personas con estandartes, el clero al frente de las columnas: todo esto encarna el ideal eterno de la Santa Rusia. Ante todo el espíritu, la ética, la moral, el honor, la familia, el amor a la patria, la lealtad al Estado y la absoluta disposición a defender a cualquier precio nuestra libertad, independencia, grandeza y dignidad. Es precisamente esto lo que se nos presentó con toda su fuerza en la Procesión de la Cruz de todo Moscú de ayer