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Lo «woke», del mito a la política: por eso la izquierda ya no dará marcha atrás

Sergio Filacchioni, Il Primato Nazionale 17 ago 2026

 

Hay que reconocerle a Alexandria Ocasio-Cortez cierta capacidad de síntesis, incluso cuando la síntesis no es suya. En una entrevista con ABC, la diputada demócrata retomó una frase del concejal socialista neoyorquino Chi Ossé: «Woke one was crazy». El primer «woke» estaba loco. Luego lo explicó mejor: durante la pandemia de COVID-19, la ventana de Overton se abrió de par en par, entraron en el debate propuestas de todo tipo y la retórica utilizada entonces no es la que los progresistas usarían hoy. Cuando el periodista le enumeró algunas posiciones contenidas en el programa nacional de los Socialistas Demócratas de Estados Unidos —abolición de la policía y las cárceles, amnistía generalizada, abolición del Senado, propiedad pública de las industrias esenciales—, Ocasio-Cortez respondió simplemente que no, que no las comparte. Es mejor hablar de rentas, gastos, salarios y salud.

Una reabsorción progresiva del «woke»

Alguien podría interpretarlo como una confesión tardía. Por estos lares, después de todo, ya habíamos anunciado el funeral del «woke» a principios de 2024, AQUÍ, cuando incluso La Repubblica comenzaba a explicar que «demasiado “woke” estropea todo», Disney descubría de repente que tenía que vender películas y las grandes empresas comenzaban a enfriar esa mezcla de DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión), ambientalismo corporativo, representación postidentitaria y militancia simbólica que había alcanzado su punto álgido tras la muerte de George Floyd y el posterior ciclo de Black Lives Matter. Luego, en 2025, llegó la confirmación más clara de ese reajuste: Meta, junto con otros gigantes de Silicon Valley, comenzó a desmontar, pieza por pieza, la arquitectura interna del paradigma «woke» AQUÍ  No solo se trató de una reducción de las políticas de DEI, sino también de la eliminación de esos «símbolos» micro simbólicos que habían marcado la época anterior: desde los programas de inclusión extrema hasta las decisiones más paradójicas, como la distribución de toallas sanitarias en los baños de hombres en las oficinas de Silicon Valley, Texas y Nueva York, justificada en nombre de los empleados no binarios o en transición. Una medida que, más allá de las intenciones, se había convertido en el símbolo de una superposición ideológica sobre la realidad material.

No se trató de un caso aislado. Entre 2024 y 2025, una serie de grandes corporaciones —desde McDonald’s hasta Amazon, desde Wal-Mart hasta Ford— redujeron progresivamente o abandonaron los programas estructurados de inclusión y diversidad, sustituyéndolos por un lenguaje más neutro y orientado al desempeño y a los resultados. Como lo resumió un ejecutivo de Amazon, el objetivo ya no es multiplicar los programas, sino construir una cultura “más verdaderamente inclusiva” a través de métricas verificables y objetivos corporativos. Últimamente, sin embargo, fue Larry Fink quien explicó que el péndulo se había movido «demasiado lejos». BlackRock ha reajustado algunas de las políticas que, hace unos años, parecían constituir el nuevo catecismo obligatorio de las grandes finanzas. El punto, entonces como ahora, no era cantar victoria. Era comprender que el capitalismo no había recuperado de repente el «sentido común»: simplemente habían cambiado sus necesidades AQUÍY precisamente por eso, la frase de Ocasio-Cortez, y el eco que ha tenido, merece atención. Porque demuestra algo más interesante que el simple «teníamos razón»: la fase «mitológica» del movimiento woke puede haber terminado precisamente cuando comienza su fase política.

Del «exceso ideológico» a la nueva izquierda

El 2020 no fue simplemente un momento de «exceso ideológico», sino una típica fase de movilización mito-poética: un ciclo en el que un conjunto de símbolos, narrativas y rituales sirve para hacer políticamente accesible un nuevo campo de conflicto. Las rodillas en el suelo, los cuadrados negros en las redes sociales, las estatuas derribadas, los manuales obligatorios de antirracismo, el «blackwashing» (difamación) obsesivo en las producciones cinematográficas, la revisión de los cánones de belleza femenina y las empresas que, durante unos meses, se comportan como departamentos de estudios culturales no son fenómenos estéticos aislados, sino dispositivos de sincronización simbólica. Sirven para producir un lenguaje común y, sobre todo, para señalar la llegada de nuevos criterios de legitimidad pública. En términos sociológicos, esta es la fase «mítica» de un ciclo político: no porque sea irracional, sino porque se centra en la producción de significado antes que en su traducción institucional. El mito es una estructura narrativa que permite que cuestiones latentes (desigualdad, raza, violencia institucional, patriarcado) se vuelvan expresables y se agrupen en una única gramática moral. Es lo que hace posible la coalición, no lo que la reemplaza.

Ocasio-Cortez lo admite hoy casi con franqueza al hablar de la ventana de Overton. Pero la dinámica es más precisa de lo que sugiere la metáfora: una vez que se abre una ventana de legitimidad, no se cierra simplemente; se institucionaliza. Las ideas que atraviesan la fase mítica no permanecen idénticas a sí mismas: son seleccionadas, traducidas, depuradas y, finalmente, incorporadas a estructuras estables —partidos, administraciones, políticas, lenguajes técnicos—. Es aquí donde se encuentra el error interpretativo más común: leer el retroceso del movimiento «woke» como una negación del fenómeno, en lugar de como su transición de fase. Netflix, Disney o las campañas publicitarias son la superficie visible de un momento estético ya concluido; pero el verdadero legado del ciclo no es estético, sino infraestructural.

La izquierda de las grandes coaliciones

Y es aquí donde se vuelven interesantes casos políticos como los de Zohran Mamdani y Abdul El-Sayed, aunque el tema no se limita en absoluto al ámbito estadounidense. Mamdani se convirtió en alcalde de Nueva York basando gran parte de su propuesta en el costo de vida. Su administración habla de vivienda accesible, transporte, servicios y defensa de los inquilinos; el plan de vivienda presentado en mayo prevé la construcción de 200 mil nuevas viviendas a precios accesibles y la conservación de otras 200 mil en la próxima década. El-Sayed, quien acaba de salir victorioso de las primarias demócratas para el Senado en Michigan, utiliza una fórmula aún más elemental: sacar el dinero de la política, devolverlo a los bolsillos de los estadounidenses y aprobar Medicare para todos. Habla de supermercados, rentas, hospitales, salarios y sindicatos. Sería difícil encontrar algo menos “woke” en el empaque. Pero el mismo esquema, con variaciones locales, ya se encuentra también fuera de USA. En el Reino Unido, por ejemplo, la trayectoria de una parte del Partido Laborista post-Corbyn y de las administraciones municipales progresistas se ha desplazado progresivamente hacia un léxico mucho más material: crisis de vivienda, costo de la energía, transporte público, salarios reales. Incluso cuando la cultura política sigue impregnada de multiculturalismo y derechos civiles, la contienda electoral se libra cada vez más en torno a los alquileres y las facturas que en torno a batallas simbólicas. En Francia, La France Insoumise de Mélenchon representa un caso aún más explícito: dentro de un marco ideológico que conserva elementos fuertemente identitarios y poscoloniales, la campaña política se ha centrado cada vez más en la inflación, el poder adquisitivo, las pensiones y el conflicto social. El eje ya no es solo el «reconocimiento», sino la redistribución, con una retórica que vuelve a hablar del pueblo contra las élites económicas incluso antes que de las minorías contra las mayorías culturales.

En Italia, el llamado «campo o frente amplio» progresista muestra una dinámica similar, aunque más confusa: la solidez de las coaliciones depende cada vez menos de una agenda cultural coherente y cada vez más de la capacidad de aunar cuestiones sociales muy concretas —salud territorial, salarios estancados, precariedad de vivienda, costo de vida— que atraviesan electorados diversos y, a menudo, incompatibles en el plano ideológico. También aquí, el vocabulario de lo «woke» sobrevive como una capa superficial, mientras que la esencia de la competencia política se desplaza hacia otros ámbitos. Y, sin embargo, ese es precisamente el punto. La izquierda radical, a ambos lados del Atlántico, está aprendiendo a separar su programa político de la estética que lo había acompañado en el ciclo anterior. Ocasio-Cortez puede distanciarse de la abolición de la policía sin dejar de ser miembro de la sección neoyorquina de los DSA.(Democratic Socialist of America) Puede descartar la retórica de 2020 y, al mismo tiempo, acoger como una «renovación» del Partido Demócrata el avance de la nueva izquierda socialista.

La izquierda ya no podrá dejar de ser «woke»

Hace unos días The American Spectator publicó un artículo con un título deliberadamente contundente: «Why All Leftism Is Now Far Left» «Por qué todo el izquierdismo es ahora de extrema izquierda». La tesis de Itxu Díaz es que los temas que en el siglo XX habrían pertenecido a la izquierda radical —política de género, multiculturalismo, fronteras, revisión de la historia, abolicionismo penal— han ido colonizando progresivamente el campo progresista en su conjunto. Tomado al pie de la letra, por supuesto, «toda la izquierda es extrema» es falso. Existen demócratas moderados en USA, socialdemócratas europeos, administradores pragmáticos, etc. Pero la provocación capta un fenómeno real: ha desaparecido casi por completo esa izquierda que podía ser socialista en lo económico, nacionalista en lo comunitario, popular en las costumbres y perfectamente ajena a la constelación ideológica construida en torno al género, la interseccionalidad, el ambientalismo y el tercermundismo. La vieja izquierda podía discutir sobre el salario sin necesidad de tener una teoría sobre la fluidez de género. Podía defender el bienestar social sin considerar la frontera como una forma de violencia. Podía organizar a los trabajadores sin imaginar su misión histórica como la representación universal de todas las minorías posibles. Ahora, en cambio, toda la izquierda debe incorporar un poco de «woke» a su bagaje, incluso si quiere hablar de salud, infraestructura y trabajo. Lo «woke» ha cambiado drásticamente el significado de «ser de izquierda».

Dentro de esta transformación también se inserta un fenómeno que merecería ser analizado sin caricaturas: la creciente convergencia política entre el progresismo occidental y parte de las comunidades musulmanas. No por la fe personal en sí misma, que por sí sola no demuestra nada. Sino porque temas como Gaza, Israel, la inmigración y la discriminación se han convertido en puntos de movilización a través de los cuales una parte del electorado musulmán ingresa de manera estable en las nuevas coaliciones progresistas. El-Sayed apoya abiertamente el embargo de armas a Israel y la abolición del ICE, al tiempo que construye su campaña en torno a Medicare for All y el costo de vida. En este sentido, lo «woke» y la lucha de clases no son polos opuestos, sino dos momentos de la misma dialéctica histórica que tiende a reunirse tras una fase de gestación y separación aparente.

Del mito a la política: ¿qué pasa ahora?

En resumen, también podemos reírnos de los chistes sobre el «Woke 1» y ser testigos de la caída en picada de los candidatos demócratas que ya no tienen ganas de discutir sobre la abolición de la policía. El carnaval, al menos por el momento, parece haber terminado. Pero las ventanas de Overton funcionan precisamente así: algunas propuestas entran, otras son rechazadas, otras se vuelven tan normales que ya no necesitan la etiqueta que las había introducido. El verdadero éxito de una ideología llega cuando ya no necesita presentarse como tal. En 2020 lo «woke» fue una explosión movilizadora, un auténtico mito con símbolos, sacerdotes y liturgias. Mientras tanto, sin embargo, ha seleccionado cuadros, modificado coaliciones, cambiado prioridades, pero sobre todo ha transformado el vocabulario político de toda una generación.

Es aquí, si acaso, donde debería comenzar una reflexión menos consoladora para la derecha. Porque si bien una parte de ella tuvo el mérito de reconocer muy pronto la naturaleza ideológica del fenómeno «woke», con demasiada frecuencia confundió esta capacidad de diagnóstico con una política. Aprendió a la perfección el mito del adversario sin lograr construir uno propio. Durante años supo decir lo que no quería: la cultura de la cancelación, la inmigración sin límites, la fluidez de género, el ambientalismo punitivo, la reescritura del pasado. Con mucha menos claridad logró decir qué forma de sociedad, qué idea de pueblo, qué relación entre trabajo, tecnología, familia, Estado y nación debía ocupar su lugar. Y aquí el problema se vuelve brutalmente político, más que simplemente cultural. Un mito no se derrota con ideas “mejores”, ni demostrando que las de los demás son científicamente “falsas”, sino cuando otra representación del mundo se vuelve lo suficientemente poderosa como para generar lenguaje, personas, instituciones y comportamientos.

https://www.ilprimatonazionale.it/approfondimenti/woke-mito-politica-sinistra-non-tornera-indietro-328501/