(Comenzamos a publicar este texto aun inédito del compañero G. Abella )
postaporteñ@_______________________________
PRIMERA PARTE
ESCENARIO Y PROTAGONISTAS
I - RAÍCES REMOTAS
En los primeros tiempos de la Conquista Española de América, los expedicionarios no demostraron especial interés en las tierras ribereñas del Río de la Plata.
Una vez que comprobaron que este estuario no comunicaba a ambos océanos, sino que era apenas la desembocadura de un inmenso río interior, su exploración dejó de ser prioritaria. Por aquí no había ni oro, ni un clima adecuado para plantaciones tropicales. Pero era una entrada estratégica a la entraña continental.
Puestos militares, pequeñas villas y pueblos de indios se establecieron lentamente a lo largo de sus costas. Buenos Aires en el siglo XVI fue una villa pequeña que no podía competir con el creciente esplendor de Lima, ni con la pujanza de La Paz o de Asunción. En cuanto a Montevideo, simplemente no existía.
Los barcos navegaban el Río de la Plata tan sólo por ser la ruta de aproximación hacia la plata boliviana, y de ahí provino el nombre que le dieron los conquistadores. Con anterioridad nuestro inmenso río - estuario había sido conocido por los pueblos originarios como “Paraná Guazú”, o sea, “Paraná Grande”.
En el siglo XVII los españoles y los jesuitas introdujeron en las praderas ribereñas del Río de la Plata el ganado vacuno, el cual se reprodujo libre y rápidamente en estas llanuras sin límites. Sus pasturas naturales resultaron más ricas en proteínas que las sabanas subtropicales del continente. Por eso tuvimos un nuevo nombre: “la Vaquería del Mar”.
Por entonces el cuero de vaca estaba convirtiéndose en un producto muy codiciado en los incipientes mercados capitalistas europeos.
Atraídos por esta riqueza llegaron al Río de la Plata, innumerables aventureros y prófugos que entablaron relaciones de cooperación con los pueblos originarios. Esclavos fugitivos se sumaron también a este espacio de libertad.
Así, durante los siglos XVII y XVIII, en las praderas rioplatenses se fue formando una sociedad pastoril multicultural, que vivía al margen de la Ley Colonial. Con el tiempo esta región ahora ganadera se volvió incontrolable para las fuerzas armadas españolas
Era el mundo rebelde de los gauchos. Su estructura social se basaba en un “colectivismo difuso” de base multiétnica, con códigos solidarios internos, y su vida se sostenía en la extracción ilegal de cueros vacunos. Estos cueros se exportaban de contrabando por las costas oceánicas donde las recibían navegantes holandeses, franceses y británicos que desafiaban el patrullaje español. A cambio los gauchos recibían productos manufacturados europeos, telas, metal, pedernal y armas de fuego.
Por la abundancia de ganado silvestre disponible, la “Vaquería del Mar” era una tierra que atraía y refugiaba a todos los perseguidos. Era un buen lugar para vivir.
Pero lo que era bueno para la gente no era bueno para la Corona. La extracción ilegal de cueros, lógicamente, no generaba ningún ingreso a la burocracia colonial. Peor aún: desde el punto de vista militar esta “tierra de nadie” no era una frontera segura para los intereses españoles en América del Sur.
Eso se comprobó en 1680, cuando los portugueses (que dominaban el actual Brasil) habían intentado apoderarse de este territorio hoy uruguayo.
Los gauchos, los negros prófugos y los indios habían visto pasar las tropas invasoras de Portugal con total indiferencia. Aquellos pobladores de la pradera, fuera de la ley, siguieron en lo suyo, viviendo su “colectivismo difuso”, su Edad del Cuero y su contrabando. Que fueran los portugueses o los españoles los que levantaran murallas les daba lo mismo, mientras no los molestaran.
Alentados por esta indiferencia y esta complicidad, los portugueses fundaron en territorio uruguayo, exactamente enfrente de Buenos Aires, una pequeña ciudad fortificada a la que llamaron a Nova Colônia do Santíssimo Sacramento.
En esa coyuntura fue Buenos Aires, desde la otra margen del Río de la Plata, quien había tenido que cargar con el peso de la guerra para recuperar Colonia, expulsar a los portugueses de la Banda Oriental y hacerlos retroceder hasta el actual Brasil.
Después de esa sangrienta reconquista, España comprendió que necesitaba contar con presencia militar permanente también en la orilla opuesta del inmenso Río. Se eligió para ello el puerto natural de la bahía de Monte Vití. En 1725 el Gobernador de Buenos Aires inició allí la fundación del nuevo apostadero naval que llamó San Felipe y Santiago de Montevideo.
La pequeña aldea de Montevideo, que creció junto al enclave naval del mismo nombre y encerrada en sus murallas, quedó subordinada a Buenos Aires, la cual en el siglo XVIII creció y se convirtió en la capital de un nuevo Virreinato español: el Virreinato del Río de la Plata.
Pero fuera de las murallas de Montevideo seguía existiendo la pradera incontrolable donde los indios, los negros prófugos, los europeos aventureros y los criollos humildes mantenían una sociedad mestiza y solidaria al margen de la Ley de España.
En el papel aquellas tierras tenían dueño.
Durante toda la época colonial (1725-1811), los propietarios latifundistas vivían dentro de las murallas de Montevideo y no se alejaban mucho de ellas. Para explotar sus inmensas riquezas ganaderas contrataban partidas de hombres a caballo que salían con escolta militar a organizar las matanzas de ganado en “sus” campos. Después estos hombres contratados llevaban los cueros a Montevideo. Este comercio autorizado se regía por las leyes del Monopolio Comercial Español.
Por entonces, en la soledad del campo, surgieron establecimientos más pequeños cuyos dueños, españoles o criollos, no podían aspirar a la protección permanente de Montevideo por la lejanía geográfica con la plaza fuerte.
Eran también hacendados, “estancieros” con título de propiedad concedido por el Cabildo, pero necesitaban de la buena voluntad de la gente pobre para sobrevivir.
Sus “estancias cimarronas” amansaban algún ganado para proveer a Montevideo, pero sus propietarios principalmente organizaban sus propias partidas y su propia escolta armada para perseguir el ganado silvestre. Si bien una parte de su producción se regía por la Ley colonial, también participaban en la venta ilegal de cueros a comerciantes franceses, holandeses e ingleses en las playas oceánicas de la Banda Oriental. Estos “estancieros cimarrones” no sólo exportaban cueros sin permiso; también participaban y se beneficiaban del contrabando de artículos europeos al interior americano.
Las precarias edificaciones de la estancia cimarrona (“las casas”) estaban construidas en torno a un pozo o a un aljibe. El edificio principal era construido en piedra con terminación de barro y techo de “totora”, que es la fibra de los pajonales del estero. “Las casas” estaban protegidas por muros externos de piedra con troneras. Además de los muros protectores cada estancia contaba con túneles de emergencia a los que se entraba desde “las casas” y se salía al abrigo protector de un monte ribereño.
En “las casas” se fabricaba jabón y velas, había huerto y quinta, fragua y telar, carpintería y farmacia de hierbas indígenas. Cada “estancia cimarrona” era como un pequeño burgo medieval, pero a la vez era parte del “colectivismo difuso” del mundo gaucho, ya que allí patrones y empleados trabajaban a la par. Hacendados “cimarrones” y gauchos “sueltos” proveían de cueros a los mismos clientes europeos a cambio de metal, pedernal, armas de fuego y telas
Los estancieros “cimarrones” (en el Buenos Aires rural se les llamó “orilleros”) fueron adversarios de los grandes latifundistas, pues sus intereses eran antagónicos.
Los “hacendados cimarrones” se sintieron parte del “mundo gaucho” que les proveía de mano de obra zafral y con el que compartieron las duras faenas del trabajo de corambre que requería el ganado silvestre. Muchos “gauchos” quedaron con sus familias al cuidado de una parte de la “estancia cimarrona”. Se les llamó “puesteros” y algunos de ellos finalizaron unidos por vínculos familiares con estos patrones radicados en el campo.
Durante la fase independentista, en 1815, el caudillo popular José Artigas había fortalecido este sector social pues expropió a muchos latifundistas que políticamente se habían comportado, según él decía, como “malos europeos y peores americanos”. Así amplió el número de “suertes de estancias cimarronas”.
Artigas respetó la propiedad de los hacendados cimarrones “patriotas”, como también respetó los territorios indígenas y los territorios que ocupaban las nuevas comunidades gauchas y de afroamericanos en armas. Sólo expropió a los grandes latifundistas enemigos para entregar tierras a las familias humildes a las que se les ponía condiciones para su usufructo: las tierras entregadas debían trabajarse y no se podían vender ni acumular.
Los grandes hacendados latifundistas, en cambio, vivían adentro de Montevideo y constituyeron la clase conservadora que después de la independencia gobernó el flamante Estado Oriental. Esta clase conservadora aplaudió la nueva invasión portuguesa de 1817 y colaboró en la derrota de José Artigas en 1820.
Desde la Independencia (1830) los gobiernos restauraron el gran latifundio del tiempo colonial. Hasta que se generalizó el alambrado de los campos (1870) las posesiones de estos grandes hacendados “ausentistas” tenían límites imprecisos, definidos apenas por accidentes geográficos de nombres que se repetían o por antiguos muros de piedra del tiempo de los indios.
Lo mismo que se cambiaba el nombre de un arroyo para ampliar los límites establecidos en la escritura, también los viejos muros de piedra suelta cambiaban de lugar. Eran desmontados por los peones que cumplían órdenes de correrlos ilegalmente ampliando así la propiedad de su patrón
Pese a la restauración latifundista de 1830, en amplias zonas del territorio se mantenía el “colectivismo difuso” de la antigua Vaquería. Los que habían recibido tierras de Artigas fueron expropiados violentamente, pero aquellos “cimarrones” más antiguos, que tenían tierras cedidas por el Cabildo en tiempos de la colonia, fueron respetados en su propiedad. Siguieron viviendo en condiciones similares a las de sus peones, compartiendo la abundancia de un mundo sencillo en el seno del cual la única ambición de sus pobladores era preservar su liberad siempre amenazada por las partidas militares