El asalto a Ceuta revela una estrategia geopolítica marroquí y la pérdida de soberanía española en el Mediterráneo occidental
Hipérbola Janus 12 agosto, 2026 (segunda parte)
Ceuta y Melilla desde el ámbito de la geopolítica
Es evidente que la ubicación geográfica de Ceuta y Melilla tiene una importancia primordial para explicar los hechos de los últimos días. Ambas son fundamentales como puntos de apoyo sobre uno de los principales cuellos de botella marítimos del mundo. Hay que tener en cuenta que el Estrecho de Gibraltar es el único acceso entre el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo por el que transcurre una parte significativa del comercio mundial, de las rutas energéticas y los despliegues navales de las potencias occidentales. No se trata de un conflicto meramente fronterizo, y por ello debe ser contextualizado sobre un marco más amplio, de naturaleza geopolítica, donde adquieren sentido las crisis migratorias, diplomáticas y territoriales.
Quizás, antes de ahondar en la cuestión geopolítica, debiéramos incidir en un planteamiento más metapolítico, que más allá de las ciudades norteafricanas, tienen que ver con una crisis de identidad que precede a todo problema territorial. Un problema geopolítico no aparece de manera aislada, sino que es la consecuencia visible de una decadencia política, cultural e institucional previa, como ocurre precisamente con el R78, ampliamente deslegitimado desde hace años e inmerso en una crisis de difícil resolución. Y en la historia de España, ésta última se ha construido siempre en combate directo con aquello que nos niega, frente a un poder antagonista, como ocurrió durante la Reconquista.
En cualquier caso, el asalto a la frontera de Ceuta de finales de julio es la expresión de un problema coyuntural que nos remite a la modificación de las relaciones de fuerza en el Mediterráneo occidental. Por ello hay que saber ir más allá del propio incidente fronterizo, y de las reacciones que se derivan del hecho, para verlo en perspectiva. Lo cierto es que las tensiones actuales habían sido anunciadas con décadas de antelación por quienes estudiaban la evolución estratégica del Magreb, con la creciente influencia marroquí y la progresiva pérdida de iniciativa de España en la zona. A comienzos de la década de 1970 Jean Raspail ya anticipó con su famosa novela El desembarco (El campamento de los santos) las consecuencias de la presión migratoria masiva sobre Europa, con unas naciones debilitadas, cuestionando su propia legitimidad histórica y el valor de la propia cultura y legados ancestrales. Al mismo tiempo, la utilización de grandes movimientos de población como elemento de presión política es algo perfectamente constatado desde hace décadas
Dada la importancia del Mediterráneo occidental, que está siendo objeto de una profunda reestructuración estratégica, las relaciones bilaterales España vs Marruecos no son las únicas en juego, ya que confluyen intereses atlánticos, mediterráneos y africanos. Y en este contexto y juegos de fuerzas, Ceuta y Melilla adquieren una enorme importancia. Ceuta ocupa una posición excepcional, y a lo largo de la historia ha permitido a España mantener una presencia permanente en la orilla africana, y en consecuencia participar en el equilibrio estratégico regional de la mencionada vertiente mediterránea.
El escenario ha cambiado notablemente en las dos últimas décadas a raíz de las transformaciones internas de Marruecos. Frente a la imagen mantenida de un Estado periférico y dependiente, el régimen de Rabat aparece ahora descrito como una potencia regional en proceso de expansión económica, diplomática y militar. El crecimiento de infraestructuras como Tánger Med /15, la diversificación de alianzas internacionales (Estados Unidos e Israel) y la modernización de las Fuerzas Armadas son manifestaciones evidentes de una estrategia nacional destinada a convertir a Marruecos en uno de los principales actores del Mediterráneo occidental y el África atlántica. Y este hecho constituye una amenaza directa para España, dadas las pretensiones de expansión territorial expresadas tanto sobre Ceuta y Melilla como sobre las islas Canarias.
La pregunta pertinente ante este nuevo panorama que se empieza a vislumbrar está clara: ¿qué lugar ocupa España en la reorganización geopolítica del Mediterráneo occidental? La respuesta está en la capacidad que el decadente Estado español sea capaz de mostrar en un escenario que ha cambiado completamente su naturaleza. El servilismo del gobierno español —en el que podemos incluir al resto de fuerzas políticas del régimen, a izquierda y derecha— no augura nada esperanzador o a lo que aferrarse para mantener la integridad territorial o el estatus regional de España frente a Marruecos.
Por ese motivo no podemos interpretar la política exterior de Marruecos como una sucesión de episodios improvisados y oportunistas, porque forma parte de un plan, de una estrategia a largo plazo que ellos están ejecutando de manera coherente y ordenada. Y ahora mismo, quien ha construido el escenario de crisis y quien tiene el control sobre los acontecimientos es Marruecos, no España. Y no debemos hablar solamente de un desarrollo económico y una modernización de las estructuras del país, sino que se han configurado unas élites con un pensamiento estratégico, forjadas en las últimas décadas, con un pensamiento geopolítico, del que España carece por completo en la actualidad. Mientras Rabat ha trazado objetivos permanentes a medio-largo plazo, como la proyección africana, la modernización militar, el control de las rutas comerciales o el fortalecimiento diplomático, Madrid ha quedado atrapada en la lógica de la gestión administrativa, con unas élites traidoras y al servicio de los enemigos de España, incapaz de formular un proyecto nacional para el Mediterráneo occidental.
Y no se trata de que Marruecos haya ganado influencia, es que podemos hablar de un proceso de inversión progresiva en el equilibrio histórico entre ambos países. Durante los últimos siglos España fue la potencia organizadora del espacio norteafricano. Aunque su capacidad fuese limitada y estuviera condicionada por Francia y Reino Unido en los siglos XIX-XX, España mantuvo una presencia activa en toda la zona y una superioridad militar, económica y tecnológica. Pero ese escenario ya no existe en la actualidad. La construcción de la enorme estructura portuaria de Tánger Med, la más grande de todo el Mediterráneo occidental, es la expresión de este desarrollo y este poder que también se expresa a través del control de grandes cadenas transportes, la atracción de inversiones, la conectividad marítima o la integración en los grandes flujos comerciales. De manera que este puerto se ha convertido en un arma geopolítica de gran valor, porque las infraestructuras nunca son políticamente neutrales, un puerto es capaz de incrementar el poder de un Estado y su peso en diferentes ámbitos. Y en este caso sitúa a Marruecos como interlocutor entre Europa, África y el Atlántico. Marruecos ha sabido aprovecharse de su condición geográfica entre dos continentes y dos océanos, lo cual ha convertido en un activo diplomático permanente.
Por otro lado, Marruecos ha diversificado su red de alianzas internacionales, estrechando relaciones con EEUU y profundizando en la cooperación con Israel tras los Acuerdos de Abraham (diciembre de 2020), cuyas consecuencias tuvieron implicaciones de peso en las reivindicaciones territoriales sobre el Sáhara occidental, que fueron apoyadas por EEUU, derivando posteriormente en el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre este territorio, antiguo territorio español. Por otro lado, el desarrollo de acuerdos en materia de tecnología militar y ciberseguridad con la entidad sionista, que incluye el acceso a armamento israelí y sistemas de espionaje de última generación. EEUU, históricamente ha sido enemiga de España, desde 1898 en adelante, y frente a la cual hemos tenido que mantener una posición subordinada, o bien el caso de Israel, que también ha mostrado en reiteradas ocasiones su animadversión hacia nuestro país, y que, recordémoslo, durante el régimen franquista nunca fue reconocida como nación soberana e independiente, algo que solo ocurrió bajo el primer gobierno de Felipe González, concretamente en 1986. Estas alianzas del reino alauita actúan claramente en perjuicio de España, lastrada ya por su propia crisis interna.
El problema es que Marruecos, como se dice coloquialmente, nos está comiendo la tostada, y sus acciones vienen predeterminadas por la existencia de un plan, de una estrategia, mientras que España reacciona sobre los hechos, una vez se han consumado, y además lo hace de manera ineficiente y torpe. El manejo de los tiempos es otro elemento fundamental en el ámbito geopolítico, porque las grandes transformaciones no se producen de manera espontánea, ni mediante cambios acelerados, sino que responden a sucesivos desplazamientos, muchas veces imperceptibles. Cuando la llamada opinión pública percibe los cambios, éstos ya se han completado y el resultado que viene siendo habitual nos habla de un fortalecimiento internacional de Marruecos en detrimento de una España cada vez más debilitada e inoperante.
El problema viene del hecho de que España no ha adquirido una conciencia plena de los nuevos cambios que se están produciendo en la región, y piensa en función de las categorías heredadas del siglo XX, mientras que Marruecos sí se encuentra actualmente proyectada hacia el futuro. La España actual carece de un rumbo geopolítico, de un proyecto de nación a largo plazo, y además se encuentra carcomida por una crisis interna, política, institucional y podríamos decir que también demográfica, en la que los enemigos seculares, los traidores y una población sumida en una disonancia cognitiva permanente no es capaz de visualizar que nos hallamos al borde del abismo. Y lo repetimos, no existe ese horizonte geopolítico, ni esa visión metapolítica, que sería necesaria para proyectarse hacia el futuro con unas mínimas garantías, para hacer frente a un enemigo del sur en ascenso.
La decadencia de la España del Régimen del 78 juega un papel importante en todo el escenario descrito, y eso más allá de un frente común articulado en torno al anglosionismo en una convergencia de intereses estratégicos que ha derivado en el fortalecimiento internacional de Marruecos. También se habla de la importancia que ha adquirido en las últimas décadas el eje atlántico-africano a consecuencia de la transformación de las rutas energéticas, por la competencia por África y el control de las comunicaciones marítimas. Dentro de este escenario Marruecos se ha mostrado frente a sus aliados como un socio estable para garantizar los intereses estadounidenses en la región. Y este hecho explica lo que venimos diciendo: el incremento del peso diplomático de Marruecos en el norte de África.
Respecto a Israel, como ya hemos apuntado, la modernización y actualización de equipos militares solo es una parte sustancial de esa cooperación, que se hace extensiva a un proyecto de modernización del Estado marroquí, y que abarca también amplios sectores relacionados con los sistemas de información e industria tecnológica en general, a la capacidad logística y otros ámbitos. Durante el siglo XX, se interpretó que la influencia equivalía a la ocupación militar de un territorio, cuando en la actualidad existen formas más complejas de influencia: control de infraestructuras críticas, dominio de los flujos logísticos, dependencia tecnológica, capacidad de presión económica o utilización de instrumentos diplomáticos de alta intensidad.
La guerra híbrida contra España
Es en este punto donde debemos hablar de Guerra híbrida, aunque solo sea en sus fases iniciales y preparatorias. Y es que los conflictos contemporáneos rara vez comienzan con una declaración formal de guerra. Las grandes potencias procuran alcanzar sus objetivos mediante la acción combinada de instrumentos económicos, informativos, jurídicos, diplomáticos y migratorios, lo cual permite modificar gradualmente la correlación de fuerzas sin tener que recurrir a un enfrentamiento militar convencional. Y esto es importante a la luz de los acontecimientos vinculados a lo que comentábamos al inicio de este artículo en relación a la «inmigración» (invasión), tratados económicos privilegiados (entre la UE y Marruecos) y en otros ámbitos. Y aquí, nuevamente, se deja ver la ausencia de un pensamiento geopolítico por parte de España, cuya reacción institucional se retrasa y cuando lo hace resulta estéril porque es incapaz de identificar el momento en el que se inicia la confrontación.
En esta situación, más allá de las reivindicaciones históricas, que como ya dijimos carecen de fundamento alguno, Ceuta y Melilla se convierten en espacios especialmente vulnerables frente a este tipo de estrategias de presión gradual. La presión migratoria se ha convertido en la principal arma, además de manera indisimulada, con decenas de miles de parias organizados por el propio ejército marroquí y lanzados contra las fronteras de las dos ciudades españolas, que van erosionando el poder y la credibilidad de las autoridades españolas, incapaces de garantizar la defensa de las fronteras y la integridad de su territorio.
Si España quiere salir de su entumecimiento, de su parálisis y dinámicas descendentes, ante todo debiera comprender cómo se desarrollan los conflictos modernos, y cómo no es necesario que la guerra se produzca en un plano militar, y bajo una declaración formal que provoque el estallido abierto de las hostilidades. Las guerras del siglo XXI trascienden las guerras convencionales, sin necesidad de que un ejército enemigo traspase las fronteras. La guerra híbrida no persigue una conquista inmediata de territorio, sino que su objetivo consiste en erosionar progresivamente la voluntad política del adversario, incrementar la vulnerabilidad interna y modificar la correlación de fuerzas sin desencadenar una respuesta militar directa. La superioridad se obtiene a partir de la capacidad de condicionar las decisiones del contrario, sin necesidad de operar sobre un escenario de destrucción física.Un buen ejemplo de esta forma de ejercer presión y condicionar al adversario lo tenemos en el control de los flujos migratorios por parte del régimen de Rabat, que son, efectivamente, un instrumento de presión geopolítica utilizado para influir y condicionar a España, procurando su debilitamiento. Todo el argumentario derecho-humanista que se suele utilizar para justificar todo el programa de sustitución demográfica que se está realizando en España, como en el resto de Europa occidental, genera una parálisis y un complejo de identidad que ha producido una ruptura evidente en la homogeneidad interna de estas naciones, que bajo la idea de una melting pot globalizada están diluyendo su carácter e idiosincrasia interna, y convirtiéndose en naciones homologadas y plegadas a una tecnocracia global sin rostro. Mientras tanto, Marruecos mantiene su unidad interna intacta, y utiliza estos flujos migratorios para tensionar la sociedad española, para polarizar el debate público, generar conflictos y forzar al Estado receptor (España) a tomar decisiones bajo presión Porque las guerras híbridas no solo buscan influir sobre el aparato institucional sino también sobre la percepción colectiva de las sociedades. Una situación de incertidumbre permanente, la dificultad para enfrentar al agresor o la ausencia de un momento claro de inicio del conflicto tienen un efecto paralizante sobre la capacidad de reacción del Estado.
Y este aspecto del problema es el más grave, la pérdida de una auténtica cultura española entre las élites. Se trata de la incapacidad del Estado español de definir objetivos permanentes, mantener una continuidad en su política exterior y anticipar escenarios futuros. Una cultura que habría existido en diferentes momentos de nuestra historia, particularmente durante los siglos áureos de la Monarquía Hispánica, y en ciertos momentos de la política africana durante el siglo XIX, pero habría experimentado un debilitamiento enorme en las últimas décadas. La soberanía del Estado debe expresarse no solo ante la pérdida de territorios, sino también cuando se pierde la capacidad de fijar por sí mismo las prioridades de su acción política. En este contexto la facultad de decisión es fundamental y va mucho más allá de la posesión territorial. Un Estado puede mantener formalmente intactas sus fronteras pero verse reducido a la mínima expresión en su margen efectivo de autonomía estratégica.
De aquí se deduce que España debería proponer su propia estrategia y gestión. Esto significa que debería mantener una posición frente a los acontecimientos ya producidos y la estrategia implica actuar antes de que estos se materialicen. Si España no mantuviera una línea errática en este terreno probablemente los hechos de Ceuta nunca se hubieran producido. El problema es que España carece de estrategia, de esa dimensión geopolítica que, desgraciadamente, sí posee Marruecos. Mientras Rabat piensa en una escala temporal de varias décadas, España habría reducido su alcance temporal al corto plazo, y siempre en función de las decisiones y actos del enemigo.
A modo de colofón, y pese a que se pueden decir muchas más cosas, hablaremos brevemente del ejemplo del Sáhara occidental en 1975, que es la muestra más evidente de la incapacidad de la España demoliberal para defender posiciones estratégicas. Es a partir de esta crisis cuando se marca el inicio de un retroceso geopolítico que llega hasta nuestros días. En aquel entonces, como ahora, el papel de EEUU fue decisivo frente a la debilidad del gobierno español. El gobierno de Carlos Arias Navarro, con un Francisco Franco ya agonizante en las postrimerías del régimen, con Juan Carlos I en la jefatura provisional del Estado. En aquel entonces fueron 350.000 civiles marroquíes los que, respaldados por unidades militares infiltradas, penetraron en territorio saharaui. Aprovecharon la agonía del general Franco y la incertidumbre política que envolvía el futuro del régimen español. Aquel episodio marcó un punto de inflexión histórico. España, que administraba el territorio y había asumido el compromiso internacional de celebrar un referéndum internacional de autodeterminación optó finalmente por retirarse a partir de los Acuerdos Tripartitos de Madrid (14 de noviembre de 1975), que equivalía a renunciar de facto a sostener su posición estratégica en el noroeste africano. Para el régimen de Hassan II representó el inicio de una vía y un camino de presión efectiva a continuar en lo sucesivo. Además pensemos que todavía estábamos en un contexto de Guerra Fría, y que tanto para EEUU como para Francia Marruecos ya era un aliado esencial en la región y en el flanco occidental mediterráneo, y contemplaban con preocupación que un hipotético Estado saharaui independiente pudiera aproximarse a la órbita argelina y soviética. Una vez más, como hoy, se imponía la lógica estratégica de las grandes potencias.
En este sentido, la Marcha Verde puede interpretarse como el primer gran éxito de la estrategia de presión híbrida sobre España. De tal modo que, si la cesión del Sáhara occidental simbolizó el final del papel español como potencia decisiva en el Norte de África, las crisis recurrentes de Ceuta y Melilla muestran que aquel repliegue estratégico continúa proyectando sus efectos hasta el presente. La pregunta que cabe hacerse es ¿puede España remontar la actual situación, con un régimen demoliberal al servicio de potencias e intereses extranjeros, en plena descomposición interna, con su soberanía reducida a la mínima expresión y una crisis sin precedentes? Las perspectivas no son nada halagüeñas, pero la historia nos enseña que las naciones no están condenadas de forma irrevocable a la decadencia. Los ciclos de declive pueden invertirse, y las coyunturas pueden variar rápidamente, y lo estamos viendo en los últimos tiempos. En nuestro caso, la reconstitución de España como actor geopolítico dependerá de la refundación profunda del modelo político español, con la definición de una estrategia nacional capaz de trazar un rumbo propio, siempre en el marco de una soberanía efectiva y la liberación de toda dependencia exterior. Esta posibilidad, por remota que sea, existe, pero lo que sí está claro es que bajo las organizaciones pantalla del globalismo anglosionista, como son la UE, la OTAN y otras entidades transnacionales, ese camino es mucho más difícil.
nota
15. Amina Argillander, «Marruecos 2030: Construyendo la puerta de entrada de África al Atlántico: De Tánger Med a un nuevo corredor geopolítico», Atalayar, 8/08/2026
primera parte https://www.postaportenia.com.ar/notasVer.php?id=14892