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LA PALABRA Y LOS DIRIGENTES POLÍTICOS EDUCADORES

 

Escribe Ignacio Martínez


Manifiestos, escritos, comentario, discursos
humaredas perdidas, neblinas espantadas
qué dolor de papeles que ha de llevar el viento
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua
Las palabras entonces no sirven, son palabras...


(Rafael Alberti-Paco Ibáñez)

Hace algunas semanas hablamos de la pedagogía en esa escuela llamada sociedad. Uno de los referentes de esa educación no formal, de esa educación en el aula social, son los dirigentes políticos que van desde el Presidente de la República hasta los Ediles y Alcaldes, pasando por Ministros, Senadores y Diputados.

Hay otros dirigentes, claro está, vinculados a los ámbitos sociales más diversos en cooperativas, sindicatos, clubes deportivos, iglesias, etc.

Pero en esta oportunidad quiero referirme a los dirigentes políticos porque tienen un nivel de visibilidad ante la sociedad, que prácticamente les da una enorme cantidad de horas docentes a nivel nacional. Lo primero que quiero decir es que el mensaje que se da es finalmente el mensaje de quien lo recibe.

Si el dirigente quiso decir “A”, pero lo que queda es “B”, pues el mensaje verdadero será el “B”. “¡Ay, yo no quise decir eso!”, se argumentará, o “se me malentendió” se agregará, pero lo cierto es que lo que quedó es el mensaje que perdurará.

Lo segundo que quiero decir es que hay que ser y parecer, porque si uno es una buena persona, pero se parece a una mala persona, lo que sucederá, igual que lo de los mensajes “A” o “B”, es que quedará el parecer en la sociedad que observa.

Lo tercero que quiero decir es que   vivimos en una sociedad observadora, muy crítica, muy acostumbrada a filosofar y deducir. Eso es muy bueno.

Las actitudes y las palabras de nuestros dirigentes son bien observadas, tienen críticas y deducciones de nuestro pueblo nada desdeñables. Aquí es donde debemos decir enfáticamente que no basta con conducir un país.

Los dirigentes deben ser capaces de mostrar con claridad, con honestidad, con transparencia, con inmenso respeto hacia todos nosotros, esa conducción.

Algunos le llamarán carisma, otros le llamarán don, yo le llamo comprensión pedagógico-didáctica y aunque parezca un término un poco rebuscado, quiero decir que el dirigente debe incorporar en su aprendizaje de tal, este aspecto fundamental, no sólo para el éxito personal de su gestión y la de su gobierno, sino para la función docente que el rol de dirigente tiene en sí misma.

Si esto no sucede, si uno va y dice lo que se le ocurre y como se le canta, lo más probable sea que ayude a generar la idea de que todos los políticos son iguales, homogeneizando la visión del dirigente y de la política como un territorio rancio, de los avivados que nada tienen que ver con nuestro pueblo. Y esto no tiene, en principio, nada que ver con las ideas, sino, esencialmente, con las actitudes y con los actos. Y guarda: a veces un solo acto fallido puede derrumbar mil construcciones positivas

La fuerza que tiene el compañero Pepe está en su modo de vida, su austeridad, su verbo sencillo aunque mal hablado y su humildad, y tira por la borda la figura del político tradicional y contribuye enormemente a su popularidad.

Los sectores más humildes de la sociedad se sienten muy identificados con él, que además logró como nadie que esos mismos sectores que siempre votaron a los doctores encorbatados y acartonados, hoy se volcaran a esta figura que incorporó la faceta de hacer docencia desde su pedagogía tan particular.

En otra faceta, a modo de ejemplo, el respeto que generan compañeros como Danilo Astori o Constanza Moreira o Mónica Xavier o Daniel Olesker, muchas veces se debe a que han dedicado sus vidas al estudio en sus diferentes áreas y cuando hablan son claros, extremadamente claros, convincentes, respaldados por el conocimiento y la vehemencia, sin poses ni pretensiones de cinco minutos de fama.

Es que cuando alguien habla hasta dos, tiene que dejarnos la sensación de que sabe hasta diez y que tiene aún en el depósito una marcha multitudinaria de argumentos para reforzar lo que dice. Si transmitimos inseguridad, estamos liquidados.

Si transmitimos vulgaridad, frases hechas, meros argumentos de defensa, por la negativa, estamos liquidados. Si nos queremos hacer los populares hablando mal o adjetivando inútilmente, estamos liquidados.

Si descuidamos la enorme función pedagógica y los desafíos didácticos de nuestras palabras y nuestras acciones, está liquidado el dirigente nuevo para un Uruguay nuevo, y la política seguirá reducida a concebirse como un territorio insano donde la gente se pervierte.

Además hay que agregar que para esa difamación están los especialistas de la oposición y de los medios de comunicación que miran con lupa para convertir la coma que pusiste mal, en la lápida de todo tu discurso.
 
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.


(Blas de Otero)

Columna 163, publicada en el semanario uruguayo El Popular, el viernes 2 de noviembre de 2012