Identidad y Diferencia
(a propósito del 12 de octubre)
Alberto Buela
Hace 80 años el Mago de Friburgo publicó un libro con el mismo título, pero nosotros solo podemos barruntar un pequeño artículo.
El día de la raza declarado por el presidente Hipólito Yrigoyen se fue transformado en el día del descubrimiento, luego en el día del encuentro, más tarde en el de la opresión imperialista para terminar hoy en “el día de la diversidad cultural”. ¡Mamma mia!
Con muy buen criterio la colectividad hispana de USA lo festeja como el día de la Hispanidad, creo que tendríamos que hacer lo mismo, porque lo hispano implica, engloba y supone lo diverso.
Así, cuando decimos hispano no solo nos referimos a la lengua familiar más hablada del mundo, hoy con 670 millones de hablantes, (el chino mandarín es un idioma administrativo establecido por Mao a partir de 1966). De igual manera son hispanos los negros, los amarillos, los blancos, los rojos y los tornasolados, no excluye ninguna raza o etnia.
En cuanto a la religión no caben dudas que lo hispano es convertible con lo católico que se ha convertido en nosotros además en un rasgo antropocultural. Y por esta última razón son considerados hispanos: protestantes, musulmanes, judíos y otras variantes.
Con respecto a las instituciones, usos, maneras y costumbres lo hispano salta a la vista sin mayores esfuerzos.
El carácter antropocultural de lo católico, esto es más allá de lo sobrenatural, con el que está dotado el hombre hispano lo hace por naturaleza diverso. Es decir, la diversidad le es connatural. De modo tal que cuando el progresismo actual pretende conmemorar el 12 de octubre como el día de la diversidad cultural está haciendo, sin saberlo o pretendiendo lo contrario, conmemorar la Hispanidad.
Así como no se puede miccionar contra el viento sin mojarse, de la misma manera, no se puede pensar en contra de la realidad porque ésta se vuelve en contra de lo pensado.
El ser es, el ser existe y la realidad de lo hispano está plasmada en la historia con sus hechos y actos realizados: los grandes descubrimientos, el trato con los indígenas, la creación de universidades y la matriculación de indios y negros, la estabilidad económica del real de ocho por tres siglos, las condiciones económicas del labrador americano mejores que las del europeo (von Humboldt dixit), etc.
Hoy cuando el progresismo habla de la diversidad cultural lo hace erróneamente y, sin su fundamento, que es lo hispano y, entonces, tiene que recurrir a la imagen del mosaico multicolor, cuando nosotros como enseñaban nuestros viejos maestros somos “un crisol de razas”. Se funden en nuestra identidad hijos y entenados.
Sobre la identidad
Cuando se pretende abordar un tema con algo de seriedad, lo primero es explicitar la cuestión del nombre, aquello que la filosofía denominó quid nominis.
Identidad se entiende de dos maneras, como idem y como ipse. Si la entendemos como idem ponemos el acento en “lo igual”, por el contrario, si la entendemos como ipse rescatamos “lo mismo”.
Si acentuamos lo igual caemos en el igualitarismo del “todos por igual o todos somos lo mismo”, en cambio sí rescatamos lo mismo ponderamos la mismidad y en ese sentido nos acercamos a la identidad con mayor profundidad.
Porque la identidad como afirma Heidegger se basa en la memoria. O como enseñó Aristóteles, no hay saber sin memoria (Mefísica, in principio). Sabemos lo que somos porque sabemos de dónde venimos. Conocemos muestro ethos y al conocerlo nos diferenciamos de los otros, ya sean los miembros de otras ecúmenes o nuestros enemigos.
En el mundo los hombres no están solos sino que existen y viven en torno a una comunidad, de ahí que la identidad habrá que buscarla más en un nosotros que en un yo. [Salto de ajuste de texto]La época de la nivelación de todos por igual de la que hablaba Max Scheler solo la podemos superar recurriendo al rescate de nuestra identidad hispano criolla, que de suyo es diversa, plural y rica. Es sabiendo que tenemos un enemigo histórico que es el inglés y que tenemos una lengua, religión y costumbres que se dan de traste con el mundo anglosajón y su proyecto de un one world.
arkegueta
El día de nuestra Raza
Carlos X. Blanco (12-X-26)
La impugnación de la “civilización moderna” debe ser total, absoluta, sin contemplaciones. Es evidente que, sin retornos, hemos llegado a un final de ciclo. El lodazal en el que chapoteamos y bajo el cual ya sentimos el ahogo, no puede ser más horrendo. Estoy llegando a la plena convicción de esto: no es un mero cambio económico el que se hace preciso y urgente. Nada va cambiar sustancialmente en este mundo -me refiero al llamado “Mundo Occidental”, si el llamado Capitalismo simplemente es corregido, frenado en su voracidad y dinámicas expansivas. Mientras los valores liberales e ilustrados persistan, los monstruos apenas frenados se desatarán de inmediato al poco de la reforma cataplasmática.
Hubo un tiempo, el de la Monarquía Hispánica Tradicional, en que las gentes españolas de nuestro orbe, a ambos lados del Océano, no se movían a golpe de ideales nocivos como “progreso”, “derecho a la felicidad”, “derecho a autodeterminarse”. Las Españas no eran “Occidente”. La llegada de la familia Borbón, tras una Guerra de Sucesión que fue en cierto modo la I Guerra Mundial, arrancó de cuajo los valores tradicionales hispánicos. Estos valores se pueden apreciar todavía hoy en la finísima filosofía escolástica del Renacimiento y del Barroco. Mucho más notoriamente, en el arte y en la literatura del Siglo de Oro están presentes los códigos civilizatorios de la Hispanidad: la fe o la espiritualidad trascendente católica, el honor, el servicio, la lealtad.
La llegada de la dinastía extranjera de los borbones implicó ciertas reformas materiales, algunas necesarias, pero un coste espiritual enorme. En el XVIII se dio el advenimiento de un complejo de inferioridad y una endofobia nacional que aún hoy parecen afecciones incurables. En todo esto tuvo mucho que ver, a qué dudarlo, el influjo continuo de las masonerías extranjeras y extranjerizantes. Aunque la Monarquía de las Españas conservó, hasta Fernando VII, un Imperio territorial y demográficamente inmensos, ese Imperio fue un orden civilizatorio puesto de rodillas, un imperio subalterno de los imperios extranjeros. Tras la dominación espiritual francesa vino la inglesa, y con ambas la disolución de lo Hispánico.
La endofobia española va pareja de una dominación cultural, un verdadero colonialismo. Es desolador escuchar a nuestros adolescentes: “bro”, “brother”, dicen cada dos por tres. España se ha convertido en un barrio “spanglish”. Van vestidos los mozos igual que “afroamericanos” de suburbio yanqui, con las gorras de beisbol hacia atrás, sudaderas enormes y encapuchadas, enormes y ridículos pantalones cortos y holgados, calzones numerados que apenas dejan ver media pantorrilla. Si otrora hizo falta un Esquilache para quitarnos antaño nuestras capas y embozados, en la actualidad bastó con la televisión, Hollywood y el móvil para adocenar a los nuestros. Pero no hay motín. La mente de nuestros niños es un grafiti. Su lengua, un emoticono.
La endofobia española lleva muchos siglos de historia. Ya lo románticos y viajeros decimonónicos de allende los Pirineos quisieron ver rasgos morunos y gitanescos apenas al cruzar la frontera de nuestro país. El propio folclore andaluz se fue descastellizando más y más y el gitanismo lo inundó todo. Esto es lo que tiene ser colonia: desde el exterior te hacen bailar al son que le interesa al amo, y te imponen una identidad impostada. La España moruna, de gitanos y toreros llegó a existir sin haber existido nunca antes, porque era esa España falsa y exótica la que les gustaba a los extranjeros. Olvidada quedaba la elegante guitarra española, la elegante corrida a caballo de tiempos de los Austrias, el gracioso folclore regional de la muy variada y muy rica España auténtica.
Este país, que en sórdidas décadas de “democracia” descendió desde el puesto noveno en potencia industrial mundial, allá cuando yo era niño, a la condición de puñetera colonia, país de “putas y camareros”, con perdón sea dicho, es un país no se quiere a sí mismo. Se odia.
Escribo estas líneas el día de la Hispanidad, antaño llamado “Día de la Raza”. Y entre vergüenza y rabia observo cómo una potencia extranjera (el sultanato de Marruecos) mete de golpe su gente, entremezclada con africanos varios, y se apropia de toda una ciudad española. Los valores hispánicos del honor y la dignidad ¿dónde se han quedado? Un ejército que solo sirve para desfilar, y un capitán general que sólo sirve para llevar chatarra en el pecho no me sirven para nada.
Tenemos al pueblo adocenado, hecho un puré con géneros fluidos, hablando un lenguaje inclusivo, viviendo en un trastero sostenible, repartiendo mierda en un patinete de mierda. Las muchachas, algunas con cuerpo de gimnasio, se han tomado la píldora del día después y la otra píldora la de una esterilidad y vacío perpetuos. Los mozos, algunos con afeites y tintes en el pelo de lo más diverso, también se han hecho una vasectomía cerebral y donde no es el cerebro. El gimnasio, el barbero y los tintes les han despojado de virilidad en un gran tanto por ciento. Cuando sean viejos, los invasores ya habrán sido mayoría. Y esos invasores, con su primitiva moralidad emanada de la selva y del desierto, no van a pararse en contemplaciones. El asilo del viejo español va a ser un foso, que es adonde los enviarán como desahuciados. No lo duden: si no lo paramos, toda España será Ceuta, y todo español sobreviviente será un desahuciado.
No obstante, veo brillar un rayo de esperanza. De entre esa juventud hay un sector (exiguo, de momento) en el cual algo late con vida, un corazón grande muy dentro se remueve. Saben algunos jóvenes que hubo mucha estafa con ellos: profesores que se los llevan de crucero y de excursión, pero que nada enseñan. Títulos académicos con el valor de un papel higiénico. Ocio gratis que les roba datos. Golosinas gubernamentales que esconden una perspectiva de vida sin trabajo fijo, sin hijos, sin casa propia. Soledad, impotencia, confinamiento.
Esa juventud lúcida aún tiene (todos tenemos) que formarse, y ha de hacerlo fuera de los circuitos oficiales. Los refritos ideológicos del instituto y la universidad acabarán cediendo el paso a más sabios discursos en estos autodidactas de quienes será el futuro. La Escuela de Salamanca, Cervantes, Suárez, Balmes, Vázquez de Mella, serán sus luminarias, antes que las necedades de Hobbes, Locke y Rousseau. La admiración por la City, por París o Nueva York serán sustituidas por una pasión por Moscú, nuestra Tercera Roma. Entre el Kremlin y el Escorial deberá crearse un campo magnético que, de nuevo, salve a Europa del caos.
Ese día llegará, no sé si lo verán mis ojos. Pero los Grandes Imperios aglutinantes, como el Español o el Ruso, son construcciones espirituales y, por ende, nunca mueren. Ya sé que los rusos también abortan, también se adocenan con móviles o pornografía. Pero su Imperio es el KATECHON de ese diabólico Occidente, como antaño lo fue la Hispanidad. Por el contrario, la infección ideológica de la masonería, del sionismo, del “progreso” puede ser combatida o erradicada si hay espíritu y si hay lucha. Una vez que hay gente con ganas de trabajar, luchar, rezar y procrear, toda esa basura mental de “Occidente” cae por sí sola.
¿Quiénes serán los nuevos héroes? Agustina se puso, literalmente, “al pie del cañón”. Su pecho fue muralla contra el invasor. Hoy debemos reclutar nuevos Pelayos y nuevas Agustinas. Y ¿con qué cañones o lanzas? El trabajo duro, no hay secretos; y la fecundidad, arar la tierra y frecuentar los libros, escuchar la Palabra y amar el Pasado tanto como el Destino