PRIMERA PARTE
ESCENARIO Y PROTAGONISTAS
II- 1830: EL CONFLICTO CONSTANTE
Artigas fue derrotado en 1820 por la alianza de los terratenientes locales con la invasión portuguesa. Traiciones y conspiraciones desde el Cabildo y desde su oficialidad entregaron la plaza de Montevideo al enemigo en 1817, pero la resistencia popular continuó hasta 1820.
A fines de ese año José Artigas se repliega al Paraguay. Desde entonces esta tierra oriental formó parte de las posesiones de Portugal, y como posesión portuguesa, desde 1822, fue parte del recién nacido Imperio do Brasil.
La lucha popular continuó porque el legado de Artigas no había sido olvidado. Finalmente, sin consultar a sus habitantes, el Reino Unido intervino para que se fundara aquí un Estado pequeño, entre Brasil y Argentina, que finalmente se llamó República Oriental del Uruguay
En 1830, quince años después de la reforma agraria artiguista, el Estado “independiente” recién nacido restauró el poder del latifundio
A ello se dedicó el Partido de Gobierno (Partido “Colorado”). Primero se persiguió a los indios y a los esclavos prófugos y luego se desalojó a aquellos nuevos “cimarrones “ que habían recibido tierras en 1815.
A pesar de esta restauración del latifundio, en varias zonas del interior profundo sobrevivió un tipo de productor rural “mediano” y “pequeño” que siguió identificado con aquella memoria del colectivismo difuso y “cimarrón”. Estos hacendados siguieron haciendo de la destreza pastoril y del trato horizontal con “los de abajo” sus principales atributos.
Pero, derrotado el radicalismo social de Artigas, los desposeídos y los cimarrones dejaron de gravitar políticamente. En el flamante Estado uruguayo se enfrentaron dos programas oligárquicos de Gobierno, ambos enemigos de la causa popular, que habían esperado su oportunidad agazapados en la fase independentista. Ahora se expresaron en dos Partidos Políticos.
Uno, el “Colorado” o liberal, siempre defendió los intereses de la clase dominante vinculada a las familias urbanas más adineradas, a los apetitos británicos y al Imperio de Brasil. El otro partido, conservador y proteccionista, intentó una federación de los ricos hacendados del Uruguay y de Buenos Aires para una política conjunta de obtención de mejores precios ante Europa. Se le llamó Partido “Blanco” y décadas después se autoproclamó “Partido Nacional”
A diferencia de otros países, en el Estado Oriental los Partidos “Colorado” y “Blanco” no daban un sentido simbólico a sus colores distintivos. Éstos habían surgido en forma casual al solo efecto de distinguirse mutuamente ante una población analfabeta.
Pese a su conducción oligárquica, ambos partidos eran “policlasistas”. El Partido “Colorado”, que mantuvo el control del Estado, captó a muchos pobres de la ciudad y les dio una oportunidad de trabajo en servicios municipales, en el puerto, en los ministerios del Gobierno, en los cuarteles urbanos y en la Policía. Desde el Gobierno, este partido liberó de la esclavitud a los afrodescendientes pero los obligó a servir en el Ejército.
Por su parte el Partido “Blanco” logró unir a los latifundistas “nacionalistas” con los hacendados medianos y pequeños de memoria “cimarrona” y convocó a los desposeídos del campo, reclamando en su nombre al Gobierno mayor atención y recursos presupuestales para la vida rural. Su prédica fue sentida como más próxima por los trabajadores pobres del campo.
Como el Partido “Colorado” (el más urbano) fue gobierno durante el resto del siglo XIX, los impuestos sobre las exportaciones de productos del campo se invertían principalmente en mejoras en la vida de la ciudad. Desde 1875 los niños urbanos tuvieron mayor acceso a la educación, pues en ese año la dictadura “colorada” de Latorre comenzó a implementar un ambicioso plan de expansión de la escuela pública. Era necesario calificar la mano de obra para industrializar el país.
No ocurrió así con los niños del campo. A nadie en la ciudad le interesaban.
Por ello, no sólo los afro descendientes seguían discriminados. Para las tareas más duras, especialmente para el Ejército, se tomaba prisioneros a hombres del campo sin pagarles nada y se practicaban todo tipo de abusos contra sus familias. Muchas de estas familias rurales tenían sangre indígena y siguieron alimentando por generaciones, contra el Partido Colorado, el odio que habían tenido sus abuelos indios contra el fundador de ese Partido y primer presidente del Uruguay, el genocida Fructuoso Rivera.
Durante el siglo XIX el Partido Colorado, partido único de gobierno, fue el gerente de los intereses extranjeros en el país. El Partido “Blanco” tuvo algunos momentos en que expresó cierta defensa de la soberanía nacional.
Recordemos que estamos hablando del siglo XIX, antes de 1900. A comienzos del siglo XX las definiciones y posturas de “blancos” y “colorados” se volvieron más complejas y contradictorias. Inclusive un ala del Partido Colorado tuvo en sus filas a ciertos reformadores sociales, pero eso fue en el siglo XX; aquí sólo describo la postura de ambos partidos durante el siglo XIX.
Para el tiempo de la gesta de Aparicio Saravia (1896-1904) las memorias de la rebeldía y de la dignidad nacional eran exclusivamente “blancas” y se vinculaban principalmente a un episodio heroico de 1864: la resistencia del “blanco” Leandro Gómez en la ciudad de Paysandú contra a un nuevo golpe de estado “colorado” apoyado por el colonialismo europeo, golpe de estado que buscaba colocar al estado uruguayo al servicio de los colonialistas en un conflicto regional.
Insisto en que para ubicarnos en la época debemos olvidar por un momento lo que pasó después con el Partido “Blanco”, sus posiciones predominantemente reaccionarias en el siglo XX, para entender el sentimiento “gaucho” y “blanco” de la gente que siguió a Aparicio Saravia a fines del siglo XIX
En el mundo rural se mantenían firmemente los recuerdos y las tradiciones. Para mucha gente del campo Aparicio Saravia, de pañuelo “blanco”, encarnaba la memoria de la época artiguista, de aquellos hombres y mujeres de a caballo que ochenta años antes habían participado en la guerra de independencia incorporando reivindicaciones sociales. José Artigas le había dado protagonismo a los fogones populares y en esto se había diferenciado de los masones independentistas que sólo pensaban en los desposeídos como soldados o como esclavos.
Junto al clamor de los más pobres del campo, postergados desde la derrota de Artigas, también encarnó Saravia las aspiraciones de los hacendados “cimarrones” vinculados a la memoria del “colectivismo difuso” del tiempo anterior a 1870, cuando los campos no estaban alambrados todavía y las relaciones humanas eran diferentes.
Los pobres del campo de 1900, los más oprimidos, llevados a golpes al cuartel mientras se violaba a sus mujeres y se dispersaba a sus hijos, no ambicionaban en lo inmediato la tierra en propiedad.
Su anhelo era más sencillo. Querían vivir dignamente en su lugar, como en el tiempo de las “estancias cimarronas”, cuando patrón y peones tenían una relación casi horizontal.
Al principio, y de palabra, el Partido “Blanco” apoyaba al pobrerío rural, pero lo hacía por razones demagógicas y porque se decía representante de “toda la gente del campo”. Exigía que una parte mayor de los ingresos estatales fuera “para el campo”, así, en general, en el reparto de utilidades.
Pero cuando Aparicio, interpretando a su manera esa demanda, dio armas a los pobres del campo, el Partido Nacional se asustó. Colaboró con los “colorados” en su derrota, y luego, pero sólo cuando se cercioró de que ya Saravia estaba muerto, lo reivindicó como héroe partidario.
Paradójicamente fue la gesta de Aparicio que aceleró, por reacción, el viraje definitivo a la derecha del Directorio “blanco” que lo traicionó asustado por su radicalismo social, aunque ahora usa su imagen como héroe partidario.
Pero ¿hasta dónde pensaba llegar Aparicio Saravia? ¿Era posible un retorno a la “estancia cimarrona” y a una escala de producción ganadera que fuera humanamente solidaria y ambientalmente sustentable? ¿Era posible “apretarle la cincha a los platudos” de su propio partido, como manifestó que pensaba hacer?
La pureza de las instituciones democráticas que él proclamó como fin de su movimiento armado ¿garantizaba por sí misma una sociedad de “regocijo” para los de abajo y un gobierno con dignidad “arriba”? ¿Podía haber un cambio sustancial mediante una salida electoral cuando, como él mismo dijo, “estos políticos tienen más vueltas que el Río Negro”?
Pidámosle a Aparicio que nos hable nuevamente. Queremos oírlo. Armemos el puzle de sus mensajes y gestos, e imaginemos entonces lo que pensó aquel 1º de septiembre de 1904, cuando herido de muerte pidió que lo dejaran en una zanja a morir pero que no aflojaran, porque el pobrerío en armas ya era invencible.
Diez días después, cuando culminó su agonía, su lugarteniente Luis Alberto de Herrera ya había firmado la rendición incondicional y otros “jefes blancos” habían dispersado a los combatientes ordenándoles que se reagruparan en el Brasil. En realidad simultáneamente habían informado al Ejército brasileño de la entrada de los grupos dispersos para que se los detuviera y desarmara.
Todavía evocaremos en el cierre de este apartado introductorio una imagen más, un instante apenas, de su intensa vida, cuando aún su muerte todavía parecía lejana, en los momentos de la preparación insurreccional.
Fue en 1896, cuando el Directorio del Partido “Blanco” le dijo que no había dinero para comprar armas para una insurrección popular. Aparicio Saravia arrojó sobre el escritorio del Dr. Berinduague el título de propiedad de sus estancias y le dijo:
-Yo prefiero hijos pobres pero con Patria