Envíopostaporteñ@ 786

Desde hace siglos, como quien dice

 

La impresionante mole de tejido adiposo con lentes y gorra visera, baja los peldaños de la escalera de mármol como una hiena obesa e impúdica atenta a los sonidos de la espesura de la selva de cemento de un Montevideo atento a la tormenta en ciernes, mientras suenan los truenos y el cielo se pone negro como el carbón.

Abajo, le espera al bicho redondo una multitud de cámaras y micrófonos y un montón de gente expectante y ansiosa por lo que haya pasado con él arriba, encarado por la jueza Mota y las preguntas que esperan respuestas desde hace como cuarenta años.

La cara del animal esférico y pesado no denota miedo alguno.

Tampoco altanería de fiera acorralada que sabe que en última instancia, pase lo que pase, allí nadie se cobrará con muerte la muerte de Aldo Perrini, el heladero coloniense asesinado en la tortura del pleno auge de los que todavía no eran mastodontes rellenos de la buena vida gastronómica y los finos licores que les deparó la tranquilizadora ley de impunidad.

El general asesino bajó la escalera sin sospechar el par de cascarazos que le propinaría Nino, el hijo de Perrini cuya niñez fueron años de desconsuelo y lágrimas por la ausencia inadmisible de un padre bueno y laburante ejecutado por protestar viendo cómo los milicos de mierda torturaban a unas muchachas detenidas bajo el “estado de guerra interna” decretado por los partidos de la vacunocracia financiera del Uruguay fascistizado.

El hipopótamo de lentes y gorra marrón, la grandiosa bolsa de pedos, el amasije grotesco de grasa y verrugas militares, había podido eludir una vez más la instancia judicial gracias a una chicana burda pero relativamente efectiva planteada por el sujeto que estudió “Derecho” para defender hijos de mil putas que tendrían que haberse podrido entre rejas hace mucho rato.

Pero no pudo eludir las manos llenas de justicia y dignidad de un hombre de laburo, como su padre, sin charreteras ni suculentas jubilaciones de verdugo del pueblo laburante.

Dentro de un rato, ahora mismo, las bolsas de pedos civiles y militares “ofendidísimas” por los sopapos de Perrini, reclamarán al menos la “prisión domiciliaria” para él, mientras el generalote sopapeado se atrinchera en el hospital central de las FFAA de la burguesía cipaya, “descompensado”.

Volverán a intentar crucificar a la jueza Mariana Mota exigiéndole el procesamiento del “agresor”. Clamarán por el respeto y la invocación de que abandonemos los sentimientos de venganza. Lograrán seguramente alguna medida gubernamental que haga sentir a la jueza en la “obligación” de actuar de oficio y “judicializar” los cascarazos de Nino Perrini.

Lo harán, lo están haciendo, mientras, sin que sea muy visible pero sí olfateable, siguen urdiendo la trama asesina de la recomposición del gorilaje alcahuete de los yanquis y cuanta mafia se crea dueña del planeta.

Lo harán, lo seguirán haciendo, porque no mascan mierda ni se ilusionan con edulcorados cantos de sirena de “integración social” entre los exponentes enfierrados de la clase dominante y el resto de los pobres mortales que apenas tenemos un par de manos para defendernos, pero que serán muchas manos y mucha fuerza, si nos resolvemos a juntarlas y a usarlas al menos cuando los nervios de la dignidad popular nos lo reclamen y no podamos ya seguir bancando lo que venga así como así.

Ayer, 13 de junio de 2012, en vísperas del cumpleaños 84 de Ernesto Ché Guevara, la impunidad capitalista recibió en Uruguay el par de bofetadas que todos estábamos esperando desde hace mucho, muchísimo tiempo.

Desde hace siglos, como quien dice.

Gabriel –Saracho- Carbajales, 14 de junio de 2012, fecha del nacimiento de Ernesto