SEGUNDA PARTE: LOS ACONTECIMIENTOS
NdeR. en esta entrega se termina con este libro de Gonzalo Abella , no terminado, que fuimos publicando en estas entregas ; queremos hacer un especial agradecimiento al autor, por acercarnos este texto que si ha generado más de una opinión y polémica , y a la espera que siga movilizando decires y de su publicación le deseamos al compa Gonzalo lo mejor en la tarea emprendida gracias y salú
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XXI - LA CAMPAÑA FINAL
Aparicio Saravia no tomó Montevideo. Quizás pensó que de hacerlo hubiera quedado rodeado por los ejércitos en operaciones, a los cuales el ferrocarril hubiera transportado hacia la capital en 24 horas. Pero lo cierto es que la toma del poder no era lo suyo; la destrucción del poder abusivo era su única meta.
Avanza por el litoral rumbo al Norte. Ahora el objetivo es Salto, donde piensa establecer un Gobierno provisional para llamar la atención de la opinión pública regional. Desde allí piensa negociar. Finge un ataque a Paysandú como maniobra diversionista mientras sigue hacia el Norte con el grueso del Ejército.
Confiado, da un descanso a su gente en Paso del Parque del Daymán.
Pero Batlle no ha perdido tiempo. El ferrocarril lleva las tropas de Galarza hasta Paso de los Toros, cuyo puente no fue dinamitado a pesar de las recomendaciones de Carmelo Cabrera. A marchas forzadas avanzan los gubernistas. Cuando Aparicio es advertido de ello por Cayetano Gutiérrez, jefe de su retaguardia, no lo cree. Aparicio le dice bromeando que el susto le ha hecho ver tropas donde no las hay y agrega “para ya estar aquí Muniz tendría que haber volado”.
Cuando llegaron los gubernistas el 2 de marzo la derrota y el desconcierto de las tropas de Saravia fueron completos. Sólo el genio de Aparicio pudo finalmente organizar una retirada escalonada y evitar el desbande. Pero se perdió el “parque” (municiones, pólvora y repuestos) por la imprevisión de no haber cruzado el Daymán la noche anterior. Y los heridos, en las carretas de apoyo, fueron arrancados de sus mantas y degollados en el suelo antes de que Aparicio pudiera ocuparse de su retirada. .
Aparicio organiza las líneas de tiradores que aguantan el fuego y luego se repliegan, siendo reemplazados por una segunda línea y así sucesivamente hasta que Muniz deja de avanzar. Cuando su gente ya reagrupada y a salvo lo aclama, Aparicio les dice:
“No lo merezco. Es culpa mía esta derrota”.
Pero como toda guerra popular Aparicio renace desde los caseríos más pobres de la frontera.
A partir de allí los desplazamientos son permanentes. Saravia aparece por el lugar menos pensado. Galarza reemplaza a Muniz en el Ejército del Norte. Y el 22 de junio se libra la batalla más sangrienta de toda la gesta: Tupambaé. Frente a la artillería enemiga, Saravia ordena avanzar y sólo disparar “a 200 metros de las filas enemigas” para ahorrar municiones.
“El entrevero fue pavoroso”, dijo después un participante, pues se combatió cuerpo a cuerpo. A media tarde del 23 de junio ambos bandos quedaron sin municiones. Los “blancos” se retiran, pero Galarza no puede perseguirlos.
Un mes después Saravia está recibiendo armas en Santa Rosa del Cuareim (Bella Unión). El 22 de agosto se combate en ITACUMBÚ. Y al frente de 14000 hombres rearmados avanza hacia la ciudad de Rivera bordeando la frontera hacia el Este. Cuanto más dure la guerra, más se debilitan las posiciones de Batlle. Por eso Aparicio intenta evitar combates importantes hasta llegar a la ciudad de Rivera, pues se rumorea que habrá nuevas conversaciones de paz.
Adivinando el derrotero de Saravia, el coronel gubernista Muñoz recibe orden del Gobierno de avanzar para llegar primero a Masoller, y ocupar los largos muros de piedra que son excelentes parapetos para los tiradores con máuser.
La vanguardia de Saravia tenía la misma orden: llegar primero a los muros de piedra para proteger desde allí el paso de los revolucionarios. Pero desobedeció la orden y vivaqueó a tres kilómetros del Lunarejo. Al día siguiente ya era tarde: las tropas gubernistas los recibieron con un cerrado tiroteo.
XXII - EL OCASO
El 1º de septiembre de 1904 en Masoller, hubo que dar combate. Saravia no tenía opción, pues la ruta del litoral a Rivera pasaba por allí. La batalla fue, una vez más, intensa.
A las tres de la tarde comenzó el fuego cruzado de artillería. Los gubernistas, dirigidos ahora en terreno por el Ministro de Guerra de Batlle, el Gral. Vázquez, rechazan una carga en el Cerro Lunarejo que es la primera de una serie de intentonas de la caballería saravista por los flancos del enemigo. Éste sigue conservando las mejores posiciones en el terreno.
Aparicio contaba con que el enemigo quedara sin municiones, dada la forma en que usaba de ellas. Bastaba con aguantar hasta la noche y al día siguiente el panorama cambiaría a favor de los revolucionarios.
Recorría las líneas de combate, sobre su caballo, de poncho blanco, cuando una bala lo alcanzó en el vientre.
Fue el comienzo del final. Al advertir el desconcierto en filas “blancas”, sospechando que Saravia había sido herido, el Gral. Vázquez ordena la ofensiva general.
El Directorio “blanco” y sus agentes estaban esperando un momento así. En vano Saravia herido alienta a sus jefes; en vano insiste en que se oculte por unas horas la noticia de que está herido y se siga el combate. Alguien se encarga de que todos sepan que Aparicio está herido de gravedad. Las órdenes, primero contradictorias, luego unánimes, convergen finalmente hacia el repliegue al Brasil en pequeños grupos.
Es una trampa que ya estaba planificada. En dos días el Ejército brasileño, avisado por el Directorio, va apresando y desarmando a los saravistas. Cuando Aparicio muere, Brasil adentro, el 10 de septiembre, la rendición incondicional ya había sido firmada. No fue el Ejército gubernista, sino la traición del Partido cuya bandera levantaba, que lo había vencido.
Lo que ocurrió después es conocido. Durante sus dos presidencias Batlle se esforzó por impedir que el Partido Nacional llegara al Gobierno; incluso utilizó la presión militar sobre los legisladores para ello. Mientras Batlle modernizaba el país los grandes estancieros latifundistas empezaron a enriquecerse rápidamente.
Tomaron el control del Partido Nacional e involucionaron hacia posiciones fuertemente conservadoras, reaccionarias. En términos históricos, no fue una voltereta inesperada. Ya en 1817 Oribe, el fundador del Parido Nacional, había tomado distancia política de la revolución radical de Artigas.
Si en 1864 y en los tiempos de Saravia el Partido Nacional representó a los sectores populares, la derrota de 1904 lo hizo volver a su cauce aristocrático.
La rebeldía de los “blancos de abajo” se expresó en los años siguientes en conatos insurreccionales siempre sofocados por el Partido Nacional “de arriba”, cuyo objetivos de obtener una tajada mejor para los grandes latifundistas fue totalmente satisfecha por Batlle.
Junto a Batlle había políticos que pensaban que debía avanzarse hacia la erradicación del latifundio. Así lo habían hecho los países capitalistas desarrollados. Los latifundios eran un atraso para el propio desarrollo capitalista del campo.
Pero Batlle sabía que si los latifundistas perdían su inmenso poder, el Partido Nacional podía volver a caer en manos populares.
Su política modernizadora no tocó el latifundio, aunque al mismo tiempo impulsó al agricultor mediano capitalista. Finalmente los dos grandes partidos comenzaban a co-participar sobre la premisa del aniquilamiento de sus sectores populares.
Disminuida la posibilidad de alzamientos masivos, la rebeldía del campo se hizo “matrera”. Los matreros fueron los ídolos de la gente pobre, siempre perseguidos por la policía y el ejército, siempre atacando a los ricos y siempre apoyando a los pobres. Ya no había en ellos una propuesta política; había una rebeldía sorda que se expresaba en el apoyo silencioso y masivo que recibían los matreros de parte del pobrerío rural.
Martín Aquino, admirador de Saravia, fue la máxima expresión de esta rebeldía en territorio oriental por los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Su leyenda conserva sus hazañas a través de los tiempos, y se hace canción en varios temas populares.
En Argentina fueron “matreros” famosos Juan Moreira, Mate Cocido, y Cacere’í. Se los quiso confundir con los salteadores y los abigeos que asolaban la campaña., pero la gente siempre distinguió claramente a unos y otros
La muerte de Martín Aquino, acribillado a balazos, fue la misma de sus compañeros de otras provincias. Su final marcó un nuevo avance de las fuerzas reaccionarias unidas.
Quedaron entonces como herencia rebelde los contrabandistas de frontera, de a caballo y con el Winchester siempre listo. Eran los “quileros” del contrabando minorista de los pobres.
Su estampa de hábiles jinetes y baqueanos, conduciendo por los paso de la sierra sus mulas cargueras, fueron la última expresión de esta rebeldía rural aislada e incomprendida por los movimientos sociales urbanos.
Pero el saravismo vive. Sus banderas están presentes en las grandes luchas populares que se desarrollan y se desarrollarán en este siglo XXI. Cada vez que se levante la bandera de la patria para todos, Saravia irá de poncho blanco en vanguardia.
El negro Camundá, su compañero, hará sonar su clarín convocándonos y reconoceremos en ese sonido el eco de un grito charrúa, afro y cimarrón, el llamado artiguista que renació “blanco” en 1864 y en 1904.
Encontrar a Saravia es un mandato que brota y nos llega desde la entraña herida de la pradera.
XXIII - SARAVIA EN LA MEMORIA
En el siglo XX los poemas y las canciones sobre Aparicio Saravia se hicieron innumerables. De intérprete del pueblo humilde y jefe abnegado de los pobres del campo se volvió mártir, leyenda y devoción popular. Era el “Águila Blanca” de la estancia “El Cordobés”, era el “Cabo Viejo” de los alzamientos en los que participó de adolescente, era el Jefe, era el General del pueblo en armas.
Si bien la Historia Oficial buscó exaltar la figura de su archienemigo, Batlle, como un líder popular y querido, no existen canciones que hayan surgido en honor a Batlle entre los pobres de la ciudad que efectivamente lo votaron y recibieron beneficios sociales de su gobierno.
Juana de Ibarbourou, la gran poetisa uruguaya de inicios del siglo XX, era ahijada de Aparicio y lo evocó en sus páginas literarias con inmensa ternura. Quizás por eso el Montevideo intelectual, controlado por los “colorados” menospreció a Juana, ensalzando en cambio a Delmira Agustini y a María Eugenia Vaz Ferreira.
Estas últimas expresan el pensamiento urbano, renovador y audaz, del nuevo siglo; por ello miran hacia Europa. En cambio Juana, mujer del interior, mira hacia adentro suyo, mira hacia el campo que es su memoria esencial. Allí reencuentra a Aparicio Saravia como héroe idolatrado de su infancia.
Juana se atreve a escribir un libro para niños lleno de nostalgias trasgresoras titulándolo “Chico Carlo”, en el dialecto de su frontera oriental-brasileña. Es un agravio bárbaro contra el Montevideo europeizado
La escritora terminó sus largos años en una terrible soledad montevideana.
Por entonces apoyó, aparentemente, al pensamiento político más reaccionario. Quizás se debió a que después de la derrota de Saravia ella asoció todo progreso, todo cambio, con un Partido Colorado que se había vuelto desde 1904 vocero y propagandista de la modernidad. Y vio en cambio en la demagogia del discurso conservador la exaltación romántica de un país que había sido el suyo y que ya no existía.
Lo que en Juana fue confusión y desconocimiento, en la Dirección del Partido Nacional fue la calculada traición a Saravia y su creciente alineamiento con las fuerzas más reaccionarias. El Partido Nacional manipuló la memoria del pueblo sencillo que seguía convocado por la imagen de un Aparicio Saravia que sólo los dirigentes “blancos” evocaban (aunque fuera solo de palabra) y a quien la izquierda desconocía o calumniaba.
Hubo un escritor, un intelectual montevideano “de izquierda” que contribuyó a la calumnia contra Saravia de forma muy especial. A diferencia de otros anarquistas de la época, él sí sabía lo que hacía y por qué lo hacía.
Había sido combatiente de Aparicio Saravia en su juventud, tuvo miedo y había sido tratado de “flojo” por su jefe. Y entonces le subieron a la cabeza todos los prejuicios urbanos de quienes menosprecian la cultura rural.
Escritor brillante, fundó el teatro popular rioplatense y obtuvo un gran prestigio en ambas márgenes del Plata. Por eso la palabra de este destacado dramaturgo incidió muy fuertemente en los intelectuales y hasta en algunos dirigentes obreros que no conocían al Uruguay rural.
¿Para qué saber más sobre Aparicio Saravia, se preguntaban muchos luchadores sociales, si Florencio Sánchez, en las “Cartas de un Flojo”, había escrito lo siguiente?:
“¿Te acuerdas de Aparicio Saravia? ¿Lograste durante la campaña descubrirle otras condiciones que mucho coraje, bastante astucia indígena y algunos hábiles recursos estratégicos como General, y como hombre una escasísima cultura moral, y un espíritu celular con recovecos llenos de esasuspicacia aviesa, chocarrera y guaranga que se cristaliza en el gaucho americano?”
Desde los años 30 la izquierda política hizo un esfuerzo por entender mejor la historia uruguaya. Al principio algunos anarquistas y los socialistas moderados habían creído ver en el Partido Colorado un partido democrático, pero el golpe de Estado de 1933 los desengañó amargamente.
Y si hubo jefes “blancos” cómplices del golpe de 1933, en las trincheras antidictatoriales aparecieron los blancos saravistas, como pasaría luego en 1973.
Pero aún así, antes de redescubrir a Saravia, la izquierda recuperó el perfil anti imperialista de Leandro Gómez.
Estas dificultades para entender su propia historia tienen que ver con el subjetivismo de una sociedad urbana a la que la manipularon para que se sintiera hija exclusiva de los inmigrantes. Sólo en los años 60 la izquierda uruguaya más consecuente empezó a intuir a Saravia
Esto levantó las protestas de un fuerte sector de sus propias filas, que estaba muy permeado de influencias “coloradas”. Muchos socialdemócratas valoraban el rol modernizador del Partido Colorado a comienzos del siglo XX como un paso hacia el Socialismo.
Fue un poeta izquierdista del Norte fronterizo, Benavidez, que escribió un hermoso poema donde se pregunta acerca de las motivaciones de Aparicio Saravia, en versos que otro Benavidez musicalizó y llegó a cantar Alfredo Zitarrosa:
“¿Fue como Florencio dijo / al retratarlo en sus cartas / puro coraje y astucia,/ habilidad y suspicacia?
¿O fue el sentido común / de pisar la tierra ancha / queriéndola sin dobleces, / visto por Javier de Viana?”
Aunque en realidad nadie le cantó mejor a la gesta de Aparicio Saravia que un hombre de origen blanco que hizo la opción de la izquierda en su fecunda madurez.
Él no llegó desde la izquierda al encuentro de Saravia, sino desde Saravia a la izquierda. Se llamaba Osiris Rodríguez Castillos.
Su poema épico sobre Masoller (el combate donde cae herido Aparicio) resulta tan sobrecogedor como contemplar los muros de piedra que se conservan en ese olvidado rincón fronterizo.
Osiris evoca la agonía de Saravia sobre la parihuela en el que lo trasladaban herido y dice: “se llevaban entre cuatro el coraje del Ejército”.
En los duros años de la década del 70 muchos cantautores de izquierda como Aníbal Sampayo cantaron a Aparicio Saravia..
Otros le cantaron también pero desde cierto fatalismo, diciendo que con él todo había muerto y que el pueblo “blanco” se había desmoralizado. Ocultaron, conscientemente o no, el papel intencionalmente desmovilizador que jugó en 1904 el Directorio del Partido Blanco o “nacional”.
Y otros, por fin, reconocieron el coraje y la épica desde filas adversaria. Tal es el poema de Yamandú Rodríguez que evoca un episodio de la gesta de Aparicio donde muere heroicamente su hermano Chiquito Saravia.
Es la famosa Carga de Arbolito en 1897. El poema culmina así:
Donde cayera Chiquito brota siempre un hilo de agua
A dónde van los troveros a bautizar las guitarras
Y es desde el 97 un manantial de tacuaras
Por eso si un hijo pide la bendición a sus tatas
Su madre siempre le dice esta bienaventuranza:
Hijo, Dios te haga guapo
Guapo, como Chiquito Saravia.
Todavía hoy en el campo hay muchachos y muchachas que ensillan y salen por los potreros preguntando al horizonte por Aparicio Saravia. Cada generación recupera la búsqueda.
Muchos de estos jóvenes viven en las ciudades, incluso en Montevideo, pero intuyen o saben que en los potreros que nos quedan están sus raíces y su único destino posible. Comprenden que el modelo que nos imponen es la exclusión de las mayorías, la muerte de la naturaleza, y el fin de los valores que nos hacen seres humanos solidarios. Intuyen o saben que el campo tiene respuestas esperándolos, y que un fantasma herido los aguarda en la lejanía, esa lejanía por ahora inaccesible pero a la que es necesario aproximarse.
Cuando nuestra tierra está siendo saqueada y destruida, cuando los venenos inundan los ríos y caen sobre las cabezas de nuestra gente, necesitamos más que nunca a Aparicio Saravia.
Esta vez los trabajadores urbanos están comprendiendo el mensaje y entre las rojas banderas de la clase obrera resonará el Atabaque ritual de los cultos afroindígenas, la cruz de los que la entienden como disposición al martirio por su pueblo, y el poncho blanco de aquel que, como dice el poeta, al pisar la tierra ancha la amó sin dobleces hasta quedar con vida eterna entre nosotros
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Las citas que fueron extraídas de diferentes libros y artículos (de Luis A. de Herrera, Payró, Javier de Viana, Ponce de León, Aroztegui, etc.) fueron cotejadas con la recopilación de César Di Candia titulada “Los Años del Odio” (Ed. .Fin de Siglo, 1993, Montevideo) y especialmente con la cuidadosa y pormenorizada reconstrucción de la gesta que realizó Nepomuceno Saravia llamada “Memorias de Aparicio Saravia” ( Ed. Medina, 1950, Montevideo) También se consultó la serie “Batallas que hicieron historia” publicada por “El País” de Montevideo con la asesoría técnica del Ejército Nacional en agosto de 2005.