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Programa EL Cernidor

Programa El Cernidor 29.10.2026

Lunes y Jueves 19.30 hs. https://www.youtube.com/@elpulsometrotv

Horacio Lampariello, Héctor Amodio Pérez y Álvaro Alfonso

Amodio continúa con el estudio del libro de Lessa..

https://www.youtube.com/live/l4T9UPuvGq8?si=eQ9mk3sa2DqWiV6R

 

Cernidor 328, correspondiente al día 29 de octubre de 2026

Comentando el libro A Cara de Perro de Alfonso Lessa. Cuarta parte

Palabras de Amodio: En la página 67, Lessa pregunta: -¿A quién se le ocurrió la idea de simular un cortejo fúnebre para llegar a Pando?

-Dice Mansilla: Esa idea fue de Rosencof. Increíble. Muy bien pensada.

-¿Y él participó? -No que yo sepa.

-¿Sendic participó directamente? -Él Bebe sí, participó directamente, me parece.

Esta respuesta crea incertidumbre, porque en la página 61, Mansilla dice que el acuerdo con Sendic para dividir la columna del interior en dos sectores, lo resolvieron dentro del auto que los conducía a Pando. Diez páginas más adelante, no lo recuerda y Lessa, tampoco. Ni siquiera al corregir el texto, que dice que lo hizo dos veces. El corrector de la editorial, tampoco.

Pero vamos al tema del cortejo: cuando nos llegó la idea de Rosencof, a través de Martínez Platero, a todos nos agradó la idea, porque nos evitaba el robo de madia docena de autos y esconderlos durante varios días. No nos dimos cuenta que dejábamos en manos de la empresa Martinelli la idoneidad de los autos e incluso la seguridad de la operación. Martinelli nos entregó coches de menor capacidad, con lo que hubo que superpoblar alguno y un detalle fundamental que no tuvimos en cuenta fue su escasa capacidad de maniobra. La idea que nos pareció brillante, fue una de las causas del fracaso. Esto fue analizado en su momento y me extraña que no lo recuerde.

-¿Él Bebe incidía en las decisiones y en la planificación sobre las distintas acciones?, pregunta Lessa. -Sí, sí, sobre todo en las acciones de la Columna del Interior participaba en todo. Sobre todo, no, únicamente en las acciones del interior.

-¿En la cárcel y la fuga? Pregunta Lessa -¡Él Bebe en la fuga fue fundamental! En la cárcel fue fundamental.

-¿Por qué? -Él fue el que me mandó a hablar con los presos comunes. Me sugirió hablar con los presos comunes y particularmente con Roberto Anaya y con Arión Salazar. Ah, sí, muy importante. De mirada larga.

Cuando Sendic y Mansilla llegaron a Punta Carretas a principios de octubre de 1970, el trabajo con los presos comunes ya estaba en marcha. En eso fueron pioneros Leonel Martínez Platero e Ismael Bassini, presos desde 1968.  Bassini fue fundamental, por su condición de estudiante avanzado de medicina y por su carácter franco y abierto.

Luego fueron varios los que se dedicaron a ello, para reclutarlos o para conseguir su ayuda y solidaridad en lo interno, siempre pensando en una posible fuga. Se les enseñó a leer a varios, se los atendió como médicos y dentistas, a alguno se le asesoró legalmente y a otros se le organizó la fuga desde el Vilardebó.

Mansilla y Lessa vuelven a hablar de la gente que dicen ayudó a Mansilla en la huida de Pando, y Mansilla dice que los fue a visitar. Ya dije que no creo esa versión, así que tampoco creo que haya vuelto a verlos.

Luego se produce un intercambio de opiniones sobre el asalto al CIM, Centro de Instrucción de la Marina, y Lessa se comporta como si no hubiera leído los diarios de la época.

Lessa acota que gran parte de esas armas fueron para el Caraguatá, la tatucera donde más adelante sería asesinado el peón Pascasio Báez.

-Fueron distribuidas. Yo cuando el Caraguatá estaba preso, dice Mansilla.  El asesinato de Pascasio fue en diciembre de 1971, y por tanto Mansilla estaba en Chile.

A continuación, dice Lessa que Luis Nieto había sido el responsable de la construcción del Caraguatá, pero cuando ocurre lo del peón también estaba preso junto a Fernández Huidobro en la cárcel de Punta de Rieles.

Esto tampoco es así: en diciembre de 1971, el Ñato andaba dando vueltas por la zona de Canelones, con su idea del Plan Collar, y Nieto estaba preso, pero en Punta Carretas. Ambos estaban en Punta de Rieles cuando cayó el Caraguatá, en mayo de 1972.

Poco después, cuenta Lessa algo que ya Nieto había publicado en La guerrilla innecesaria, en su página 7. La versión de Lessa es incompleta, por lo que voy a leer lo que Nieto dijo en el año 2016.

"A finales del verano de 1971 fuimos a retirar de un berretín que habíamos construido en un terreno vacío en Solymar Norte una buena cantidad de armas tomadas el año anterior del Centro de Instrucción de la Marina. Las armas estaban dentro de un tubo de cemento, que colocamos en el lugar como si fuese la cámara séptica de una futura casa. Llegamos con las últimas luces del día, y tardamos bastante en dar con el berretín atestado de fusiles M1 y Springfield. También retiramos varias cajas metálicas con mil proyectiles cada una.

Cargamos lo que la camioneta pudo soportar. A las 10 de la noche la Policía Caminera hacía el cambio de efectivos en el cruce de la Ruta 9 con la Interbalnearia, y si demorábamos podía terminar en una batalla campal. El destino de las armas era la chacra Espartaco; para nosotros tenía el nombre de “Caraguatá”, una faraónica construcción subterránea en medio del campo, cerrada con una piedra de varias toneladas, que se abría por medio de un complejo cierre de contrapesos, como si fuese la cueva de Alibabá.

Yo me había quedado desconforme por tener que dejar parte de lo que estaba escondido en el berretín. Volvimos, hicimos un segundo viaje y, a pesar de eso, seguían quedando armas, unos quince fusiles y otra caja con mil proyectiles. Volvimos al lugar, pero de hacer otro viaje al polígono del Caraguatá, las posibilidades de que nos detuviera la Policía eran muy grandes. Pusimos la tapa al tubo de cemento, acomodamos la arena, y el restante de armas y municiones quedó en aquel lugar: una esquina baldía de Solymar Norte, comprada con los documentos falsos de Jessie Macchi. Pensamos que tras la caída de Jessie sería peligroso volver por lo que habíamos dejado escondido.

Yo también fui detenido en octubre de 1971. Cuando quisimos acordar se nos vino 1972, con un desastroso saldo para el MLN. Entre las cosas que cayeron en manos del Ejército estuvo el Caraguatá, con el polígono de tiro, las armas y municiones, y el cadáver de un peón de campo: Pascasio Báez.

En marzo de 1973 pude salir de Uruguay, primero a Buenos Aires, donde nos hicieron documentos falsos, y después a Chile.

En aquellos tiempos, de emociones y pensamientos cambiantes, las armas que dejamos escondidas en el berretín de Solymar Norte fueron como un talismán dentro de mis recuerdos. De alguna manera, me protegía ante la incertidumbre. ¿Le habría entrado agua al berretín? ¿Y qué voy a hacer con eso si ya no creo en la lucha armada? ¿Lo habrán encontrado los milicos? ¿Por qué esas elucubraciones si desde el año 1973 ya no pertenecía al MLN?

Volví a Uruguay el primer día que pude, luego de un larguísimo exilio de trece años. Una vez en casa tardé varios años más en volver al terreno baldío donde estaba el berretín. El motivo de esa comprobación era una historia que daba vueltas en mi cabeza. En España, y después en Uruguay, estuve vinculado a la producción cinematográfica. Mi tercera película tuvo mucho que ver con aquellas armas enterradas en el baldío que había comprado Jessie Macchi. Ante la inminencia de comenzar los trabajos de pre-producción, fui al lugar. Estaba casi igual a como lo había dejado la noche en que nos llevamos las armas que enterramos tras el asalto al Centro de Instrucción General de la Marina. Se me ocurrió una cosa loca. ¿Y si hacíamos el rodaje de las escenas correspondientes al berretín en aquel mismo lugar, con prensa y todo? Era tentador. Pasaron algunos meses. Cuando ya faltaban pocos días para que Pierre Benzrihem, el director de Fotografía, llegase a Montevideo, volví al terreno de Solymar para asegurarme de que todo estuviera bien.

Lo primero que pensé fue que me había equivocado de calle. Ya no era un terreno baldío. En pocos meses se había transformado en un jardín. Los de la casa vecina habían puesto tierra y césped sobre nuestro terreno de arena, y ahora se veía muy lindo, todo verde, lleno de flores. Al principio sentí decepción, se borraron los titulares de la prensa en beneficio de la película: “Aparece arsenal de los tupas en el rodaje de la película 'Estrella del Sur'”. Pero pudo más la sonrisa. Me habían ganado de mano, mi plan publicitario ya no servía. Al final, las circunstancias de la vida me permitieron cerrar definitivamente el pasado con esa metáfora, que, en definitiva, se correspondía mucho con el país que aparecía entre las cenizas del pasado, el que había encontrado a la vuelta.

Este libro habla de esto, de armas y de abandono de las armas. Habla de lo que pasó en este país con la guerrilla a la que pertenecí, y de la renuncia a seguir por aquel camino loco. No fue fácil, murieron muchos amigos y compañeros con un sueño noble sin cumplir.

No fue fácil aceptar la realidad, porque en esa realidad también cuentan los sentimientos de tantos años, y el recuerdo que permanece es persistencia de voces, miradas, afectos acumulados, en mi caso entre los años 1969 y 1973.

Nuestra decisión le costó mucho a este país, demasiado. Seguramente hubiese sido distinto de haber hecho caso al Che Guevara cuando habló en el Paraninfo de la Universidad, en 1961."

En un programa de El Cernidor, en la CX30, yo leí estas mismas páginas, y Horacio tuvo una idea: Ir a descubrir el berretín. Un sábado por la mañana, junto a Álvaro, Horacio, Nieto y un amigo que tenía un detector de metales, fuimos hasta el terreno. Encontramos una iglesia evangelista en el solar, así como el parrillero que se menciona, encontramos la zona que a juicio de Nieto era la correcta, pero el detector no encontró nada.

Suponiendo que necesitábamos un detector más potente, intenté hablar con Julián Fablet, que tardó varios días en contestarme. Nieto ya había concurrido al comercio y hablado con su hermano. No tenían el detector que necesitábamos.

Fue entonces que al mismo Horacio se le ocurrió poner el dato en manos de la policía. Para eso, le presenté un escrito al Ministro del Interior de entonces, Nicolás Martinelli, al que había conocido un par de años antes.

Me contestó por escrito citándome en la calle Maldonado, la antigua sede del Dpto. 6, y me dio el nombre del funcionario que nos esperaba para tratar el tema.

Acordamos ir en un vehículo policial, los cuatro denunciantes, el funcionario encargado y dos personas jóvenes, hasta el terreno señalado. Ellos ya habían hecho sus comprobaciones.

Cuando estábamos en el lugar, apareció alguien de la iglesia, y el funcionario le explicó de qué se trataba. En el camino de vuelta decidimos que había que encontrar un detector adecuado.

Pasaron meses y llamé el funcionario y me dijo que no habían encontrado el famoso detector.

Pasaron otros meses y nos enteramos que la Intendencia de Montevideo había adquirido un detector que podía servirnos, siempre y cuando se pusieran de acuerdo. Hasta el día de hoy. Así es el Uruguay.

Referido al Casino San Rafael, dice Mansilla que el dinero se transportó en una camioneta que llegó a Montevideo sin problemas. Yo por lo menos, recibí una bolsa de un compañero que bajó del ómnibus en Av. Italia y Comercio. El Ñato narra lo sucedido con esa bolsa, relato que se encuentra en el Archivo Cámpora. Yo tenía que trasladar la bolsa hasta Av. Italia y Santander, donde en el apartamento que alquilaba con Alicia, me esperaba el Ejecutivo al completo: Sendic, Mansilla y el Ñato Huidobro. En el camino me asaltan, entrego la billetera y el ladrón, golpeando la bolsa con un pie, me pregunta en la bolsa que llevás. No la patiés que son tomates, le dije, y el tipo se fue.

En el mismo archivo hay otra nota del Ñato, donde narra su viaje a Punta del Este para tratar de detener el robo al casino por la llegada de Manera desde Cuba, vía Francia.

Dando vueltas al azar, encontró un chalet con ropa colgada y unos niños jugando y dijo tiene que ser aquí. Y era. La prolijidad en las coberturas de los locales nunca el fuerte de Sendic.

Quien le alquilara el chalet, un amigo nuestro, cuando supo del asalto sospechó de Sendic, por la vestimenta y el cuento para alquilar. Además, lo había visto caminando llevando varias bolsas colgadas al hombro.

Producido el asalto, Sendic fue a retirar la fianza y le aconsejaron que se olvidara. Así estuvo de bien planificada la acción.